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domingo, 21 de agosto de 2016

El nocturno a un Sanjuanense

El nocturno a un Sanjuanense

Manuel Domínguez
Solo la exactitud de aquella teoría que postula que los opuestos se atraen puede explicar el hecho de que dos personalidades tan disímbolas hayan podido coincidir y cultivado una amistad que trascendió sus vidas.

Así, lo reflexionaba el Doctor Miguel Domínguez Quintanar el aciago 6 de diciembre del año de 1873, cuando presa de la incertidumbre subía la escalera que le conducía al segundo patio de la Escuela de Medicina de la capital de la República, donde se desempeñaba como docente, para cerciorarse de la fatal noticia  que le habían enterado minutos antes.

Todo lo que temía en los instantes previos a trasponer la puerta, se confirmó al abrirla. Adentro se encontraba el cadáver  de un querido discípulo y a la vez poeta, Manuel acuña. Debió resultarle un dilema cuál de sus deberes debía prevalecer, el de Médico, para hacerle una revisión o el de amigo, para leer la carta póstuma que el bardo dejó.
Sin embargo, no titubeó, primero realizó la auscultación del cuerpo y luego tomó la misiva, precisamente dirigida a él, en la que el alma atormentada del poeta, le solicitaba que evitara que se le practicara la autopsia y extendiera una disculpa al director de la Escuela.

Había temido un listado de encargos incumplibles, no fue así, lo que en ella se le pedía era fácil de realizar, aliviado, empezó a recordar a cómo conoció al estudiante un par de años atrás. Le llamó la atención desde el primer momento por ser diametralmente opuesto en carácter, personalidad, temperamento y creencias a lo que fue él cuando tenía su edad. Ese recuerdo le trajo otros y pronto se halló repasando su propia vida, tratando de encontrar en ella algún detalle que lo uniera con Acuña.

Biografía

Manuel Domínguez Quintanar, nació en Querétaro, el 5 de Agosto de 1830. Sus padres fueron el General Juan Domínguez y Gálvez e Ignacia Quintanar.
Ignacia pertenecía a una encumbrada familia cuya casa se encontraba en la entonces calle del Curato, barrio de San Miguel, en San Juan del Río. Lugar que concentró desde décadas antes y casi durante todo ese siglo a las familias de mayor poderío económico del entonces pequeño pueblo. (Era sobrina del General José Luis Quintanar, de todas las confianzas de Agustín de Iturbide)

Fotografía Personal. La casa de la Familia Domínguez Quintanar, luego de Manuel y su esposa. Muy remodelada.
Por la profesión de su padre, militar y político de altos vuelos, incluso  a nivel nacional, la familia debía viajar con él a los distintos lugares donde era comisionado, hasta que por los vaivenes de la política, (el General quedó desprotegido por una vieja enemistad con Santa Anna quien lo remitió a puestos menores) decidió por el retiro y se asentó de manera definitiva en San Juan del Río.

Por ser de familia acomodada, cuando llegó el tiempo de ello, no tuvo impedimento para trasladarse a la ciudad de México donde estudió Medicina, recibiéndose en 1854. De inicio decidió ejercer su profesión sin el apoyo familiar, lo que lo llevó a distintos lugares de la república, con poco éxito. Pobre, fracasado y falto del amor familiar, regresó a San Juan del Río, tomando el ofrecimiento de don Guadalupe Perrusquía, otro médico con el que su madre se había casado tras enviudar del General, quien le ofreció compartir su clientela.

La decisión le fue favorable, la clientela llegó y además, a través de la familia, el joven médico calzó como guante en la élite que componían sus vecinos, de tal manera, que a pocos años, inició además una carrera política que le llevaría muy lejos, profesional y geográficamente hablando.  Sus vecinos de la calle del Curato, eran nada menos que los descendientes de Don Esteban Díaz González, Don Agustín Ruiz Olloqui, los Uribe, los Perrusquía, los Berruecos y demás, casi todos entrelazados, además de la clase social, por los matrimonios.

