lunes, 1 de enero de 2018

El padre Leal


Hace algunos meses, durante la elaboración del libro “San Juan del Río a través de sus personajes”  en el que colaboré, había elegido hacer la biografía del Padre Leal, incluso la redacté y envié al editor. Y según me dijo ya estaba aprobada para el referido libro. Como no asistí a la última reunión del Consejo Editorial no supe que pasó, el caso es que apareció publicada otra, redactada por el periodista Armando Guerra. En estos días la hallé por ahí, y en esta entrada se las presento, no se trata de competencia, solo una visión más de la vida del ilustre personaje, y ni modo de desperdiciar lo escrito.

Guadalupe Eusebio Leal Rodríguez  (1917-2010)

Guadalupe Eusebio Leal Rodríguez, popularmente recordado en San Juan del Río como “el padre Leal”,  nació en la hacienda de San Gerónimo, Parroquia de San José Iturbide, Gto. Hijo de don Lino Leal, jefe de Armas de San José Iturbide y doña Inocencia Rodríguez, ama de casa.

Estudió la Educación primaria en  San Miguel de Allende y los posteriores en Querétaro. Estudiando literatura en Xichú Guanajuato, recibió instrucción militar y fue alistado, aunque no participó en hechos de armas.

Desde joven sintió el llamado al sacerdocio, aunque este ocurrió en un momento no propicio para ello, en plena guerra cristera, de la que siempre guardó el recuerdo del trance en que una partida gubernamental aprehendió a su padre por sospechas de simpatizar con los rebeldes. Durante días, el niño no se separó, dispuesto a morir con él. Afortunadamente fueron liberados pero ello significó que la familia tuviera que separase y emigrar, llegando a Querétaro, a la Hacienda de El Lobo y luego a la capital del estado. El trabajo del progenitor le obligó a hacer pausa en sus aspiraciones por largos años.

Retomó su vocación en una edad completamente inusual, 23 años, (cuando el resto tenía entre 14 y 16) ingresó al Seminario Conciliar de Querétaro en el ciclo 1941 – 1942. Con el apoyo del entonces Obispo Marciano Tinajero, a quien en una visita a Victoria, Gto., donde él se desempeñaba como Profesor suplente, relató su temprana vocación truncada. Así ingresó como anacrónico seminarista, logrando concluir gracias al apoyo de benefactoras en el año de 1951, oficiando su Cantamisa el 12 de noviembre de 1952 en su parroquia natal, San José Iturbide, Tenía 35 años de edad y mucho por hacer.

Adscrito inicialmente en la capital queretana a la Parroquia de San Sebastián,  fue llamado por el Obispo Tinajero como secretario de visitas pastorales en Tequisquiapan, Cadereyta y Vizarrón a los seis meses de ordenado. Después  fue párroco del  Doctor. Una enfermedad bronquial que le persiguió toda su vida le llevó a desempeñarse como Vicario Cooperador de la parroquia de San Sebastián, donde también fue capellán del Hospital. Posteriormente sería encargado de la Parroquia de San Pedro Aguacatlán y Capellán de Jesusito de la Portería.

En 1953, en San Juan del Río, lo mucho que tenía por hacer, sobre todo una promesa sagrada que había hecho al inicio de sus estudios sacerdotales y había intentado cumplir en su época en San Sebastián, comenzó a tomar forma material:  Inspirado en la obra humanitaria de San Juan Bosco, con ayuda de José Silva iniciaron un hogar de atención para niños huérfanos y abandonados, de los que captó 25 en la ciudad y sus alrededores y a los que dio alimento y techo en un viejo local frente al edificio del Beaterio,  (hoy Centro de Salud, en Av. Juárez) rentada a la señora de Leal por don Cándido Pérez. De ahí pasaron a la Calle Cuauhtémoc, en el antiguo edificio de la Inquisición, hoy oficinas de la junta de agua potable.

Finalmente, el Padre Guadalupe llegó a un edificio de la calle de Galeana, por donación de una parte de él, que era una huerta, por su dueña, la srita. María de la Luz Pichardo. Con ayuda de una benefactora suiza, Edith D. Wolf  se construyeron las instalaciones de lo que desde entonces se constituyó como el orfanato del pueblo, la Casa Hogar “San Juan Bosco”, en el número 37.

La superficie del lugar era una cuchilla formada por la confluencia de las calles de Galeana y Allende, cercana al pozo de Guadalupe. Con los años llegó a tener varios dormitorios comunales: uno para niños pequeños y otro para mayores, oficinas, capilla, pequeños departamentos para jóvenes, cancha deportiva, cocina, comedor  y aulas para una Academia comercial que instaló en la década de 1970 y que tuvo gran éxito por su excelente nivel y la disciplina, que le valió lograr varias generaciones de egresados.

