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sábado, 2 de noviembre de 2019

Una de difuntos (continuación)


Una de difuntos (continuación)


Fotografía personal, Monumento a los fundadores en la plaza del mismo nombre, antiguo Camposanto del pueblo
EL ÚLTIMO GRITO DE LA REPÚBLICA

Comentaba la pasada entrada que, paradójicamente, la independencia nacional tuvo algunos efectos negativos en el pueblo de San Juan del Río.

De entrada, ya no habiendo distinción de clases ni raza, se consideraba a todos por igual, de tal manera que la existencia del cuerpo de gobierno de los indios, a través de su República y paralelo a la autoridad virreinal dejo de tener sentido.

En el transcurso de pocos años, el orden que para sus actos tuvieron por más de tres siglos desapareció, su jurisdicción sobre el antiguo fundo fue anulada y rápidamente, sus terrenos fueron ocupados por mestizos, igual ocurrió con las tierras comunales, muchas heredadas a la nueva administración republicana.

No he podido averiguar quién era su gobernador al desaparecer su república, el último del que se tienen noticias es don Santiago Martín de Luna, a principios del siglo XIX.
Las funciones que los diversos miembros de la República tenían, se desvanecieron de pronto y dejaron de tener la facultad de llamar a los sus iguales a realizar los trabajos de mantenimiento de las tierras e instalaciones comunales así como las diversas etapas del calendario agrícola; la limpia de la acequia y la remoción de hierba y escombros del camposanto.


Imagen de Archivo personal. Firma de Santiago Martín de Luna, uno de los últimos gobernadores de la República de Indios del Pueblo de San Juan del Río,(la abreviatura debajo de su nombre dice Govr, quiere decir Gobernador)
Con la prohibición oficial para realizar entierros en el camposanto tradicional, y la obligación de hacerlo en el nuevo panteón municipal, el lugar, ahora llamado Camposanto Viejo” entró en una etapa de descuido, ya no había quien se hiciera responsable de él, los indios ya no tenían obligación y a los españoles poco les interesaba, el abandono debió llegar a tal grado, que incluso quedó sin barda.

De todos los funcionarios de la República de Indios, para 1840 solo se conservaban, de manera medio simbólica, los Mandones de los barrios, es decir, los antiguos funcionarios encargados de las cuestiones religiosas de la extinta República, a ellos solicitaron las autoridades del pueblo, es decir la prefectura y el cabildo que remozaran el abandonado Camposanto Viejo. Parecía que era un pedido al aire, ya que no era obligación de ellos, sino de la nueva autoridad hacerlo, ya no era el viejo panteón propiedad india.

Existe un documento en el Archivo Histórico Municipal, que contiene la respuesta que los Mandones hacen, no es una simple contestación formal, o acatamientos de un acuerdo establecido, es una carta de redacción bellísima que contiene una verdadera lección de amor a su raza, sus antepasados y todo lo que representaba la antigua filosofía y una organización en la que el bienestar colectivo estaba sobre el interés personal y que explica en parte porque había sido tan exitosa durante siglos y en solo 19 años transcurridos, la Independencia Nacional los había dejado en un estado de indefensión al considerarlos iguales, no eran así, no estaban preparados para enfrentar al mundo como individuos, su valor había estado desde tiempos prehispánicos en realizar todo de manera conjunta.

Llama la atención que los Mandones que redactan el escrito son solo siete, cuando los barrios habían sido 8, ya no está el correspondiente al de San Marcos, que al parece ya se había anexado al de San Juan, porque, aunque la división en barrios todavía duró algunas décadas más, ya nunca se habla de ese en específico.

También es notorio el que se mencione ese lugar como el espacio donde descansan los restos de los fundadores, lo que denota una conciencia de que el lugar había sido cementerio desde los primeros tiempos del pueblo.
Como tarea pendiente queda el averiguar quién es Francisco Chiquito, el personaje que mencionan que, en unión a él, dan la afirmativa a la solicitud, no se si sea el escribano o alguna de sus antiguas autoridades.

Presento a Ustedes, paleografiado, el documento, solo desenlacé las abreviaturas y corregí la ortografía. Debió ser escrito por un profesional, ya que es una redacción casi moderna, que hace uso correcto de las comas, los puntos, el punto y coma, el punto y seguido, los dos puntos y las mayúsculas al inicio y en los nombres propios, incluso ya incluye algunos acentos ortográficos. Parece que fue dirigido al prefecto político, porque inicia con, el tratamiento en individual. (Muy Ilustre Señor)

Imagen del Archivo Histórico Municipal, fragmento del documento aludido.