No fue difícil que algunos años después de su llegada, tanto Manuel como su hermano Ángel, comenzaran a ocupar puestos políticos locales. Les ayudaba la posición económica y su familia, pero sobre todo el hecho de ser personas preparadas. En una ciudad que apenas una década atrás había dejado de ser Villa pocos tenían ese privilegio.
Tampoco lo fue, dada la posición de los habitantes de la calle, ya para entonces llamada “De don Esteban”, que ante la disyuntiva nacional que se presentó en la década de 1850 de decidirse entre los dos partidos resultantes de las leyes de Reforma, optaron por el conservador, y siendo autoridades locales, también la ciudad lo fue.

Una cosa llevó a otra. Al arribo de Maximiliano, auspiciado por los conservadores,  se declararon imperialistas. Y para que no quedara duda, Manuel, como Prefecto Político, apoyado por familiares y vecinos tomó acciones para granjearse a las graciosas majestades, entre ellas, la erigir una columna en la plaza principal, para colocar un busto de la Emperatriz Carlota (que ella misma sugirió se dedicara mejor a la Independencia, y así nació un año después la columna que hoy vemos en el centro de nuestra ciudad) declarándola además Patrona y especial protectora de San Juan del Río. También se dio la propuesta de celebrar como día nacional el 7 de junio, aniversario de la emperatriz y ofrecerle un cetro de oro.

Durante la Visita de 1864 de Maximiliano a San Juan del Río, Domínguez declaró el día como fiesta nacional,  hizo liberar a los presos de condenas leves y organizó  todas las fiestas habidas y por haber ante tan fausto acontecimiento, incluso, al venir Maximiliano sin Carlota, en el baile de honor, fue la hermana del Prefecto, Paz Domínguez, quien bailó con él. (Carlota nunca estuvo en San Juan del Río,  todos los ofrecimientos y honores que se le hicieron y su gentil declinación fueron a distancia, vía carta)

La situación para los imperialistas sanjuanenses en la época fue de jauja, pero solo duró  un suspiro, al cabo de apenas tres años, Maximiliano regresó a San Juan, esta vez en circunstancias adversas, rumbo a Querétaro, en un viaje del que no retornaría con vida. La suerte de espaldas que portaba no impidió que los habitantes de la vieja calle le reiteraran su apoyo, y aún más, en marzo de 1867, ya en la ciudad de Querétaro tuvo entre su ejército a tres “sanjuanenses”, los tres sobrevivirían  a la derrota, no así el emperador. Ellos eran:

Celestino Díaz Domínguez, nieto de Don Esteban, nombrado abogado del Imperio, nacido en San Juan pero refugiado en la ciudad de Querétaro desde antes del Sitio. Al no ser militar pudo salvarse. Se dedicó a la política, el periodismo y el comercio en esa ciudad, no volvió  a  San Juan.

Agustín Ruiz Olloqui: Médico radicado y casado en San Juan. En 1867, hallándose refugiado en Querétaro fue nombrado Director del Hospital de sangre durante el Sitio. El 12 de mayo de 1867, de manos Maximiliano recibió la condecoración de Caballero de la Orden de Guadalupe. No tuvo mucho tiempo para lucirla, apenas tres días después cayó la ciudad en poder del ejército liberal. Se salvó  por su profesión y el hecho de haber atendido por igual a los heridos de ambos bandos, en el Hospital. Pudo en poco tiempo regresar a San Juan del Río.

Manuel Domínguez Quintanar. En 1867 disfrutaba de su familia, ( apenas el año anterior se había casado con Adelaida Girón) posición y profesión en su casa del no. 6 de la Calle de Don Esteban cuando Maximiliano lo nombró Prefecto político de la ciudad de Querétaro durante los meses que duró el Sitio de ella. Al ser derrotados, se salvó de ser fusilado gracias a su comportamiento humanitario con los prisioneros liberales, quienes abogaron ante Escobedo para que lo perdonara, con la condición que regresara su pueblo y entregase los archivos de la Prefectura a quien se nombrara en ese puesto.

