Érase una vez (San Juan en Relatos de Viajeros II)
Viajes y aventuras en San Juan
del Río
Continuando las relaciones de viajeros que visitaron San Juan del Río en el pasado, presento ahora la contenida en un libro que por su kilométrico título pareciera que su autor realizó el viaje con ese propósito, sin embargo, gran parte fue como prisionero durante la guerra entre Estados Unidos y México y en esa condición, iba donde sus captores. Su mala suerte influyó también ya que los americanos nunca ocuparon partes significativas del territorio nacional; sus compatriotas ganaban batallas, pero él siempre cautivo, iba en una marcha que lo llevó a San Juan del Río. El libro se llama:
VIAJES Y AVENTURAS EN MÉXICO EL RECORRIDO DE
VIAJES DE MÁS DE 2500 MILLAS, REALIZADOS A PIE. UN RELATO DE LAS COSTUMBRES Y
TRADICIONES DEL PUEBLO, Y DE LOS RECURSOS AGRÍCOLAS Y MINERALES DE ESE PAÍS.
POR WILLIAM W. CARPENTER, ANTIGUO MIEMBRO DEL
EJÉRCITO DE LOS ESTADOS UNIDOS. NUEVA YORK: HARPER & BROTHERS, EDITORES, 82
CLIFF STREET. 1851.
Al declararse la guerra, viviendo William en Louisville Kentucky donde estudiaba o había estudiado medicina y cirugía se enlistó como voluntario en el ejército de su país y sin fecha exacta, entró a pie a México para unirse al grueso del ejército americano en la batalla de Monterrey. (1846)
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| Batalla de Monterrey. Grabado americano de la época |
Realizando un reconocimiento cerca de Ramos Arizpe fue capturado con algunos compañeros en febrero de 1847 por una división mexicana al mando del General Urrea. Ahí empieza su recorrido a pie, siguiendo el retroceso del ejército mexicano necesariamente al sur, entre maltratos de la gente en los lugares que recorrían.
Por acuerdos de guerra, recibían algo de dinero para
medio sostenerse, comprar comida, a veces ropa, a veces nada. En esas
condiciones avanzaron a Montemorelos, ya no eran maltratados e incluso recibían
favores de la población, pero compartiendo las condiciones del ejército
mexicano a veces ni siquiera comían. Llegando a San Luis Potosí se decide
fueran escoltados a México. Tras seis días de camino llegaron a Querétaro,
donde gozaron de cierta libertad, aunque no de recursos y pudieron pasear por
la ciudad a pesar de su para entonces repugnante apariencia, según dice. Conocieron
la Alameda y la fábrica de hilados y tejidos. Enfermó gravemente y en esas condiciones,
continuó hacia México. No menciona su padecimiento, quizá solo desnutrición y cansancio,
pero a tal grado que llegó a San Juan del Río inconsciente, delirando y al lomo
de un mulo por lo que compañeros y captores lo dejaron en el hospital civil,
(Nota de la Redacción: Se refiere al
actual edificio de Bellas Artes de la U.A.Q.) continuando ellos hacia la capital. Aquí permaneció mucho tiempo y
dedica bastantes páginas a las incidencias vividas.
Fotografía de principio del siglo XX. El Hospital de San Juan del Río, a la derecha la Iglesia de San Juan de Dios. Probablemente casi en el estado como los vio William.
| Imagen de Google Earth. Avenida Juárez Poniente. Mismos edificios, época actual. |
Sin saber siquiera donde estaba, permaneció 4 semanas en cama, que es cuando recobra el sentido. Alimentado por los encargados empieza a recuperarse lentamente, dice estar reducido a un esqueleto y su ropa, antes ajustada le daba 2 vueltas. Era visitado diariamente por el doctor, sacerdotes y damas y caballeros de la alta sociedad local, quienes después de la misa diaria en la Iglesia adjunta (N. de la R.: La actual de San Juan de Dios) le daban bondad y hasta dinero. Cuando pudo caminar fue invitado por su Doctor a su casa, esta y muchas ocasiones donde recibió atenciones e incluso trabaron amistad y un acuerdo para que cada uno instruyera al otro en su idioma. Describe al médico como educado, católico y con principios liberales. Él a su vez, por sus conocimientos de aritmética, geografía y gramática, griego y latín, quitó el estigma de los estadounidenses como una nación de bárbaros. (N. de la R: No lo dice en el texto, pero por las fechas pudo ser el Dr. Guadalupe Perusquía) Les contó de los ferrocarriles, inexistentes entonces en México y de la rapidez de la comunicación por telégrafo. Por medio del sacerdote, Julián Miranda conoció familias prominentes quienes le daban respeto y protección e hizo muchos amigos, no así con las que llama clases bajas, quienes lo maltrataban e incluso varias veces intentaron asesinarlo, sobrevivió peleando con las manos primero y luego con un bastón de roble que fabricó. Miranda le regaló ropa nueva y dinero varias ocasiones. Menciona que su comida, que no era la del hospital y nunca supo de dónde venía, consistía el desayuno y cena en un vaso de chocolate o te de naranjas agrias y un pedazo de pan, en la comida medio litro de sopa, un trozo de carne y 3 o 4 tortillas, que completaba comprando lo que sus ingresos le permitían.