  
                                             M. I. S.  

Cristóbal de la Cruz, Mandón del barrio del Es-
pirítu Santo, Agustín del de la Concepción, Rafael
González del de San Isidro, José María Nieto, del de la San
ta Cruz, Antonio Mancilla, del de San Juan, José de 
Jesús del de San Miguel, como mandones de estos barrios
y por todos los individuos que los componen en esta población
ante Usted con la sumisión que demanda el respeto de-
cimos en unión de Francisco Chiquito: que convencidos de
la verdad de los que representan al pueblo, son los que deben
conceder las licencias que se solicitan, es incuestionable que
el mismo representante no puede negarlo, y mucho más
cuando no carecen de justicia al impetrarlas. Así es
que al idear presentarnos ante este Ilustre cuerpo para
expresar la intención que tenemos de manifestar, no
hemos admitido en nuestra creencia que la resolución sea
desagradable; y más cuando esta solicitud por si sola
tiende su observancia en resguardar un lugar no me-
nos sagrado que digno de la mejor atención para cubrir
o abrigar como deber propio de unos buenos suceso
res.
                                En efecto señor, nosotros quie-
nes representamos por sí y en nombre de los indi-
genas que componen aquellos barrios, queremos cum-
plir fielmente con la propuesta que mutuamente tenemos
hecha para levantar las paredes que necesita el Campo
Santo que se ha declarado abandonado por asistir
al que nuevamente se ha abierto. Para empren-
der este trabajo, tenemos presente que en aquel
lugar descansan los huesos de nuestros padres y
hermanos, hijos y parientes: Allí hay sepulta-
dos infinidad de amigos quienes alguna vez alivia-
ron nuestras fatigas: allí hay sepulcros que aunque
borrados, no cesan jamás de exigir reconocimiento,
porque nuestros haberes y nuestras fortunas son
debidas a la mayor parte de aquellos que los han
ocupado; y allí en fin, están las cenizas de los
bienhechores y fundadores de este pueblo quienes de
ben haber sacrificado la mayor parte de este
ó aquel interés para satisfacer su empresa ¿Y así
podríamos adquirir valor para ver abandonado un
lugar que es digno de todo aprecio? ¿Habrá algún individuo
de nosotros que al extender la vista pue-
da ver nuestro Camposanto sumergido en el ol-
vido y sus mezquinas cercas entregadas al deterioro
hasta llegar el caso de surcarlo por el transcurso
de algunos años? ¿Nuestros corazones admitirán
sosiego en medio de su pasión al observar tan funesto
fin…? Nosotros creemos que no porque la pasión del
padre, hijos y hermanos, el cariño de los amigos
fieles y el reconocimiento debido a nuestros antepasados
y bienhechores, no quedaran tranquilos ni sosegados
siempre que se conserve aquel lugar sin miramiento
y siempre que por su abandono llegue a servir como hijo
del desprecio

                                                                   Mas no, no, no
será así, ni llegará este caso pues que nosotros nos intere-
samos porque nos permita levantar a nuestra cos-
ta las paredes que necesita, empleando todos nuestros
esfuerzos según emos convenido mutuamente, para
tener la satisfacción de ofrecer este trabajo al recono-
cimiento que debemos a los que allí se hayan sepultados;
pues, aunque ellos desearían sin poder observar su aban-
dono, nosotros conocemos como un deber natural que es-
tamos en la obligación de solicitar esta licencia; pues
parece que esa infinidad de huesos que rebullen buscan-
doce unos a otros para exigirnos la recompensa de este o
aquellos beneficios que les debemos; y que no permitamos que
se pisen con orgullo ni se vean con menosprecio por-
que entonces incurriremos en la nota de ingratitud, y no
sabremos apreciar las acciones benéficas que recibimos 
de nuestros antepasados.

                               En este concepto y suplicando de nue-
vo a este Ilustre Cuerpo que se nos conceda la licencia di-
cha para proceder a nuestra empresa, esperamos que
se nos resuelva por la afirmativa; pues en esto no se
hace otra cosa sino conceder con esta solicitud sin
gravamen alguno, puesto que auxiliandonos unos a otros
Barrios es de nuestra cuenta todo gasto, salvo aquel
Individuo que por bondad contribuya de la manera
que pueda en esta virtud.

A usted suplicamos rendidamente haga como lo pedimos
recibiendo en esto merced y gracia. Juramos lo necesa-
rio etc. S. Juan del Río, Octubre 21 de 1840.

                             No sabemos firmar.







POBRE DEL INDIO QUE AL CIELO NO VA, LO JODEN AQUÍ Y LO JODEN ALLÁ

Como puede leerse, además de la aceptación de la empresa, y una solicitud de que no se les cobren impuestos, el documento es la manifestación orgullosa de la pertenencia a una raza, de una identidad heredada que, como el Camposanto, veía como a pesar de todos sus esfuerzos, iniciaba una desintegración que los obligaría a dejar algunos de sus antiguos barrios del centro y refugiarse en los de la periferia, lo que le da un carácter desgarrador al escrito.

Para finales del siglo XIX, toda la cultura otomí, incluido su idioma, se fue disolviendo, como los restos mencionados en la carta.

