Doña Andrea
Óleo del maestro Armando Otero, doña Andrea por llegar a casa. |
EL LUGAR
Panteón de la Santa Veracruz y su
museo anexo (que antes era de la muerte, pero hoy ya no se sabe, supongo que el
siguiente nivel es el del purgatorio, que si no de la resurrección.
EL PERSONAJE: Doña Andrea
Sanjuanense de nacimiento, vivió
su niñez y juventud en la calle 2 de Abril del barrio del Calvario, de familia
humilde como todas las que en su tiempo componían esa sección que concentraba mucha de la clase trabajadora de la pequeña ciudad, gente sin recursos
para vivir en el centro o bien los ya pocos descendientes de los habitantes
originales, quizá desde la época prehispánica.
En su edad adulta formó familia y
vivió en varias partes del pueblo, familia nuclear que, al paso de los años y en
las últimas décadas de su vida se fue diluyendo y por cosas del destino enviudó.
Al quedar sola y en esa situación volvió al barrio que la vio nacer.
Para esas fechas contaba con
muchos años de vida y, sin embargo, como mujer de antes (había nacido en 1889) consideraba,
como siempre lo había hecho y por qué no otra vez, seguir su vida sin depender
de otros.
En realidad, por la edad, era ya
la década de 1970 y ella pasaba de ochenta años, era difícil que lo lograra así
que otros familiares que tenía en las calles cercanas estaban al pendiente de
ella.
Por la época en que nació, teniendo
la ciudad una menor cantidad de habitantes, había conocido a muchos de sus
contemporáneos. Entre ellos a don Guadalupe Trejo, de edad mucho menor a ella,
pero al que seguramente conoció desde niño por haber nacido en el mismo barrio,
siendo el hijo de don Rosauro Trejo, el peluquero de la calle de la Cuesta. (hoy
Fernando de Tapia)
Por esos años, en la parte alta
del calvario, el viejo panteón de la Santa Veracruz, luego de más de un siglo
de inaugurado como favorito de las élites sanjuanenses, únicas que disponían de
recursos para pagar las perpetuidades, estaba en su última etapa funcional.
Muy pronto, por su pequeñez, se
colmó el cupo y los nuevos entierros fueron cada vez menos, solo de los cercanos
de los poseedores de los derechos de perpetuidad, familias que en un siglo se
habían ido diluyendo, envejeciendo y desapareciendo. Esos ires y venires
demográficos y el cupo lleno hicieron que para los años sesenta del siglo XX, no
hubiera deudos recientes y los descendientes de los viejos ocupantes iban
disminuyendo al grado que ya pocos visitaban el panteón.
Siempre hubo un funcionario encargado
del sitio; El panteonero municipal. No hay datos si vivía ahí, aunque había al menos
un par de secciones donde podía hacerlo. Uno de los últimos panteoneros,
casualmente o no tanto, desde la década de 1960 era don Guadalupe Trejo ya
mencionado, que no vivía en el panteón, ya cerrado pero custodiaba las llaves. Al
no haber entierros, solo asistía cuando algún deudo solicitaba visitar a sus
difuntos acompañándolos para abrirlo y al terminar, regresaba a su peluquería en
la calle de Coporo.
Tan poco era la asistencia, que
en los últimos años ya ni siquiera iba a la parte alta de las peñas, dejaba la
llave en una casa frente al panteón donde vivía don Raquel Otero, que era su familiar, para evitar dar vueltas.
Al ocurrir el regreso de doña Andrea
al barrio, de alguna manera consiguió que don Lupe le permitiera vivir en la
accesoria del panteón, convirtiéndose en la única habitante viva del lugar
durante muchos años.
Debieron ser muchas veces las
que fui, pero recuerdo especialmente una en que mi mamá me llevó de acompañante
a, por encargo, ver a doña Andrea y llevarle comida porque según dijo estaba
enferma y en cama.
Entramos por el acceso original,
una puerta de madera junto a la entrada principal al panteón en la calle 2 de
abril, a un pequeño patio descubierto donde lo primero que se veía al centro
era un fogón sobre el piso de zoclo de ladrillo ya que ella siempre cocinó así,
con leña recolectada en los alrededores. (había muchas partes todavía baldías o
rurales)
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Esquema personal, En azul la vivienda de de doña Andrea. |
El
pequeño cuarto donde vivía, a la izquierda del patio era reducido pero
suficiente para ella. Aunque esta sección era original del panteón, ya no tenía
acceso a él, porque el vano de la puerta donde estaba el acceso había sido
tapiado muchos años antes.
