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jueves, 2 de agosto de 2018

La muerte de un cine


El contenido de la entrada de hoy no es mío, hace un par de años, el autor, Óscar (QEPD) me autorizó su publicación en este espacio, no lo había hecho por diferentes motivos, es del año 2010, redactada originalmente para uno de los periódicos en los que colaboraba. Encontrarán similitudes con lo escrito a respecto del viejo cine de la ciudad por Fernando Roque o un servidor, lo que se explica por el hecho de que asistimos a ese espacio casi en los mismos años, disfruten de esta solemne, académica y a la vez humorística crónica.

La muerte de un cine

POR ÓSCAR AMÉZQUITA UGALDE

Hace un año, me detuve unos minutos frente al antiguo, y en ruinas, cine. A través de las rejas de color café pude ver que habían empezado a escarbar; estaban amontonadas cajas con botellas de vidrio del refresco Pepsi –de las pocas veces que tomo este producto, siempre recuerdo mi niñez en este cine–; lo que más llamó mi atención fue que parte de la sala se veía iluminada por la luz solar; volaban algunas palomas, que habían convertido este lugar en su hogar –no me extrañaría que algún vampiro cinéfilo también haya encontrado refugio aquí–; en la parte de fuera se podía leer: CM (Circuito Montes) Cinelandia; también había un par de sellos que decían que la obra estaba suspendida.

 Hoy pasé nuevamente por este sitio, ubicado en el centro de San Juan del Río. Del cine sólo quedan las paredes. Unas máquinas escavadoras facilitan las labores y un camión de volteo se llena con los escombros y se intenta llevar grandes recuerdos de este histórico y maravilloso lugar. Por la parte de fuera una lona deja claro que la obra tiene el aval del INAH. Le pregunté a un empleado si sabía qué se iba a construir ahí. Me respondió que lo ignoraba.

También el año pasado, soñé despierto y quise estar en la película de “Cinema Paradiso” (Giuseppe Tornatore. 1988) para que me permitieran entrar (aunque no me pusieran la maravillosa música de Ennio Morricone), como a “Toto”, por última vez a este sitio y poderle arrancar algunos recuerdos más a mi memoria: ver al niño de la escuela primaria “Sor Juana Inés de la Cruz” vestido con suéter azul marino, camisa blanca y pantalón gris, cómo observaba a Capulina rugir en su película “Capulina corazón de león” –que invariablemente nos pasaban cada 30 de abril para festejar nuestro día–; en los últimos años de mi instrucción primaria me sentaba en el segundo nivel, de graderías, para evitar los escupitajos que recibían los que se ubicaban en las butacas de abajo.
Cómo olvidar las matinés de los domingos, las películas de El Santo, “el enmascarado de plata” (al salir del cine la función continuaba en el pasto del jardín Independencia, donde una serie de chamacos se dedicaban a aplicar las “llaves” que habían visto en la cinta. Si la cosa se “calentaba” podías ver, de manera gratuita, como se daban sus buenos chingadazos).

En este lugar pude disfrutar de películas como King Kong, E.T., Tiburón, Cocodrilo, Pirañas asesinas (y demás monstruos hollywoodenses); Superman, Rocky, La Guerra de las Galaxias; toda la producción del maravilloso Bruce Lee (les juro que hasta compré mis chacos); obviamente vi parte de las películas mexicanas “populacheras de desnudos y albures”, como les llama el escritor José Agustín. Nombres de cintas como: Lola la Trailera, El Milusos, Bellas de noche, Las ficheras, Pedro navajas. Con actores y actrices como: Alfonso Zayas, Alberto “el caballo” Rojas (ambos expertos en imprimir a su mirada toda la lujuria posible), Rafael Inclán, Isela Vega, Lin May, Angélica Chain y desde luego la espectacular Sasha Montenegro (que hasta ex Presidente de la República se consiguió), ahora las transmite el canal 9 de Televisa. También me tocó sufrir con cintas como “El Resplandor” de Stanley Kubrick (gracias a este largometraje hoy no puedo ver películas de terror).