Este documento es uno de los últimos que menciona al menos algunos funcionarios de la República de Indios, los Mandones, nunca volverían a manifestarse como tal, la República ya no tendría otra oportunidad.

Creo que las bardas del Camposanto, sí se repusieron pero el tiempo y el olvido harían el resto. En la década siguiente fue clausurado definitivamente como cementerio y en la de 1880 se convirtió en “jardín”, posteriormente Jardín Cosío, Jardín Porfirio Díaz y Jardín Madero, Actualmente se llama Plaza de los Fundadores, y no es difícil que, en verdad, aún queden ahí algunos restos de ellos.

Para mejor entendimiento, se recomienda leer la entrada de ayer, que contiene los antecedentes de la situación que motivó el documento hoy relatado y que consideré necesarios para no presentarlo en solitario ya que se perdería  el porqué  de su redacción casi hasta poética.

Quienes estén interesados en el tema de los antiguos barrios, hay descripciones de los ocho en diversas entradas pasadas, del espacio del Camposanto también. Dense una vuelta.


Una de difuntos 1

Una de difuntos

Imagen de Google Earth 2019. Centro de San Juan del Río, En rojo el área aproximada del antiguo Camposanto, antes sin calle de por medio, iniciaba desde la fachada del templo.
Desde su ignota fundación a mediados del siglo XVI, San Juan del Río a tuvo la categoría de Pueblo de Indios, no hubo una parte española y no es verdad como se dice por ahí que alguna vez fue pueblo de españoles, cierto que desde los primeros años existieron habitantes españoles dentro del perímetro del pueblo, sobre todo en ciertos sectores, fue siempre en terrenos concedidos por los indios o adquiridos a ellos, sin embargo, durante toda la época colonial, el número de españoles en contraste con el de los indios era mínimo.

Aunque existía una autoridad española que tuvo diferentes denominaciones durante el virreinato, la mayoritaria población indígena tenía sus propias autoridades, en la llamada República de Indios, compuesta de un Gobernador, dos Alcaldes, 3 Alguaciles Mayores,  tres jueces de sementeras y un Escribano, todos con ayudantes llamados Oficiales. Existían además varios Topiles y Ministros o Ministros de Varas y otros llamados Mandones o tableros, uno por cada barrio. Por lo que los nombres nos dicen, este cuerpo de gobierno tenía funciones en todos los aspectos civiles, agrarios, de justicia y hasta religiosos, solo cuando se tenía conflicto con los españoles o el delito cometido era muy grave, se recurría a las autoridades españolas.

La jurisdicción de la República de Indios era todo el perímetro del pueblo, que estaba dividido territorialmente en ocho barrios: San Miguel, San Juan, San Marcos, el Calvario, la Concepción, de la Santa Cruz, San Isidro; y el del Espíritu Santo, todos inicialmente de población indígena.

La República de Indios de San Juan del Río fue muy próspera, además de los terrenos de regadío comunales, el molino y la acequia, llegó a tener capitales suficientes para actividades bursátiles y hasta para ayuda a la iglesia.  Con las reformas impuestas por la constitución de Cádiz en 1812 se extinguió por dos años y aunque se restauró después ya no fue por mucho tiempo, la independencia nacional le quitó su razón de ser; cuerpo de gobierno paralelo al de españoles por no ser “iguales” de acuerdo a las legislaciones vigentes.
Desde entonces, sus propiedades y capitales fueron privatizándose, aunque conservó algunos a través de las cofradías religiosas. Las leyes de Reforma entre 1859 y 1860 acabaron de manera definitiva con la propiedad comunal y el apoyo a través de ellas para la iglesia. Todos los predios pasaron a particulares.

Una de las instalaciones que seguramente desde la fundación del pueblo detentaron fue el Camposanto, ubicado al poniente del lugar donde siempre se asentó la iglesia del pueblo de Indios y donde hoy se ubica la parroquia de San Juan Bautista, por obvias razones en él había cabida para los difuntos sin distinción de raza, sin embargo los españoles, por disponer de recursos y para no mezclarse ni en la otra vida, optaban por pagar sepulturas en el interior de los templos, y cuando ya los hubo, en los conventos.
No se crea que los padrecitos lo hacían por buenas gentes, implicaba un costo, según el lugar donde se quisiera la sepultura, obviamente el más oneroso era frente al altar mayor. Por disposiciones relativas, además cada convento tenía pequeño cementerio para los difuntos de la orden propietaria, que también se puso a disposición de los legos, igual españoles. (Hubo en Santo Domingo, el Beaterio y San Juan de Dios)

Sin embargo, los indios siempre ocuparon el Camposanto original, durante al menos tres siglos, todos sus muertos yacieron en el lugar (aunque hay indicios de que hubo otro pequeño panteón indio detrás de la iglesia del Calvario, cuyo terreno fue ocupado luego por el de la Santa Veracruz) que era sumamente pequeño, pues la población también lo era, y compartido con el acceso al templo. Al ir aumentando con los siglos la población mestiza y española, se usó incluso el espacio entre las dos iglesias y se siguió ocupando el piso de todos los templos.