El perdón solo fue momentáneo y al aparecer su nombre entre los candidatos a ser fusilados se refugió en la Ciudad de México, donde se presentó ante el ministro de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, de quien obtuvo el perdón definitivo, consistente en una prisión domiciliaria en la capital. Lugar donde en sus años iniciales sufrió penurias económicas que provocaron varias veces la separación con su familia. La situación se estabilizó cuando empezó a hacerse de una clientela como médico particular y obtener el  puesto de Prefecto de la Escuela Nacional de Medicina en 1870 además de algunas cátedras en el mismo lugar. No volvió a radicar en San Juan, su vieja calle había cambiado otra vez de nombre, ahora se llamaba Iturbide.

Es en esa época, cuando conoce a Manuel Acuña, un poeta nacido en 1849 en Saltillo Coahuila, donde vivió sus primeros años, para trasladarse  en 1865 a la Ciudad de México ingresando al Colegio de San Ildefonso de donde pasó  a la Escuela Nacional de Medicina en 1868.
Manuel Acuña, el malogrado poeta.
Era muy joven, cuando en 1869, a la par de sus estudios inició una carrera como dramaturgo y poeta, en esta última a pesar de su corta producción logró consolidarse como destacado representante del Romanticismo, aquella corriente que buscaba redimir a la humanidad  por medio entre otras cosas del arte, la enseñanza y la ciencia. Publicó su obra en muchas revistas y periódico de la capital. Miembro y fundador de muchas sociedades literarias, fue muy conocido por sus contemporáneos y supo de las mieles del éxito a temprana edad.

Sin embargo, a la par de su éxito literario, su vida personal fue diametralmente opuesta. Era revolucionario y contestatario, protestaba por todo y le amargaba enormemente no obtener los resultados de sus luchas. En el terreno sentimental fue igual, romántico hasta el tuétano, se hizo de una musa real pero inalcanzable, Rosario de Peña y Llorente, su “santa prometida” a quien idolatró en sus sueños pero quien lo rechazó en la realidad, haciéndole perder la cabeza y la vida.

Este hecho, recibido por una personalidad impulsiva y balbuceante y una naturaleza enfermiza determino su destino. Decidió despreciar la gloria que sus escritos le auguraban. No deseando una vida privada del amor anhelado, toma por propia voluntad el destino fatal de los héroes románticos: Morir joven y por un ideal. Su suicidio ocurrió el 6 de diciembre de 1873.

El Doctor Domínguez nunca pudo encontrar las razones que le acercaron a aquel joven impulsivo, ateo, liberal y ¿Cómo pudieron compaginar esos rasgos caóticos con los de un hombre maduro, conservador, profundamente católico  y mesurado en sus acciones ¿Sería por llamarse igual?.
Mortificado por no haber podido impedir que un grupo de médicos de la misma escuela le practicaran la autopsia, asistió al sepelio en el Campo Florido, no pudo dejar de recordar la tormentosa fascinación que la muerte ejercía en el poeta y le llevó a escribir un poema que trágicamente  calzaba al fúnebre momento. 

ANTE UN CADAVER
¡Y bien! aqui estás ya... sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.

Los años pasaron, el médico fue envejeciendo, continuó con sus cátedras y volvió a su otra pasión, la política, fue Diputado al congreso de la Unión, senador y Regidor del ayuntamiento de la capital, correspondiéndose el honor en 1878 de ser  orador del acto oficial del 16 de septiembre.
Publicó varias obras entre las que destaca el capitán fantasma, Leyendas Históricas y Fátima. Murió en México el 15 de Marzo de 1910.

El Doctor Manuel Domínguez Quintanar 
Al unísono, la obra de Acuña se revaloró. El poema que dedicó a la imposible mujer, rebautizado ya como “El nocturno a Rosario” se convirtió en el emblema del amor trágico y elevó a Rosario de la Peña, “Rosario la de Acuña” a la categoría de musa por excelencia de las letras mexicanas. Sus restos estuvieron en la Rotonda de los Hombres Ilustres antes de ser trasladados a Saltillo en 1917.

Rosario, "la de Acuña"
De la amistad entre el Médico y el poeta que no llegó a serlo, se conserva un soneto que le dedicó..
  A MI QUERIDO AMIGO Y MAESTRO MANUEL DOMÍNGUEZ

Sabiendo, como sé, que en esta vida
 Todo es llanto, tristeza y amargura,
 Y que no hay ni siquiera una criatura
 Que no lamente una ilusión perdida.