En la
pequeña habitación había una cama donde doña Andrea reposaba su enfermedad,
completaban la escena una mesa pequeña, una silla y un trastero empotrado en la
pared, donde conservaba sus pocos trastes. Algunas cajas más completaban sus
pertenencias.
Mi mamá
como correspondía le dio de comer, recogió un poco el local y estuvo al
pendiente del fogón que habíamos hallado calentando una olla de barro. Esas
labores las realizaban constantemente, sus únicos familiares que le quedaban; una
hermana menor y su sobrina, la señora Teresa Hernández y sus hijas. Lo poco que
se podía hacer por una persona que a pesar de su edad y quizá por ello,
necesitaba poco y pedía menos ya que, aunque encorvada, se desplazaba libremente
apoyada en un bordón.
Fue la
última vez que recuerdo haber visto a doña Andrea, incluso siempre tuve la idea
de que había muerto en esa cama y a causa de esa enfermedad.
PRIMER INTENTO DE MUSEO DE LA CIUDAD
El
primer intento de museo arqueológico de nuestra ciudad se dio durante la feria
anual de 1977. Como parte de los eventos de feria, se instaló en una casona de
la calle 16 de septiembre, una exposición de objetos arqueológicos. El
patronato de feria se dio a la tarea de obtener de colecciones particulares,
muchas piezas recolectadas durante siglos en la ciudad, sobre todo en su parte
sur, incluso vestigios traídos de la Estancia.
Esta exposición llamada “Museo de Historia y Arqueología” fue temporal
pero además de las piezas prestadas, se recibieron donaciones de manera que se
pudo conformar al menos una base de objetos para exhibición.
EL
PRIMER MUSEO
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Fotografías personales: Placas de inauguración del primero mueso en el panteón de la Santa Veracruz. |
SEGÚNDO MUSEO
Para 1997 se anunció una reconversión que implicó que las piezas prehispánicas fueran trasladadas a la sala “Iztacchichimecapam” que se construyó en el edificio de la antigua Cárcel, en la Avenida Juárez adaptado como espacio Cultural por el municipio. Igualmente, dedicado a la exhibición de piezas arqueológicas locales y algunos dioramas de los espacios naturales. Puede considerarse el segundo museo de la ciudad. Extrañamente ya no todas las piezas del anterior museo llegaron al nuevo, ignorándose su destino.
Mientras tanto el de la Santa Veracruz se convirtió en “Museo de la Muerte” bajo una museografía temática relativa y adaptando su única sala para la exhibición de las costumbres funerarias desde la época prehispánica hasta la moderna.
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Fotografía personal, Entrada al museo de la muerte y panteón de la Santa Veracruz. |
- Entierros
en Iglesias
- Algunas piezas prehispánicas.
- Un
panel con obituarios impresos.
Y, en
un espacio aparte a la sala, se mostraba la supuesta celda de una monja
coronada, es decir muerta y amortajada en su propia cama, con indumentaria
especial.
En lo
personal, para mí fue una impresión cuando lo vi por primera vez porque resulta
que el espacio adaptado como celda era en realidad la accesoria donde vivía
doña Andrea, solo que el vano que daba al panteón se había destapado y
a la vez se tapió el que daba a su patio Fuera de eso era el mismo lugar, quizá
solo repintado: permanecía el piso de zoclo de ladrillo, el trastero en la
pared, incluso la cama con el maniquí de la monja estaba en la misma
posición que el catre donde había visto por última vez a doña Andrea, por eso
digo lo de la impresión porque desde una puerta diferente estaba viendo, la
misma escena que cuando era niño y como seguía con la idea de que había muerto
en ese lugar, tuve que pedir información con la familia.
Resulta que cuando se empezó a adaptar el primer museo, el único detalle es que en la accesoria habitaba doña Andrea, incluso fue tema de una sesión de cabildo el qué se iba a hacer con “la señora que vivía en el panteón” (sic) porque resulta que no murió en la enfermedad en que la recordaba, sino que vivió varios años más. Ante las circunstancias y contra su voluntad, porque ella quería seguir ahí, mi tía Tere, ya su único familiar la llevó a otro rumbo donde falleció a los 96 años a causa de un accidente en un fogón, donde seguía cocinando como era su costumbre.
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Fotografía de Ramiro Valencia, 2006, La celda de la monja Coronada , antigua vivienda de doña Andrea. A la izquierda la puerta tapiada que daba a su patio y el trastero empotrado en la pared. |
Su
espacio fue entonces adaptado, se quitó la puerta de entrada directa desde la
calle, lo que era su patio al parecer se anexó a la iglesia porque ya no se ve
desde el interior, si no se ha cambiado, seguramente todavía está en el piso la
marca del fogón donde por años cocinó doña Andrea. Hoy en la fachada del
panteón, solo queda la reja y una marca en la pared donde estuvo la entrada a
la accesoria.