No de San Juan del Río, pero si de otros lugares, hay crónicas escatológicas del nauseabundo olor que se respiraba al interior de esos lugares por la profusión de los sepulcros, sobre todo en donde no se podía escarbar profundo para ellos. De tal manera que una de las primeras disposiciones de los gobiernos independientes, fue en 1823, prohibir los entierros al interior de los templos y en los atrios.

Ante la desaparición de la república de Indios, su camposanto siguió en uso, pero ya no hubo trabajos de mantenimiento, (las autoridades del pueblo, aunque ahora independentistas, en realidad eran las mismas personas que antes habían sido realistas, es decir mestizos o españoles que no ocupaban ese espacio y por algunos años ignoraron la prohibición) Al menos hasta 1821, el lugar tenía su barda completa pero fue deteriorándose al grado de casi desaparecer en el transcurso de algunos años.

Hay constancia de enterramientos posteriores aunque aislados tanto en el Camposanto como en los templos y conventos, aun después de que, en 1833, el gobierno del estado ratifica la prohibición y hace énfasis en que los cementerios deben ubicarse en las afueras de las poblaciones.

Parece ser que ese decreto si fue tomado en serio y hay evidencias documentales de las gestiones que se hicieron para construir uno, las que concluyeron 7 años después, en 1840 con la inauguración del primer panteón enteramente civil de San Juan del Río, en las entonces afueras de la población, junto al puente de piedra, Ese panteón, municipal  externo inicialmente se llamó “La soledad” y sus primeros habitantes fueron algunos exhumados de los diversos templos y del cementerio de los indios. Hoy con una ampliación, es el panteón municipal 1.
Fue construido expresamente, no es cierto como se dice por ahí que antes había sido el panteón del Convento de San Juan de Dios, la iglesia más cercana, son dos predios completamente diferentes.

El terreno donde se ubica era conocido desde tiempos inmemoriales como “La Soledad”, no se sabe de cuándo ni porqué circunstancias había sido sitio de enterramientos, supongo que cuando había epidemias y los difuntos eran numerosos se recurría a aquel lugar para sepultarlos, no era un cementerio, solo un terreno baldío, sin alguna protección, hay evidencias en el Archivo Histórico Municipal  de las primeras décadas del siglo XIX, donde los vecinos se quejan de que en cada avenida del río (en cuyo costado estaba) aparecían a flor de tierra los huesos que incluso eran tomados por los animales. Existió en ese lugar la antigua capilla de la Soledad, pero se ignora si ella le dio nombre al terreno o fue edificada en él precisamente por los entierros.

El caso es que las autoridades mataron dos pájaros de un solo tiro y adquiriendo algunos terrenos adyacentes, completaron el perímetro original del panteón, conservaron el nombre que ya tenía el lugar y prohibieron según ya definitivamente las inhumaciones en todos los demás lugares.

Fotografía personal. Portada del Panteón municipal 1 "La Soledad"
El dato que confirma que este panteón y el de San Juan de Dios son dos completamente diferentes, es una solicitud del Administrador del Hospital de San Juan de Dios quien en julio de 1841 solicita al ayuntamiento le permitan seguir teniendo sepulcros, ya que desde que se les fue prohibido se quedaron sin las limosnas y derechos por las misas de los dolientes que hacían uso de él.

A partir de 1840, aunque todavía hubo algunos entierros en los antiguos lugares, (Una placa en el monumento a los fundadores robada hace algunos años indicaba que el panteón municipal estuvo ahí hasta 1854 y todavía fue sepultado en el pequeño panteón existente entre las dos iglesias don Juan Domínguez, en 1847 )  el panteón de los indios, paso a ser llamado “el Camposanto Viejo”.

Continuará...

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EL CHICHIMECA AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

Hay en la cartelera del Instituto de cultura y turismo municipal, una gran cantidad de eventos para estos días, actividades adaptadas a los gustos actuales, ninguna es tradición local, y se quitaron algunas que no han funcionado otros años pero hay algunas ya se han institucionalizado como el concurso de plañideras, consulte y busque algo de su agrado, hay que aprovechar este fin de semana largo. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Juana la loca

Oleo del Maestro Armando Otero, "Juanita la loca"

Hace muchos años, no se si por disposición oficial o simplemente por cuestión de tamaño, existía una distinción de nombre en los espacios abiertos. Solo la Principal, actual Plaza de la Independencia merecía ese calificativo, el resto eran llamadas popularmente “Plazuelas”.