 Sabiendo que la dicha apetecida
 Es la sombra y no más de una impostura,
 Y que la sola aspiración segura
 Es la que al sueño eterno nos convida:

 Mi voz no puede levantar su acento
 Para desearte, á más de los que tienes,
 Otros años de lucha y sufrimiento;

 Pero mi voz te da sus parabienes,
 Porque sé que hasta el último momento
 Brillará la honradez sobre tus sienes.

Manuel Acuña
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Aunque el poema lo tenía desde hace varios años no se había dado la oportunidad de redactarla una entrada.La circunstancia la dio el estar trabajando en algunas biografías. Creo que esta es la mejor manera de entrelazarlo con la historia local. .Aclaro que todos los datos son reales y comprobables. Obviamente solo hice la recreación literaria de los pensamientos del Dr. Domínguez. Hoy su calle se llama 16 de Septiembre, en el centro  de San Juan del Río.___________________________________________

viernes, 13 de junio de 2014

Como dijo Juan Domínguez… No me olviden

El verdadero abolengo

La casa más emblemática del viejo, moderno y actual San Juan es sin duda la conocida con los  nombres de “la Guadalupana”, (por una joyería así llamada  que funcionó ahí muchos años, cerrada ya, conserva en la fachada el letrero que la identificaba y hoy lo hace, como plaza comercial ) “la casa de cantera” (por estar cubierta de ese material) y antiguamente “la casa de don Esteban”, es el número 7 de la vieja calle del Curato, actual 16 de Septiembre. El hoy fraccionamiento las Fuentes, entre Aldama y 27 de septiembre era su parte trasera, conocida después como la huerta de los Chirimoyos. En ella se dice, se alojaron Agustín de Iturbide y el Emperador Maximiliano, y también sin confirmación que fue cuartel de su ejército imperial.
Fue construida desde sus cimientos en 1810 (1) por el Teniente Coronel Esteban Díaz González de la Campa, español, uno de los habitantes más acaudalados de todos los tiempos, Alcalde Primero y presidente del Ayuntamiento de San Juan en la época anterior a la guerra de Independencia. Dueño de muchas haciendas en la región. Casó con Doña Ramona Torres y Arroyo, hija del importante militar y político español don José  de Torres y del Campo. Propietario de la hacienda de Santa Rosa quien desempeño altos puestos gubernamentales al final de la época colonial en la región. 

Mucho se ha escrito sobre don Esteban, (en realidad no tanto, algún día me ocuparé de él) sin embargo, en sus últimos años, su importancia fue opacada por un par de personajes, emparentados entre sí y con descendientes de él, que vivieron  en algunas de las casonas de la acera de enfrente, por ser las familias más importantes y ser esa calle la de mayor abolengo en tiempos antiguos.
Los hijos Díaz Torres destacaron en muchos ámbitos, Esteban, que fue jefe político de la ciudad y Rafaela, gran benefactora local, tanto en vida como a través de legados dejados a su fallecimiento. Después de la muerte de Don Esteban, Ramona se casó con su antiguo administrador, Manuel Casabal. La familia Díaz  emparentó con otra de no  menos  caudales con  residencia en  el antiguo número 6 de la misma calle,(2)  los Domínguez Quintanar, formada por Juan Bernardo Domínguez y Gálvez e Ignacia Delgado Quintanar, sobrina y  protegida del General José Luis Quintanar, en cuya casona vivía en su etapa de soltera al cuidado de una tía.



Imagen tomada de Bisabuelos.com  Juan Bernardo Domínguez y Galvez

 JUAN BERNARDO DOMÍNGUEZ Y GÁLVEZ (1783 -1847)
Mejor conocido como Juan Domínguez, cubano de nacimiento, hijo de padre españoles,  llegó a la Nueva España poco antes de la guerra de Independencia,  desempeñando altos cargos en el ejército realista gracias a su parentesco con el Conde Bernardo de Gálvez, Virrey de la Nueva España. Entre sus hazañas bélicas  está haber derrotado al mismísimo Antonio López de Santa Anna en batalla de la época independiente, cuando este todavía era un General eficiente. En las estancias de Iturbide en San Juan, a cuyo mando estuvo Domínguez, debió conocer a Ignacia, (3) casándose años después y estableciéndose en la entonces  Villa. Como madrina de la boda estuvo doña Ramona Torres.