Del encargado del hospital recibió enseñanza para convertirse en zapatero y financiado por el médico, se dedicó un tiempo a ese oficio con cierto éxito. Por entonces pasaron por San Juan algunos prisioneros que estuvieron con él en Querétaro, pero extrañamente no fue enviado con ellos, a pesar de pedirlo. Su carácter de prisionero de guerra no le impedía pasar libremente por el pueblo y prueba de ello, es lo siguiente.
“Ahora voy a dar una descripción de San Juan
del Río. Tiene aproximadamente cinco mil habitantes. Hay solo una calle que se
puede llamar propiamente calle; el resto son estrechas, como callejones o
veredas. La ciudad está limitada por un lado por un río, que en la temporada
seca es tan bajo que se podría cruzar a pie sobre las piedras sin mojarse los
zapatos; pero en la temporada de lluvias he visto que el agua sube cinco pies
en una hora. Frecuentemente se desborda, formando un mar perfecto. La parte junto
al río está protegida por un muro grueso y sólido. La ciudad se construye sin
ningún orden o regularidad, cada persona edificando donde le viene en gana; en
consecuencia, las calles son estrechas y muy tortuosas. Las casas están hechas
de adobe o ladrillo sin cocer. Estos adobes se hacen en forma de ladrillo, de unas
dieciocho pulgadas de largo, diez de ancho y tres de grueso, secados al sol; y
cuando alcanzan suficiente dureza, se colocan en las paredes que forman la
casa. La longitud del adobe determina el grosor de la pared. Los techos
generalmente están cubiertos con una especie de caña y hechos lo
suficientemente inclinados para evacuar el agua. Las casas de los ricos están
cubiertas de ladrillo cocido y enlucidas abundantemente, tanto por dentro como
por fuera, con cemento, lo que las hace impermeables al agua. El techo tiene
una ligera pendiente, justo suficiente para evacuar el agua. Las habitaciones
suelen estar más bien desprovistas de muebles, conteniendo solo una cama y
algunos bancos para sentarse, siendo las sillas un lujo que solo los ricos
pueden permitirse. Las mesas no son de uso común. Cuando comen, la gente se
sienta en el suelo, coloca los platos sobre sus piernas y come con sus
tortillas y cucharas; los cuchillos y tenedores se usan rara vez. Las tortillas
se hacen de maíz indígena. Primero se remojan en lejía débil por unas horas
para quitar las cáscaras, luego se machacan o muelen finamente y después se
amasan con las manos hasta que quedan como un panqueque común; luego se cocinan
en un comal de barro. Si se comen calientes, están muy buenas. Este es todo el
pan que tienen las clases pobres, y también lo consumen los ricos dos veces al
día. Algunas mujeres se mantienen haciendo tortillas para vender; se las puede
ver en la Plaza a cualquier hora del día, con sus cestas bajo sus rebozos o
chales, gritando sus tortillas. En casi todas las partes de la ciudad hay
grandes jardines (quiere decir
huertas) a veces ocupando cuatro o cinco acres, en los cuales se cultivan
todo tipo de frutas, como manzanas, peras, cerezas, uvas, higos, plátanos,
granadas y muchos otros tipos, tanto de producciones tropicales como templadas.”
por su cercanía con las clases acomodadas, era invitado
frecuente a las huertas, incluso le ofrecían capital para un negocio a
condición de hacerse ciudadano mexicano y quedarse para siempre.
La guerra seguía, pero no había certeza real de lo
que pasaba por las contradictorias noticias que llegaban; a veces diciendo que
los americanos iban perdiendo, recibida con retoques de campanas de las
iglesias, cuando eran contrarias, él salía a la calle a gritar, incluso a
lanzar cohetes. Sobre todo, cuando se supo verazmente del avance americano.
Invitado a fiestas y fandangos, una vez borracho y peleando
con un sacerdote terminó diciendo que era protestante y por ser prisionero no le
podía tocar nadie y que esperaba que pronto todo México fuera anexado a Estados
Unidos.
Días después pasó por San Juan el grueso del ejército
mexicano, 20 mil efectivos hacia México. De alguna manera William conocía a los
generales, características y hasta familias y a detalle la biografía y triquiñuelas
de Santana y sus robos al erario. Excepto el presidente, todos los descritos morirían
en los combates en México. Incluso cuando se dio el triunfo americano, la toma
de la capital, la huida de Santana y su descrédito hubo calma, solo con el
temor que los americanos avanzaran a Querétaro, ocurriendo al revés: pasaron aquí
a los restos del ejército mexicano y funcionarios. (N.
de la R.: recordar que el gobierno se trasladó a Querétaro, nombrada capital
provisional) Llegaron igual restos
del batallón de S. Patricio, los desertores del ejército estadounidense que se
unieron con los mexicanos.