 Hasta finales del siglo XIX, nuestra ciudad, San Juan del Río, Qro., conservaba varios lugares públicos con esa denominación, la mayoría paupérrimos, y eran los siguientes:

a)      Plazuela de San Juan Bautista: Actual Plaza de los fundadores. La más antigua.
b)     Plazuela de Santo Domingo. Luego Jardín Leona Vicario, luego de la Mujer, creo que hoy es el Jardín del arte, está en Av. Juárez, a un costado de la Iglesia de Santo Domingo.
c)      Plazuela del Sacromonte: Actualmente la parte poniente del Jardín de la Familia, en la misma avenida Juárez.

d)      Plazuela del Baratillo: Esta en realidad no tenía espacio fijo, era una especie de ubicación del tianguis diario, así que estaba en el lugar en el que el municipio ubicara a los comerciantes.

e)      Y finalmente: la más “abandonada y alejada” de todas, la Plazuela de los trabajos:

Fotografía personal. Desde la Cuesta, abajo, en lo plano, la Plazuela Guadalupe Victoria.
Llamada después Plazuela Guadalupe Victoria, en realidad no fue construida como tal, sino que era simplemente una calle más ancha que las demás, su amplitud se debía a que en ella desfogaban en tiempos de lluvia varios arroyos, de las partes altas de las Peñitas, por las actuales calles Fernando de Tapia, (antes la Cuesta) 2 de abril, (Santa Veracruz) Reforma, (antigua de los Leñadores) incluso de Melchor Ocampo, (antes Cóporo) que pasando la parte ancha, convergían y convergen antes de llegar al Río.
Originalmente aquí terminaban los cultivos de los Indios en el sur del pueblo y donde realizaban, en plena calle, labores  adyacentes tales como el desgranado, seca de semillas, fabricación de textiles, jarcería, curtido, etc. Por esa razón se llamó  así: Plazuela de los trabajos. A principio del siglo XX se le asignó el nombre de Plazuela Guadalupe Victoria, que duró hasta hace poco. Hoy, perdió la distinción, solo se llama calle Guadalupe Victoria.
Inicialmente era más amplia que como se ve en la actualidad, se extendía al norte desde la barda trasera de la antigua cárcel y casas Reales hasta el fondo de las actuales casas de la acera sur. Al perder los indios sus propiedades comunales, a mediados del siglo XIX, se construyó una línea de casas en ambas aceras, constituyendo la actual calle, con el ancho arroyo que se ve actualmente. La humedad favorecía el crecimiento de árboles, hasta 1960 ambas aceras contenían casi cada 5 metros gigantescos árboles que poco a poco fueron talados por el municipio, siempre previsor, quitándole la belleza a un lugar, que si bien no era 100 por ciento natural, constituía el espacio urbano más arbolado de la ciudad, exceptuando los jardines del centro.

En su esquina con Allende, se ubicó la Huerta de la Viña, que durante muchos años fue la única propiedad española en este rumbo del pueblo, originalmente también era de los indios, pero había sido vendida desde siglos atrás a la familia Quesada. En medio de ambas propiedades, la española y la comunal de los indios había un canal de riego que daba servicio a ambos y cuya salida en la Plazuela de los trabajos, daba nombre a la calle del Canal, (actual Allende) porque desde ella se veía, pasando afuera de la huerta, la última de las grandes del pueblo en desaparecer, actualmente es la moderna y comercial “Plaza los Faroles” y parte del B. Hidalgo.


Comparativa del óleo de Otero, representa la Esquina de la Plazuela Guadalupe Victoria en la década de 1970, la entrada a la huerta de la viña, los árboles gigantes, Juana y sus perros, solo sobrevive el hotel.

La Plazuela, (así se le llamaba popularmente) por su antigüedad (hay referencias de ella desde el siglo XVI) tiene infinidad de historias que contar, hoy me referiré a un personaje casi contemporáneo pero que la modernidad olvidó: “Juana La loca”

A esta plazuela llegaban, por la calle de Cóporo, los habitantes de las comunidades del sur del municipio; tenía, hasta la década de 1970 muchos comercios, desde pulquerías, cantinas y el expendio de petróleo. (el diáfano, para las estufas)  Entre ellos, en la acera norte, tenía su casa y un local de venta de chicharrones, Don Toño Rico, que fue el último sobreviviente de los carniceros tradicionales del pueblo,(nunca tuvo refrigerador) quien orgullosamente, con su delantal de cuero, se ostentaba también como el último de los muchos que tuvieron el cargo de mayordomo de las fiesta religiosas.
Imagen de Google Earth.  Acera norte de la Plazuela Guadalupe Victoria, la casa amarilla con el toldo azul, era la de Don Toño Rico, afuera, la de Juana. (no estoy seguro de la antigüedad de los árboles que se ven, pero creo que son posteriores al relato) 
Fuera de su casa, en plena calle todavía completamente de tierra, había varios árboles jóvenes- jacarandas y casuarinas- bajo ellos tenía su vivienda un extraño personaje; “Juana la loca” que era una joven pordiosera algo afectada, célebre por estar siempre acompañada por una multitud de perros, obviamente callejeros a los que alimentaba con sobras que recogía durante el día en incursiones por varios rumbos de la ciudad. Lo de vivienda es un decir, al llegar la noche simplemente colgaba algunos trapos de los árboles y se disponía a descansar, protegida por los animales. (o al revés, no se) Vestía siempre con andrajos y las pocas veces que se bañaba era en el cercano río, con jabón de polvo, esta práctica no era frecuente en ella, las más de las veces el descuido la hacía ver de una edad mayor de la que realmente tenía.
Aunque era algo agresiva, nunca hizo mal a nadie, pero sí fueron célebres sus disputas con la policía, a los que muchas veces burló, pero otras tantas, fue subida a “la julia” (una vieja suburban en donde la policía trasladaba a los detenidos) por los "pinches tecolotes" como les decía.