Aunque recibía donativos en efectivo de diversos benefactores, principalmente la mencionada Wolf, el padre hacía colecta entre los comercios y productores de la ciudad con objeto de completar la dieta de los chiquillos bajo su tutela. Así, llegaban como en la parábola bíblica, leche fresca de los ranchos cercanos, pan de azúcar y bolillo de las panaderías cercanas, huevo y gallinas de las granjas aledañas, ropa y abarrotes de los tendajones. Orgulloso declaraba jamás haber tenido a un niño con hambre. (Y llegó a tener simultáneamente a más de 80) Inicialmente llegó a tener una camioneta con caja adosada al chasis, de color naranja, tan vieja que solo la intervención divina explicaba su funcionamiento aunque luego cambió por un vehículo convencional.

Todos sus adscritos debían estudiar, así que era común verlo en las diferentes instituciones públicas inscribiendo a sus “hijos”, en esos menesteres, llegó a formar  parte de varias asociaciones de padres de familia e incluso, quizá como resabio de su truncada incursión como maestro rural, fue fundador en la década de los sesenta, de la Preparatoria San Juan, de la que también fue docente algunos años.

Con el paso del tiempo, con ayuda de sus egresados, la Casa Hogar, se constituyó como Asociación civil administrada por ellos mismos. Manejaba el término “Egresados” para aquellos que una vez teniendo una profesión u oficio formaban una familia o se independizaban a la “buena”, porque también tuvo fugas de aquellos que no aceptaban su disciplina. En esta clasificación, tenía bajo su tutela niños de poca edad hasta adultos, incluso a Dimas, un protegido  muy mayor, que por motivos de Salud era difícil se sostuviera solo, lo mantuvo casi hasta el final de sus días y para no exponerlo a las dificultades del exterior, le abrió una pequeña tienda, casi al final del edificio.

Sabedor de las necesidades e inquietudes de los jóvenes, incluso les llegó a acondicionar, lejos de los pequeños, algunos departamentos con acceso independiente, y conocedor de la naturaleza humana varias veces tuvo que hacer oídos sordos ante situaciones que salían de su concepto de disciplina.

Su trato era bastante directo y recio, lo que le valía no poco frecuentes dificultades cuando externaba su pensamiento en diversos foros, “tengo el efecto de servir a la verdad, y no me callo, truene quien truene” decía. A pesar de ello, la labor que realizaba, le redituaba buena imagen entre la gente común, incluso, en la estación local, en la XVI, a invitación de don Enrique Morales, mantuvo durante varios años un gustado programa de Orientación Familiar.

Su tesonero proceder le valió mantener la Casa durante muchos años. La edad y su recurrente enfermedad poco a poco minaron sus fuerzas, en la vieja capilla, bajo el cristo de popote que le presidía o en su oficina, ante el retrato de la benefactora, hasta el final de sus días todavía hacia recuento de los muchos de sus tutelados que habían logrado una profesión y enumeraba a 4 abogados, 4 profesores, 5 militares, 1 médico, un periodista, muchos técnicos y sobre todo hombres de labor.

Caso especial fue el de este sacerdote, quien a pesar de su durísimo carácter jamás dejó sin casa, comida y sustento a los a veces muchos y a veces más niños, que eran dejados en esa casa, ya fuera por ser huérfanos, otros más solo para que “los corrigiera”. En todo cumplió.

Muchas veces requirió para sus labores de su auxiliar, “la Santa Mónica”. Contaban los pupilos que en un rincón de la arcada de acceso a los dormitorios durante ciertas noches se dejaba ver una sombra que los asustaba, enterado del hecho, el padre se apostó a esperarla. La paciencia dio resultado y una vez que la vio, se le fue encima propinándole un par de cachiporrazos a los que siguieron sendos gemidos. Al día siguiente, algunas gotas de sangre en el lugar, confirmaron la puntería del padre y la “aparición” no volvió.  

Tras cincuenta años de  ininterrumpida labor, sin fuerzas para continuar a causa de la enfermedad , debió dejar la Casa Hogar, su amada fundación en manos de las madres Vicentinas por petición del Obispo Mario de Gasperin.

Tuvo en la ciudad, el presbítero Guadalupe Leal los cargos de Capellán del templo del Beaterio, encargado y capellán de Jesusito de la Portería y del templo de San Juan de Dios.

Murió el jueves 17 de junio de 2010, antes de ser llamado a la casa de Dios, solo dos cosas le preocupaban, el no haber formado ningún sacerdote y qué sería de Dimas.



Una placa en su amado espacio de la capilla de Jesusito, el lugar más emblemático del catolicismo sanjuanenses le recuerda, y en cada aniversario luctuoso, una vez más como cuando eran niños, muchos de sus hijos asisten a recordarlo.
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Por cierto, Armando es el periodista mencionado en el texto entre los egresados del Padre Leal.