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| Ocupación de la capital. Grabado americano de la época |
Por esos días hubo un intercambio de prisioneros que
no lo incluyó a pesar de sus solicitudes escritas y le hizo trazar un plan para
escapar. Calculó 150 millas la distancia a México y recorrerlo en 3 días. Ahorró
dinero y una noche, recogió su ropa y caminó hasta el mediodía siguiente.
Tomaba un descanso cuando descubrió que un sargento y una fila de hombre iban
por él. Atado a un caballo regresó a San Juan, esta vez a una oscura celda de
la cárcel sin manta, ni ropa. Atado de pies, manos y cintura solo recibía dos
comidas diarias. Tras muchos días logró liberar manos y cintura y estando en la
celda trasera de la cárcel sabía, por sus paseos en la ciudad que tras el muro
solo había un patio y una casa vieja así que inició un orificio en el adobe. Teniéndolo
casi completo, en una revisión descubrieron que sus cadenas ya no lo sujetaban
y las reforzaron. Nunca vieron el agujero, pero ya era más vigilado. Su
siguiente plan fue fingirse enfermo: dejando de comer 2 días logró que,
considerándolo moribundo trajeron al médico e interviniera en su favor. Con
ayuda de él y Miranda fue puesto en libertad a condición de jurar no hacer más
intentos de ir a México y presentarse cada noche con el comandante, volvió al hospital
a sus dos cuartos asignados.
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Fotografía de principios del siglo XX . Cárcel de San Juan del Río. Probablemente casi en el estado en que recibió a William.
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Por entonces llegó un oficial mexicano de sus captores iniciales. Le informó de la rendición de México, la huida de Santana y las revueltas entre los mexicanos. Sutilmente obtuvo la información sobre distancia y poblaciones para llegar a la costa del pacifico, su nuevo plan, sin romper el juramento de no intentar ir a México. Pidió otro traje al sacerdote, consiguió dinero prestado y 10 días luego de salir de la cárcel, con algunas provisiones y un bulto de ropa se dirigió hacia Querétaro.
A partir de aquí, el relato se vuelve descriptivo y costumbrista,
quizá su relativa libertad le daba más tiempo para sus notas que dice haber tomado
desde su captura: detalla paisajes,
costumbres, personas, modos de producción, minas etc. incluso anota que el
mayor insulto para los americanos era “Gringo” un derivado de Green horn,
referente a cornudo, equivalente en los mexicanos a la palabra “chivo” que
menciona como el mayor agravio entre ellos. (N.
De la R. Por el contexto supongo que se refería a cabrón)
Planeó caminar 15 leguas cada noche y descansar de día.
Llevaba provisiones, pero recogía lo que podía en las milpas y huertas que
encontraba. A la cuarta noche llegó a Querétaro, donde pidió inútilmente ayuda
a los ingleses de la fábrica. Un irlandés le dio de comer y contó su idea de
llegar al pacífico y conseguir un buque rumbo a casa.
Luego de Querétaro, otro golpe de mala suerte: pensando ir a Celaya tomó el camino a San miguel. Dándose cuenta mucho después y debió regresar lo andado. Su única orientación era observar donde se ponía el sol y la estrella del norte.
Además de las milpas, a veces lo alimentaban los pobladores en su camino. Un tiempo le acompañó un irlandés, que borracho lo metía en problemas y decidió separase. Así llegó a Celaya, aún oculto de día y avanzando de noche. En Salamanca, consiguió un pasaporte y se hizo pasar como integrante del Batallón de San patricio. Desde ahí, al llegar a cualquier poblado o ciudad buscaba a las autoridades, mostrándoles el documento, exigiendo un apoyo por haber defendido a México. Algunos le daban dinero, otra comida a comida o alojamiento y de esa manera, siempre a pie, pudo avanzar a Guanajuato, León, Lagos, Guadalajara, Ixtlán, Tepic y finalmente al puerto de San Blas.
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| Portada original del libro (no hay edición en español. |
Por lo increíble de su historia, fue difícil conseguir ayuda, pero el 7 de junio de 1848, abordó el buque Lexington rumbo a Mazatlán. Al arranque hallan al Cyane que iba directo a casa y al cual pasó. Su último golpe de mala suerte: el barco iba a Estados Unidos, pero por el sur, rodeando todo el continente. El 11 de octubre desembarca en Norfolk, Virginia, pesaba ya 160 libras, cuando había salido de San Blas 111. En Washington cobró sus honorarios y regresó… “con sus amigos quienes le habían llorado como muerto durante mucho tiempo” (versión abreviada por la R.)
Quizá por su carácter de voluntario, no militar, no hay datos posteriores de él. Por común, entre muchos llamados así se pierde su rastro tras la publicación en 1851 del libro, que fue un éxito en su tiempo y es muy mencionado en la literatura de esa guerra Casualmente, de los lugares mencionados aquí aún están de pie, con modificaciones de 180 años: el hospital, la iglesia y la cárcel; la Casa del Dr. Perusquía, hoy es una caja popular. De las huertas ni hablamos.



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