No puedo recordar la última vez que la vi, debió ser a finales de esa década, vagamente recuerdo que siempre me saludó. Los niños la evitábamos por los perros, solo platicábamos con ella cuando no traía tantos. Un día desapareció, no se sabe si por voluntad o fue el municipio quien la retiró. No regresó nunca a sus “habitaciones” ni a su "baño". ¿Quién era? ¿Cuál fue su historia? Nunca se supo. No puedo decir que su “vecinos” la extrañaran, recientemente me contaron que murió con el siglo que la vio nacer, en un manicomio de la ciudad de México. Durante algo de tiempo los perros que la acompañaban rondaban la calle, luego se alejaron, como su recuerdo.
A lo mejor volvió un día, ya mayor; encontró la casa de don Toño cerrada y abandonada, casi todos sus árboles cortados y sustituidos por taxis blancos, imposible dormir otra vez en la calle -ya no había la suave arena de antes -el pavimento es frío- tal vez fue al río a bañarse pero ni en su demencia se atrevió a entrar a tan contaminado lugar, tal vez por eso prefirió quedarse en México. Si no murió a causa de su mente atormentada, a lo mejor fue por la nostalgia.

 
La imagen que presento es una obra reciente del pintor del Barrio, Armando Otero, (su familia vivía  y vive en el callejón de 2 de Abril, por  cierto, su papá don Raquel tenía una Pulquería en la Plazuela) representa, frente a la entrada de la huerta de la viña a “Juanita la loca” como él la llama, a lo mejor la conoció más chica, yo la recuerdo como “Juana” explica que su “vivienda” era en la pared de la huerta, debió de ser antes, en mi época ya se había “mudado"  a afuera del No. 5.
Espero les guste el relato, sé que me he atrasado un poco en las entradas, pero espero reponerme en estas vacaciones. Agradezco a los vecinos de San Juan del Río en el Tiempo la inclusión de datos de esta página en la suya, sin cortes, y como estoy seguro que esta es de las que les gustan, espero que tampoco le corten tanto.

martes, 29 de julio de 2014

Ahí viene el tren… de mulitas

La modernidad

Todos les habían avisado, pero llegado el día nadie estaba preparado. Unos pocos lo escucharon apenas como un susurro que venía del rumbo de Cazadero, minutos después, cuando asomó en la vuelta del cerro del Pedregoso, todos pudieron escuchar de manera clara su horrible silbido y  ver la cauda de humo que dejaba a su paso. Era el año de 1881, a finales del mes de noviembre cuando el llamado “caballo de hierro” se aposentó en la flamante estación, construida en los terrenos que habían sido de los ranchos  la Guitarrilla y el Carrizo, después de avanzar 191 km desde la ciudad de México.
Máquina y vagones del Central Mexicano, de los primeros que llegaron a San Juan del Río, tomada cerca del "Puente de Fierro" Fotografía de William Henry Jackson, circa 1886 (detalle) LOC U.S.A.
Auspiciado desde los gobiernos de Ignacio Comonfort, pasando por los de Santa Anna, Maximiliano y Benito Juárez, correspondió al de Sebastián Lerdo de Tejada en 1873 la puesta en marcha del primer sistema ferroviario completo y funcional del país. Compitiendo en carga y pasajes con arrieros, carretoneros, diligencias y carruajes. Fácilmente los dejó en calidad de antiguallas e inició un expansivo crecimiento que apenas 8 años después lo tenía a las afueras de San Juan del Río y por el lado contrario, apenas traspasando el río, ya estaba tendido el camino de hierro hasta la ciudad de Querétaro.