En la segunda mitad de los años 80, entré a estudiar el nivel medio superior en la Preparatoria San Juan (hoy llamada Salvador Allende), después de darnos nuestra “Bienvenida” con una novatada que consistía en raparnos, quitarnos la camisa y playera, enlodarnos y amarrarnos, nos llevaron por las calles para exhibirnos y de pasada meternos un rato al cine, obviamente sin pagar. Lamento mucho no recordar qué película estaban pasando, pero perfectamente pudo haber sido, para estar ad hoc, alguna cinta como “Los Panchitos”, “Lo negro del Negro” o la maravillosa “Intrépidos punks” (por aquello del corte de cabello).

Curiosamente, por el año en que se filmaba “Cinema Paradiso” cerró sus puertas nuestro “piojito” –nombre que se les daba a los cines de baja categoría–. Otras similitudes que recordé, fue cuando en la cinta de Tornatore iba el cortejo fúnebre de Alfredo (encargado de proyectar las películas) por las calles de su Ciudad, su discípulo Toto cerró los ojos para abrirlos frente al viejo cine y lo que vio es algo muy parecido a cómo estaba nuestro Cinelandia, ¡en verdaderas ruinas!
En la misma escena Salvatore le pregunta a uno de sus antiguos conocidos sobre el porqué de la demolición del Cine. Le responde: “por la crisis, la Televisión, los videos. Ahora el Cine es sólo un recuerdo. Piensan hacer un estacionamiento, ¡qué lástima!”. En una nota del Semanario Bitácora (Núm. 98. 26-nov-09) se menciona que el espacio que ocupaba el Cinelandia posiblemente sirva para hacer un estacionamiento subterráneo (¡Vivan las Ciudades atascadas de automóviles!), una mueblería o locales comerciales.

Mi amigo, cinéfilo y escritor, Fernando Roque escribió un artículo llamado “Adiós al Cinelandia”. En él nos narra que aquí se celebraban graduaciones escolares, eventos artísticos donde se presentaron Chabelo e Isela Vega, magos, escapistas y luchadores. “A partir de los años cuarenta, se destruyó el teatro (que data de 1821) y dio lugar a este cine, cuya huelga duró más de 20 años”. También cuenta que un personaje llamado Tito Trejo Mireles, cortó la pantalla con una navaja, “nomás por gandalla” (Gazzetta cinéfila. Noviembre de 2009).

En una entrevista con el crítico de cine Jorge Ayala Blanco, declaró “los cines populares ya no existen, todavía existían hasta los años ochenta. Actualmente ya no hay esa tradición, lo que existe son cines que están en los centros comerciales. Los cines de antes eran más eróticos y afrodisiacos” (Replicante Núm. 17. Nov. 2008).
Para el cineasta griego Theo Angelopoulos, “el cine es un medio para entender y leer al mundo, para contrarrestar la actual deshumanización”.
Para ponerme más nostálgico aún, hay que recordar el final de la maravillosa novela de José Emilio Pacheco, “Las batallas en el desierto”: “Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la Colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia”.

Me despido con, espero, humor (¿de años del Cinelandia?): Recuerdo que un personaje sanjuanense apodado “el chino broncas” siempre entraba a la sala, una vez que las luces se habían apagado, para gritar: “¡Ya llegó su padre cabrones!”. Gran parte de los presentes le silbaban mentándole la Madre. Supongo que no eran sus hijos.

Como yo también ando un poco en ruinas, aprovecho el puente Guadalupe-Reyes para descansar (no sé de qué). Quiero desear lo mejor a mis lectores y a mis compañeros de este medio de comunicación, no sólo en estas fechas sino siempre. Espero que nos encontramos por este espacio en 2011, gracias.

lunes, 1 de enero de 2018

El padre Leal


Hace algunos meses, durante la elaboración del libro “San Juan del Río a través de sus personajes”  en el que colaboré, había elegido hacer la biografía del Padre Leal, incluso la redacté y envié al editor. Y según me dijo ya estaba aprobada para el referido libro. Como no asistí a la última reunión del Consejo Editorial no supe que pasó, el caso es que apareció publicada otra, redactada por el periodista Armando Guerra. En estos días la hallé por ahí, y en esta entrada se las presento, no se trata de competencia, solo una visión más de la vida del ilustre personaje, y ni modo de desperdiciar lo escrito.

Guadalupe Eusebio Leal Rodríguez  (1917-2010)

Guadalupe Eusebio Leal Rodríguez, popularmente recordado en San Juan del Río como “el padre Leal”,  nació en la hacienda de San Gerónimo, Parroquia de San José Iturbide, Gto. Hijo de don Lino Leal, jefe de Armas de San José Iturbide y doña Inocencia Rodríguez, ama de casa.