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Plano del edificio, INAH modificado, En azul la casa de doña Andrea, en rojo la sala construida en 1981. |
LOS MUSEOS SEGUNDA PARTE (y última)
Como
temático de la muerte, el museo en el panteón tuvo durante años relativo éxito
turístico, se le ha utilizado además como espacio para otras actividades
culturales. Ha sido objeto el edificio de varias remodelaciones, siempre se
dice lo mismo; que, porque está muy deteriorado y se le van a hacer
reparaciones ahora sí de fondo, pero solo duran algunos años.
La
sala Iztacchicimecapan continuó varios años más, en el antiguo edificio de la
vieja cárcel, adaptado todo para espacio cultural y sede de las oficinas
municipales relativas. Incluso, en otra ala del edificio se instaló con
museografía especial, una sala llamada Aurora Castillo Escalona” con una
museografía moderna y sobre todo material visual, se exponía parte de sus
investigaciones sobre el pasado de la ciudad.
Fotografía personal. Centro Histórico y Cultural, sede de la sala Iztacchichimecapan, Segundo Museo. |
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Fotografía personal. Al interior del Centro Histórico y Cultural, la sala Aurora castillo.. |
Ambas salas fueron desmanteladas en el año de 2015 cuando una vez remodelado el edificio de enfrente, el portal del diezmo, se traslado ahí toda la parafernalia cultural municipal, pero paradójicamente ya no tuvo espacio para un museo, según se dijo el otro edificio ya se estaba derrumbando y los objetos se guardaron en cajas, otra vez fueron a destino incierto. Por cierto, el riesgo de derrumbe no ha de haber sido tanto, 9 años después, siguen dentro oficinas diversas y hace poco hasta se instaló una sala turística dedicada al vino.
Hace
un par de años se anunció otra de las cíclicas remodelaciones del Museo de la
Santa Veracruz, consistente principalmente en quitar la museografía de la
muerte y se anunció que ahora ya era “museo de sitio”, Igual que siempre, los
objetos fueron encajonados. No hallo sentido a un museo de sitio, sin objetos
solo es un edificio histórico, quizá monumento histórico, pero no un museo, supongo
que los objetos son menos importantes que las exposiciones itinerantes y
eventos New Age que ahora se hacen ahí.
Aunque
se menciona que no hay espacio para un museo en la ciudad hay muchos lugares
disponibles, pero sin voluntad no sirven. Debió ser prioritario instalarlo cuando
se recibió desocupado el edifico del Portal del Diezmo, o bien al quedar
desocupado el del Centro Histórico, había una sección nueva donde
estuvo la biblioteca municipal que pudo adaptarse. O reparar todo el edificio, ya se vio que no
está tan mal y ocuparlo todo, Ni hablar del antiguo edifico de la presidencia
municipal, que tiene como 5 años como candidato a y no se ve nada claro. Si
tarda más seguramente van a decir que se está derrumbando.
Hace
44 años un grupo de Sanjuanenses, sin recursos públicos, poniendo tiempo,
recursos y hasta trabajo manual lograron crear un espacio para mostrar el rico
patrimonio arqueológico del municipio, hoy parece imposible
Hoy
San Juan del Río, la gran ciudad, no tiene un museo de Historia o arqueológico,
al parecer hay cosas más importantes, al fin que los objetos pueden guardarse
en cajas, guardarse en el mejor de los casos, no protestan. Hay muchas
pláticas, muchas conferencias, pero no un lugar con el material físico que lo sustente
y de sentido a las referencias.
Lo de
doña Andrea, que era tía de mi tía Teresa Hernández, sirva esto como un
recuerdo a su memoria por su singular vivienda. Sanjuanenses de antes que no
volverán, como los museos… perdón, creo que eso ya la había dicho
Aunque ya pocos la recuerdan, entre ellos el pintor Armando Otero es de los sanjuanenses que siguen dando tema a conversaciones, Hace algunos años, ante la efigie de la monja en el Museo, platicaba la historia de cuando vivía ahí, casualmente algunos turistas las escucharon y como teléfono descompuesto, después, en otra parte del museo los escuchamos decir que yo había dicho que la señora que estaba ahí era el cadáver de mi abuela…
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Fotografía del Instituto de Cultura. 2016, De los últimos arreglos de la celda, |
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Fotografía personal. El maestro Armando Otero señalando en su obra la entrada a la casa de doña Andrea. |
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Fotografía personal. El maestro Armando Otero señalando en terreno la entrada a la casa de doña Andrea. En realidad era dos metros a la derecha, |
Andrea Hernández Hernández
1889
-1985
D.E.P