Originalmente la concesión había sido otorgada a inversionistas del estado, pero al no poder cumplir los requerimientos, se les dio a los propietarios del Ferrocarril Central, compañía que administró el tramo de México a Querétaro.
No se crea que los transportistas en pequeño (y lento) desaparecieron de inmediato, durante muchos años siguieron su actividad normal, si acaso, los arrieros disminuyeron el tamaño de sus recua y los carruajes hicieron más cortos sus viajes, la vida para ellos siguió igual, siguieron atravesando San Juan del Río por el viejo camino Real, usando toda la infraestructura que los habitantes habían creado durante más de tres siglos, en la hoy Avenida Juárez, en su tramo desde Pino Suárez hasta la hacienda la Venta y continuaron usando el viejo puente de Piedra, ¿para qué les servía a ellos el de Fierro?
Estación de pasajeros del Ferrocarril central Mexicano, a la derecha la estación de carga, en las dos se podía abordar el Tranvía Urbano. Fotografía antigua, crédito a quien corresponda.
La Estación del ferrocarril, por esta en las afueras de la ciudad, no tenía para sí esas ventajas, seguramente muchas de las viejas carretas y animales se usaron inicialmente para transportar a personas y carga desde ella al centro, pero no tardó  mucho en que a alguien se le ocurriera buscar un sistema acorde con la modernidad: el Tren Urbano.

Recordemos que a pesar de que oficialmente San Juan del Río  ya era ciudad, en la práctica seguía siendo un pequeño pueblo, con una zona urbana aún más pequeña; detrás de la calle Morelos, todo eran milpas, sus últimas casas  estaban en lo que hoy es la esquina de Rayón con 20 de noviembre. (la primera se llamaba Calle de “Don Eusebio”, la otra ni siquiera nombre tenía) No había acceso directo al centro de la ciudad (los jardines) porque todavía no existía lo que hoy es Hidalgo Norte en su tramo de Plaza de los fundadores y este mismo jardín estaba rodeado por una barda atrial.
Un año después algunos de los empresarios queretanos que habían perdido la concesión del ferrocarril;  Antonio Gayón e Ignacio de la Peña, tuvieron como premio de consolación, el poder explotar inicialmente los trenes urbanos. (en San Juan y Querétaro)
 
Este sistema consistía en pequeños vagones para pasajeros y plataformas para carga que se desplazaban sobre una vía angosta de rieles delgados. A pesar de que ya había tecnología para hacerlos motorizados, la concesión se otorgó con tracción a “Sangre”. (Es decir con mulas) Por ello se conocían genéricamente como tren de mulitas, o tranvía urbano. En San Juan del Río oficialmente se llamó Ferrocarril Urbano, pero ninguno de ellos fue con el que los usuarios lo conocían, aquí su nombre fue siempre “el Circuito”. (Seguramente su recorrido hacia una vuelta)

Para su funcionamiento, se regían por un reglamento gubernamental muy específico que incluía tarifas, carga permitida en volumen, número de pasajeros, etc. incluyendo lo relativo a presentación y modales de los conductores. Según el número de pasajeros o de carga, se podían acoplar varios vagones o plataformas, formando un pequeño tren.

La ruta:

El 12 de diciembre de 1882, inicia sus recorridos “el Circuito”
Tomando como punto de partida la estación de pasajeros y la de carga, se dirigía por la actual calle 5 de Mayo, que era la única que llegaba hasta ahí  (insisto, no existía todavía Hidalgo Norte, menos Pablo Cabrera) atravesando milpas que era lo único que había (creo que era un camino entre milpas que fue ensanchado expresamente para servicio de la Estación, se le llamó “la Calzada”)  hasta llegar a Morelos, antigua calle “del Obraje” donde iniciaba la zona urbana.
Plano de Ignacio Pérez Circa 1885, la letra J indica la Estación de pasajeros del Ferrocarril Central, la letra I, la estación de Carga. La línea roja, es la vía del tren Urbano, que se unían antes de tomar "la Calzada", actual 5 de Mayo.

 

Esquina de la Calzada y la calle del Obraje. (Hoy Cinco de mayo y Morelos)

Ahí, giraba a la derecha hasta llegar a la actual Plaza de los fundadores, en ese entonces llamado Plazuela de San Juan Bautista, que tenía que rodear, (recuérdese que era un jardín cerrado con barda) Al terminar este giraba a la izquierda,  frente a la calle de “la Amargura”, hoy Matamoros y tomaba la calle del “Curato” (hoy 16 de septiembre) para llegar a la actual Av. Juárez, donde daba vuelta a la izquierda para llegar a la Plazuela del Sacromonte (hoy jardín de la Familia.
Centro de la ciudad, el tranvía daba vuelta al Jardín, para tomar rumbo a la calle de Don Esteban (actual 16 de septiembre)

Actual Av. Juárez, la letra C indica el templo del Sacromonte, extremo final del "Circuito" al oriente.