JOSÉ LUIS QUINTANAR Y SOTO Y RUIZ (1772 -1836)
Este sanjuanense, hijo de hacendados, (entre sus propiedades estaba la hacienda de la Venta) también tenía incipiente carrera militar en el ejército realista, (4) combatiendo mucho tiempo a los ejércitos insurgentes, pero al final se adhirió a la conjura de Iturbide, integrándose previamente al triunfo, al mando militar del ejército trigarante.

Ambos se hicieron de las confianzas de Iturbide, apoyándolo en la consumación de la independencia, José Luis llegó a ser, por su encargo jefe del ejército Trigarante y en el primer momento del México independiente formó  parte  del triunvirato que rigió al país previo a la elección de Iturbide. Luego fue  nombrado  gobernador del naciente Departamento de Jalisco.
Durante la caída del efímero imperio, ambos apoyaron a Iturbide hasta el límite, solidaridad extendida aún hasta su posterior aprehensión y fusilamiento. Desde el inicio de la posterior etapa republicana ocuparon casi ininterrumpidamente importantes cargos en la administración pública estatal, nacional y el ejército hasta su retiro.
Fotografía personal Las dos primeras casas desde la derecha, Residencias de la Familia Quintanar en el siglo XIX, al fondo en la misma acera, las casonas de Don Guadalupe Perrusquía y la viuda del General Domínguez, Ignacia.

LOS DOMÍNGUEZ QUINTANAR   Y DIAZ DOMÍNGUEZ
De la ya familia Domínguez Quintar, dos hijas (Mercedes y Soledad ) se casaron con sendos de don Esteban (Rafael y Antonio) y sobresalieron Manuel y Ángel como jefes políticos de la ciudad  y Querétaro durante el imperio de Maximiliano  y  hasta  muchos  años  después. Desempeñaron  además labores académicas  y cívicas en la ciudad de México y su tierra natal. (5) Ángel fue después diputado y co-redactor con su par Veítez, del proyecto de lo que sería la tercera constitución queretana, miembro de sociedades científicas a nivel nacional. Fundó un instituto para la enseñanza primaria y  secundaria en el pueblo y publicó varios libros. (6)

Paz Domínguez, otra hija durante las estancias de Maximiliano, en una velada en casa de don Esteban bailó con el emperador. Afirma Cano que el guante que usó esa noche está aún en poder de su familia. (7) Ella se casaría después con Cándido Madaleno, vasco, dueño de la hacienda de la Laja, Tequisquiapan y vivirían en la casa de Cantera. De ellos desciende Víctor Cano Sordo, autor de la Genealogía familiar aquí escrita de manera sucinta.

Soledad Domínguez, casada a su vez con Antonio Díaz Torres, fue madre de Celestino Díaz Domínguez, último de la familia nacido en San Juan del Río, de profesión abogado, fue además poeta, escritor, periodista y diputado por san Juan, ministro y magistrado de justicia. Publicó la Guía del viajero en Querétaro. Su hijo Felipe llegó a ser dueño de las Haciendas de Carrillo, Tlacote y Mompaní. Padre de Felipe, María Eugenia, Guadalupe y Fernando Díaz Ramírez, fundador y rector de la Universidad  Autónoma de Querétaro y autor de la más extensa historia gráfica del estado (8) y efímero gobernador de Querétaro. 
Su séptima hija, Refugio, nacida en Querétaro, formó familia con Pedro Argain, español y comerciante. Un hijo de esta familia sería Gobernador del Estado de Querétaro, Salvador Argain Domínguez.

Dada su importancia en el siglo XIX, esta familia y sus integrantes ocuparon varias casas de la misma calle del Curato, además de las dos mencionadas  y algunas de sus ramas en otras de no menos importancia como la Nacional de Santo Domingo, Nacional del Sacromonte (Av. Juárez) y la plazuela de San Juan Bautista, (hoy de los Fundadores) los restos mortales de muchos de ellos yacen en el Panteón de la Santa Veracruz como respetables observadores del lugar donde hicieron sus vidas.






