jueves, 12 de septiembre de 2013

Crónica del cinelandia

Celebrando que el blog ya tiene 500 visitas, (muchas sé que son de los cazablogs, pero parece que ya se está formando un  público propio) daré un salto en el tiempo y presento a su consideración esta crónica del viejo cine de la ciudad. Hace poco fue publicada casi íntegra en la página San Juan del Río en el Tiempo, pero es de mi autoría. De vez en cuando para no aburrirlos haré este tipo de reseñas, la historia también pude ser divertida, este es un ejemplo; un edificio que fue icónico para muchas generaciones, espero les guste.




500 visitas, Fotografía personal, el Cinelandía en su agonía (¿Serían los marcos de cantera los del viejo teatro?)

El cine
En la vieja calle del Curato Viejo, hoy 16 de septiembre, hasta el año 2010, tras mucho tiempo en el abandono total, se encontraba el que fue el antiguo “Teatro Cinelandia”, propiedad del circuito Montes, cerrado por problemas laborales hacía 20 años, nunca volvió a funcionar.

Este local, en el número 10, cuyo interior casi ningún joven actual conoció, fue un edificio moderno de dos niveles, los marcos de cantera de sus puertas se veían de factura antigua aunque no sé si fueran las originales del local anterior ya que en el mismo terreno existió en el siglo antepasado un pequeño teatro, que para 1865 era de madera y se administraba por el Ayuntamiento.

Llamado inicialmente Calderón, (Seguramente por el dramaturgo) después Hidalgo, luego Cosío (Seguramente por el gobernador que lo reconstruyó) y al final otra vez Hidalgo, fue remozado por el gobierno estatal a fines del siglo XIX y albergó los eventos de las primeras ferias. Contaba con todo lo necesario para funciones artísticas, teatrales, musicales y eventos de toda especie, cívicos y profanos, públicos y privados. Incluso tenía palcos. Su telón de fondo era una imagen del Jardín de San Juan Bautista. (actual Plaza de los Fundadores) Administrado por una asociación civil, funcionaba como un club social.
Fue derruido por 1936, en tiempos del gobernador Saturnino Osornio para construir una, para entonces funcional sala cinematográfica, que inaugurada a inicios de los cuarentas, vio pasar por su pantalla, con llenos completos toda la época de oro del cine nacional, lo que le valió ser ampliado a dos niveles. En su último apogeo que sería a fines de la década de 1970, daba funciones diarias, tarde y noche, en programa doble y los domingos por la mañana presentaba al público infantil el popular matinée.


Siempre había muchos espectadores, pero se llenaba totalmente a partir del viernes, cuando proyectaba cintas clasificación “C”, entonces de lo más pecaminoso, completamente para adultos, aunque al encender las luces, la sala siempre aparecía repleta de alumnos de la secundaria.

Tenía una surtida y carísima dulcería. (La gente por los prohibitivos precios, cuando asistía en familia se equipaba por fuera con varias pepsis familiares, tortas y frituras de toda especie) El público podía escoger entre dos secciones, la parte baja con butacas -lunetas les decían-, que entonces se sentían muy cómodas, en la parte de arriba y hasta el fondo, gradas de cemento, más baratas e incómodas. En ambas había un policía siempre atento a que no se lanzaran objetos a la pantalla o se dijeran groserías, actos que ameritaban ser sacado ipso facto de la sala. La presencia de guardianes del orden no impedía que al iniciar la función y apagarse la luz se escuchara, dedicado al proyeccionista, el entonces nacional grito de ¡Cácaro!  Y en cualquier interrupción por falla, el muy local ¡Deja a la dulcera!  (O sea a la encargada de la dulcería) ambos gritos aún se escucharon en las primeras funciones de los entonces llamados “Multicines” frente a la presidencia municipal, luego se perdieron para siempre.

Además de cine, era el sitio ideal para graduaciones y eventos políticos y sociales de categoría y aún sin ella (en el programa de feria era obligado presentar ahí los Juegos Florales y el concurso de físico-culturismo local, llamado “Míster San Juan” asistiendo los más ponchados del pueblo, incluidos varios trabajadores del rastro. En los últimos años ya participaban féminas como concursantes -y muchos más hombres como espectadores) Tenía una excelente especie de climatización lograda por el recubrimiento de las paredes de material parecido al fibracel (entre cartón y madera) y la enorme altura de la sala. En apoyo a la graduación de unos preparatorianos estuvo en vivo la mismísima Isela Vega, actuando algunas escenas teatrales, siendo la única vez que falló la climatización.

Por ser el más popular sitio de diversión, en las esquinas del centro tenía unos marcos de herrería donde colocaba su cartelera, después los abandonaron y eran utilizados por cualquiera que requería colocar algún cartel. En esos tiempos ni pensar siquiera pegar propaganda o pintar paredes, había sitios establecidos en esquinas y postes. (Fueron proverbiales durante décadas unas pequeñas láminas metálicas clavadas en lo alto de las esquinas anunciando un ungüento muy socorrido, el 666) La anarquía gráfica fue una mala costumbre que trajeron las campañas políticas.  

Tuvo un segundo aire con la llegada del cine de luchadores. En una extraña catarsis dominical, era común que la audiencia coreara a viva voz ¡Santo, Santo, Santo! cuando el enmascarado de plata lograba levantarse en el segundo round o acababa con algún “moustro”. (Solo los de luneta, los de la gradería generalmente eran rudos, muchas veces lo demostraron, sobre todo a la salida, arrojando toda la basura hacia la parte de abajo, incluyendo envases y toda clase de líquidos corporales y externos) No se diga los sábados cuando la temática era de Karate o Kung Fu, a la salida, las bancas de la Avenida Juárez sufrían los embates de noveles karatecas que encaramados en ellas intentaban repetir las katas y sonidos de Bruce Lee.

En su última época, compitiendo con modernas y en verdad cómodas salas, (Multicines y Sagitario) lentamente fue languideciendo. Primero perdió el enorme anuncio luminoso que vertical sobresalía a su fachada, después la capacidad de presentar estrenos, casi postreramente se sostuvo proyectando indiscriminadamente un día sí y los demás también, cintas pornográficas extranjeras, ya hasta sin subtítulos o traducción. (Que en realidad no era muy necesaria, como quiera se entendía la trama) La vetusta pero gigantesca pantalla amplificaba hasta el mínimo detalle.


Fotografía personal, ¿No les ha pasado que todavía al entrar en la calle esperamos verlo?

Su final fue previsible cuando su único atractivo terminó siendo la oscuridad, convirtiéndose en sui géneris sitio de reunión dizque romántica para todo tipo de personas igualmente sui géneris En esa época, siendo constantes las fallas por lo anticuado del proyector, los gritos de los espectadores cambiaron por viles mentadas de madre a silbidos. Poco después vino el problema laboral que lo cerró para siempre. Todo su historial sin embargo no lo salvó nunca, de ser llamado y hoy recordado como “el Piojito”. En el año 2010 fue demolido.

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