Aunque se dice que tenía varias rutas, en realidad solo era un recorrido, en tres partes,  supongo que aquí terminaba la primera, se bajaban algunos y daba vuelta,  ahora por toda la Av.  Juárez hasta el puente de Piedra. Ayala dice erróneamente que se detenía en la Garita de Querétaro, solo que para esas fechas ya no existían las Garitas, a lo mejor se refería a las ruinas de ella, que quedaban por ahí, en algún lugar cerca del puente)



Plano de Ignacio Pérez, Circa 1885,  la línea roja indica la vía casi en el puente de la Historia, la letra W señala la estación del tranvía.
Del actual puente de la Historia,  regresaba al Jardín  de la familia. Donde retomaba el trayecto de regreso a la estación del ferrocarril.

Aunque se dice que tenía una estación afuera del actual Hotel Layseca en Av. Juárez, en realidad solo era una de las muchas paradas que hacía. Supongo que las fijas eran en los extremos, Plazuela del Sacromonte,  el puente de Piedra y ciertos lugares específicos, a los que se llamaba “sitios”,  que también supongo, solo eran respetados por los foráneos, los locales seguramente pedían parada en cualquier lado, si era afuera de su casa mejor.
Av. Juárez, junto al portal del Diezmo, fotografía tomada acerca de 1926, dos carros del tranvía de diferente modelo. Fotografía de Crisanto Álvarez.

Cabe mencionar que el trayecto de la vía no estaba tendido por el centro de las calles en que pasaba, se cargaba a una de las orillas, respetando las banquetas de las que tenían.

Lo que sería su verdadera estación, (o sea donde se quedaban las máquinas en las noches)  talleres y corrales estaba ubicada junto al llamado entonces portal de Cardoso (hoy de “la Covacha”) No estoy seguro, pero creo que las tres casas que siguen después del portal, eran anteriormente una sola, que todavía conserva(n) su amplio patio con arcos, donde pudieron caber bastantes de los carros y plataformas del tranvía y las mulas que los jalaban, la Estación estaría en lo que actualmente son los números 163 al 169 del poniente de la Av. Juárez.

Fotografía personal 2014: Av. Juárez Poniente, en alguna de las dos casas amarillas o la blanca estaría la Estación del tren de mulitas
El final

En los últimos años, la concesión de este medio de transporte estaba en manos de don Severino Ayala, (Padre del historiador Rafael Ayala, en dos ocasiones Presidente Municipal de San Juan del Río, dueño de la hacienda de Santa Rita) quien además tenía también concesionado el servicio del Restaurant en la Estación del Ferrocarril.

No tengo noticias si con el derrumbe en 1918 de la barda atrial del Jardín y la apertura de la flamante Calzada Jesús Carranza, (era su nombre oficial  la gente solo le llamaba “la calzada”. Como cinco de mayo también se llamaba igual, se le cambió a “Calzada vieja”) hoy Hidalgo norte, vía directa del centro a la Estación del Ferrocarril, el trayecto del tranvía se modificó.

El que a hierro mata, a hierro muere; nunca mejor dicho, los tranvías de hierro se sustituyeron por vehículos del mismo metal, en el año de 1926, las autoridades municipales obligaron a Don Severino a quitar sus vías, acabando súbitamente el servicio, seguramente ya existían muchos automóviles de alquiler y camiones de carga que lo hacían obsoleto.

Paradójicamente, cincuenta años después, a finales de la década de 1970, aparecieron en la ahora sí ciudad, los primeros camiones de transporte urbano, se llamaban “Delfines de San Juan” pero la gente mayor les decía “el Circuito”, como aquellos tranvías y también, como un histórico karma, pedían parada en todos lados, y cuando era posible, a la puerta de su casa, costumbre que no se ha perdido.
 
Calle 16 de septiembre, casi esquina con Ruiz Olloqui, abajo a la izquierda, se puede ver la vía del Tranvía. El letrero sobre la primer puerta dice GRAN FOTOGRAFIA OCCIDENTAL. Fotografía de cerca de 1920, de Crisanto Álvarez  que, obvio, era el dueño del establecimiento.
Casi enfrente de la anterior, esta es de 1925, sobre la vía del Tranvía, un carruaje, por la letra, el autor es el mismo.
Av. Juárez, al fondo el santuario del Sacromonte, abajo a la izquierda, la vía del tranvía. Foto de cerca de 1910, crédito a quien corresponda.
 
Fotografía de fecha y autor desconocidos, pero debe ser de antes de 1926. La calidad de la toma permite que se vea claramente la vía del tranvía, y permite apreciar su anchura y el grosor de los rieles. Es el inicio de la Calle 16 de Septiembre, desde la Av. Juárez
  

BIBLIOGRAFÍA

Ayala Echávarri Rafael, San Juan del Río, Geografía e Historia

Nieto Ramírez Jaime, Del Hacendado al Empresario

Pérez Ignacio, Plano de San Juan del Río.

González G. Hermanos, Transporte en Querétaro en el siglo XIX

Layseca José Manuel, La voz de México.

Calendarios de la CANACO, varios años