Fotografía personal, tumbas en el panteón de la Santa Veracruz de algunos de los personajes mencionados en el texto.
UNA VIDA  DE VAIVENES

Juan Domínguez, como todos los militares de su época se vio envuelto en los frecuentes pronunciamientos que caracterizaron las primeras décadas de vida independiente de nuestros país, a veces por iniciativa propia, muchas otras por apoyar a su pariente político José Luis Quintanar, y por ende a su ideólogo Anastacio Bustamante, otras únicamente por estar en uno u otro bando ideológico en pugna por el nuevo México.

Para hablar de su importancia baste decir que tuvo infinidad de puestos de gran importancia política y militar:
-Coronel del Batallón Activo de Oaxaca.
-Encargado de la Comandancia General de México hasta el 27 de diciembre de 1829.
-Encargado de la Comandancia de Querétaro.
- Ayudante general e inspector del Ejército del Norte, en San Luis Potosí.
-Coronel del Batallón Activo de Querétaro en 1839, su último puesto de mando.
-Vocal secretario de la Junta Consultiva de Guerra y Marina en  julio del  1840.
-Secretario de la Comandancia General de México hasta junio de 1842.
-El 1º de enero de 1842 comienza a trabajar en la Suprema Corte Marcial.

Desde diciembre de 1844 fue desligándose de responsabilidades militares hasta que, acabó por retirarse definitivamente del ejército.
Los vaivenes de sus nombramientos lo hicieron ir casi veinte años de una a otra parte de la república, a veces solo, a veces acompañado de su familia, razón por la cual, los lugares de nacimiento de sus hijos son indistintos, pero tanto ellos, como el padre, cuando las desdichas políticas o de salud los alcanzaba, volvían a la paz de la pequeña villa, al cobijo de la familia de su esposa, los Quintanar, en la vieja calle del Curato, en el aún más viejo barrio de San Miguel. Incluso alguna vez, en la rueda de la fortuna de la política de aquellos tiempos, le tocó estar abajo, lo que significó su destierro del Estado, al vecino Guanajuato de donde vuelve para –otra vez- pronunciarse contra el gobierno, costándole esta vez el destierro a Cuba

Quizá como resabio del lejano enfrentamiento con Santana, nunca tuvo una buena relación con él, (aunque fue quién lo nombró general en 1841) y de manera indirectamente proporcional, entre más crecía la importancia política del veracruzano, decrecía la importancia de los nombramientos de Juan. En la cuarta década del siglo, las diferencias se recrudecieron, optando por el retiro.
Viejo, enfermo, decepcionado de sí mismo y sus pares, decide, entre 1844 y 1845,  volver a San Juan, el lugar que había adoptado como patria, a pasar sus  últimos años junto a su familia. Ahí recibe el año de 1847 en el retiro. Sus fuerzas no alcanzaron más que para observar la invasión norteamericana, dicen que murió de disentería, pero más seguro por la impotencia de no poder defender la tierra que lo había recibido joven y que a sus sesenta y tres años lo despedía el 24 de mayo de 1847.    

Fue enterrado en el camposanto (el que estaba en medio de las dos iglesias, al frente de la actual Notaría) al día siguiente, 25 de mayo. Años más tarde sus restos fueron trasladados a un mausoleo en el Panteón de la Santa Veracruz, y después junto con dos de sus hijas a uno de los nichos de la pared. Este panteón fue proyectado por don Guadalupe Perrusquía, vecino también de la calle del Curato, vivían respectivamente en los números 16 y 18, con quien se casó Ignacia, la viuda del General, formando una nueva familia con los hijos de los anteriores matrimonios de ambos, entre los de Don Guadalupe se contaba el que sería padre del Gobernador Ernesto Perrusquía. (9) ( Pero esa ya es otra historia) 


Imagen tomada de Bisabuelos.com. El General Domínguez.