Estudió la Educación primaria en  San Miguel de Allende y los posteriores en Querétaro. Estudiando literatura en Xichú Guanajuato, recibió instrucción militar y fue alistado, aunque no participó en hechos de armas.

Desde joven sintió el llamado al sacerdocio, aunque este ocurrió en un momento no propicio para ello, en plena guerra cristera, de la que siempre guardó el recuerdo del trance en que una partida gubernamental aprehendió a su padre por sospechas de simpatizar con los rebeldes. Durante días, el niño no se separó, dispuesto a morir con él. Afortunadamente fueron liberados pero ello significó que la familia tuviera que separase y emigrar, llegando a Querétaro, a la Hacienda de El Lobo y luego a la capital del estado. El trabajo del progenitor le obligó a hacer pausa en sus aspiraciones por largos años.

Retomó su vocación en una edad completamente inusual, 23 años, (cuando el resto tenía entre 14 y 16) ingresó al Seminario Conciliar de Querétaro en el ciclo 1941 – 1942. Con el apoyo del entonces Obispo Marciano Tinajero, a quien en una visita a Victoria, Gto., donde él se desempeñaba como Profesor suplente, relató su temprana vocación truncada. Así ingresó como anacrónico seminarista, logrando concluir gracias al apoyo de benefactoras en el año de 1951, oficiando su Cantamisa el 12 de noviembre de 1952 en su parroquia natal, San José Iturbide, Tenía 35 años de edad y mucho por hacer.

Adscrito inicialmente en la capital queretana a la Parroquia de San Sebastián,  fue llamado por el Obispo Tinajero como secretario de visitas pastorales en Tequisquiapan, Cadereyta y Vizarrón a los seis meses de ordenado. Después  fue párroco del  Doctor. Una enfermedad bronquial que le persiguió toda su vida le llevó a desempeñarse como Vicario Cooperador de la parroquia de San Sebastián, donde también fue capellán del Hospital. Posteriormente sería encargado de la Parroquia de San Pedro Aguacatlán y Capellán de Jesusito de la Portería.

En 1953, en San Juan del Río, lo mucho que tenía por hacer, sobre todo una promesa sagrada que había hecho al inicio de sus estudios sacerdotales y había intentado cumplir en su época en San Sebastián, comenzó a tomar forma material:  Inspirado en la obra humanitaria de San Juan Bosco, con ayuda de José Silva iniciaron un hogar de atención para niños huérfanos y abandonados, de los que captó 25 en la ciudad y sus alrededores y a los que dio alimento y techo en un viejo local frente al edificio del Beaterio,  (hoy Centro de Salud, en Av. Juárez) rentada a la señora de Leal por don Cándido Pérez. De ahí pasaron a la Calle Cuauhtémoc, en el antiguo edificio de la Inquisición, hoy oficinas de la junta de agua potable.

Finalmente, el Padre Guadalupe llegó a un edificio de la calle de Galeana, por donación de una parte de él, que era una huerta, por su dueña, la srita. María de la Luz Pichardo. Con ayuda de una benefactora suiza, Edith D. Wolf  se construyeron las instalaciones de lo que desde entonces se constituyó como el orfanato del pueblo, la Casa Hogar “San Juan Bosco”, en el número 37.

La superficie del lugar era una cuchilla formada por la confluencia de las calles de Galeana y Allende, cercana al pozo de Guadalupe. Con los años llegó a tener varios dormitorios comunales: uno para niños pequeños y otro para mayores, oficinas, capilla, pequeños departamentos para jóvenes, cancha deportiva, cocina, comedor  y aulas para una Academia comercial que instaló en la década de 1970 y que tuvo gran éxito por su excelente nivel y la disciplina, que le valió lograr varias generaciones de egresados.

Aunque recibía donativos en efectivo de diversos benefactores, principalmente la mencionada Wolf, el padre hacía colecta entre los comercios y productores de la ciudad con objeto de completar la dieta de los chiquillos bajo su tutela. Así, llegaban como en la parábola bíblica, leche fresca de los ranchos cercanos, pan de azúcar y bolillo de las panaderías cercanas, huevo y gallinas de las granjas aledañas, ropa y abarrotes de los tendajones. Orgulloso declaraba jamás haber tenido a un niño con hambre. (Y llegó a tener simultáneamente a más de 80) Inicialmente llegó a tener una camioneta con caja adosada al chasis, de color naranja, tan vieja que solo la intervención divina explicaba su funcionamiento aunque luego cambió por un vehículo convencional.