El acta de sepultura de Juan Bernardo dice:

“En la Parroquia de San Juan del Río a veinte y cinco de Mayo de mil ochocientos cuarenta y siete sepulté en el Cpo. Sto. de dicha Parroquia el cadáver del Sr. Gral. de Brigada D. Juan Domínguez, casado que fue con Dª Ignacia Quintanar, originario de la Havana y vecino de esta Cabecera en el Barrio de San Miguel. Recibió los Santos Sacramentos de penitencia, Sagrado Viático y extremaunción; disen murió de Dicentería, y lo firmé para que conste.”(3)

Hoy reposan los restos de este honrado general, según reza el nicho del panteón de la Santa Veracruz que los contiene, junto a sus hijas; Consuelo y Soledad.

Fotografía personal: Nicho en el Panteón de la Santa Veracruz


1) Cfr.  Ayala, 1981 op. cit. p.  124. Para dar idea de su importancia, baste decir que él y Luis Romero Soto, ambos por la extensión e importancia de sus archivos personales, son los únicos “sanjuanenses” con colección documental en el AGN. (Archivos de particulares. Colecciones, Colección de Esteban Díaz González. Archivos de particulares. Personas. Luis Romero Soto)
2) N. De la R. Al parecer el antiguo numero 6 era uno con el actual 8, que es centro comercial. Hasta hace unos años fue casa de la familia Valenzuela, con su patriarca Don Gabriel, de grata memoria entre los practicantes de la charrería, deporte que practicó pero sobre todo impulsó en todos sus frentes hasta los últimos años de su vida. Es una casona amplísima, a fines del siglo XIX era la mejor casa de huéspedes de la ciudad. Luego sufrió una remodelación a principio del siglo XX pero conservó el plano anterior, con todas las comodidades y elementos de la época como correspondía a  la importancia de don José Luis Quintanar.
3) La información de estas familias las tomo, seleccionada, de Víctor Cano Sordo, De la Luisiana a la Nueva España. La Historia de Juan Bernardo Domínguez y Gálvez  (1783 – 1847),  Versión electrónica en página Web Bisabuelos. Página  de Genealogía. Apellidos. Linaje. 1999. capítulos V, VII, X y apéndice VII, Quien se basa en Ayala para don José Luis en cuanto a la estructura, pero no solo citándolo, sino confirmando, documentando y complementándolo hasta la saciedad con libros, documentos familiares, extractos de archivos  particulares, públicos y eclesiásticos. (Me atrevo a decir que no hay nadie que haya escudriñado papel tras papel los archivos parroquial e histórico municipal como él)  
4) Cfr. Ayala, 1981 op. cit. p.  117- 121.
5) Ibid. P 172.
6) Ibid. P 180 y 181. Destaca “Descripción de los principales ríos del mundo”. 1902,  que Ayala tomó para su descripción del río San Juan. En 1896 había sacado a la luz pública una especie de manifiesto llamado “Las necesidades de la Geografía en México” dirigido al Presidente Díaz.
9) Víctor Cano Sordo, sacerdote católico, autor del  libro “De la Luisiana  a la Nueva España” Incluido en una vasta página Web de genealogía de sus antepasados. Iniciada a partir de una anécdota familiar, nos lleva siglos atrás a España, México y San Juan del Río. En el linaje ve importantes familias locales de todos los tiempos. (Cervantes, Bocanegra, Silis, etc.) Tomo de él los datos de las familias Domínguez, Quintanar y Díaz. Es difícil citar correctamente su página y libro, casi cada frase la apoya en infinidad de documentos y bibliografía. Existe una versión impresa, merecedora de reedición y difusión por el municipio, ya que aunque no es su propósito, devela valiosos datos de historia local además de la fascinante vida de sus antepasados. Estaría en la misma categoría de nuestros mejores relatores: Dorantes de Carranza, Sánchez de la Barquera, Martínez de Salazar, Jaime Nieto, Rafael Ayala, y J. Guadalupe Guerrero, etc.
8) Ver Fernando Díaz Ramírez, Historia del estado de Querétaro. México, Gobierno del Estado de Querétaro, 1979. Seis tomos.
9) Sin estar completamente seguro, por los cambios de numeración,  las  casa de Don Guadalupe Perrusquía  (18)  y la de Ignacia (20) que tampoco se sabe  si lo era desde que vivía el General  Domínguez) serían la que hasta hace poco era la Universidad Mesoamericana y la que estuvo donde hoy es una caja popular.