Todos sus adscritos debían estudiar, así que era común verlo en las diferentes instituciones públicas inscribiendo a sus “hijos”, en esos menesteres, llegó a formar  parte de varias asociaciones de padres de familia e incluso, quizá como resabio de su truncada incursión como maestro rural, fue fundador en la década de los sesenta, de la Preparatoria San Juan, de la que también fue docente algunos años.

Con el paso del tiempo, con ayuda de sus egresados, la Casa Hogar, se constituyó como Asociación civil administrada por ellos mismos. Manejaba el término “Egresados” para aquellos que una vez teniendo una profesión u oficio formaban una familia o se independizaban a la “buena”, porque también tuvo fugas de aquellos que no aceptaban su disciplina. En esta clasificación, tenía bajo su tutela niños de poca edad hasta adultos, incluso a Dimas, un protegido  muy mayor, que por motivos de Salud era difícil se sostuviera solo, lo mantuvo casi hasta el final de sus días y para no exponerlo a las dificultades del exterior, le abrió una pequeña tienda, casi al final del edificio.

Sabedor de las necesidades e inquietudes de los jóvenes, incluso les llegó a acondicionar, lejos de los pequeños, algunos departamentos con acceso independiente, y conocedor de la naturaleza humana varias veces tuvo que hacer oídos sordos ante situaciones que salían de su concepto de disciplina.

Su trato era bastante directo y recio, lo que le valía no poco frecuentes dificultades cuando externaba su pensamiento en diversos foros, “tengo el efecto de servir a la verdad, y no me callo, truene quien truene” decía. A pesar de ello, la labor que realizaba, le redituaba buena imagen entre la gente común, incluso, en la estación local, en la XVI, a invitación de don Enrique Morales, mantuvo durante varios años un gustado programa de Orientación Familiar.

Su tesonero proceder le valió mantener la Casa durante muchos años. La edad y su recurrente enfermedad poco a poco minaron sus fuerzas, en la vieja capilla, bajo el cristo de popote que le presidía o en su oficina, ante el retrato de la benefactora, hasta el final de sus días todavía hacia recuento de los muchos de sus tutelados que habían logrado una profesión y enumeraba a 4 abogados, 4 profesores, 5 militares, 1 médico, un periodista, muchos técnicos y sobre todo hombres de labor.

Caso especial fue el de este sacerdote, quien a pesar de su durísimo carácter jamás dejó sin casa, comida y sustento a los a veces muchos y a veces más niños, que eran dejados en esa casa, ya fuera por ser huérfanos, otros más solo para que “los corrigiera”. En todo cumplió.

Muchas veces requirió para sus labores de su auxiliar, “la Santa Mónica”. Contaban los pupilos que en un rincón de la arcada de acceso a los dormitorios durante ciertas noches se dejaba ver una sombra que los asustaba, enterado del hecho, el padre se apostó a esperarla. La paciencia dio resultado y una vez que la vio, se le fue encima propinándole un par de cachiporrazos a los que siguieron sendos gemidos. Al día siguiente, algunas gotas de sangre en el lugar, confirmaron la puntería del padre y la “aparición” no volvió.  

Tras cincuenta años de  ininterrumpida labor, sin fuerzas para continuar a causa de la enfermedad , debió dejar la Casa Hogar, su amada fundación en manos de las madres Vicentinas por petición del Obispo Mario de Gasperin.

Tuvo en la ciudad, el presbítero Guadalupe Leal los cargos de Capellán del templo del Beaterio, encargado y capellán de Jesusito de la Portería y del templo de San Juan de Dios.

Murió el jueves 17 de junio de 2010, antes de ser llamado a la casa de Dios, solo dos cosas le preocupaban, el no haber formado ningún sacerdote y qué sería de Dimas.



Una placa en su amado espacio de la capilla de Jesusito, el lugar más emblemático del catolicismo sanjuanenses le recuerda, y en cada aniversario luctuoso, una vez más como cuando eran niños, muchos de sus hijos asisten a recordarlo.
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Por cierto, Armando es el periodista mencionado en el texto entre los egresados del Padre Leal.