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sábado, 25 de abril de 2020

La leyenda que no fue

LA LEYENDA QUE NO FUE


 



Siendo niño, esporádicamente escuché en el entorno familiar, la historia que voy a tratar en esta entrada.

Por lo que de ella se relataba, me pareció siempre una leyenda con ubicación temporal y geográfica muy lejana, tanto que, con el tiempo, la olvidé… o casi.

En fecha reciente, creo que unos cinco años, entre algunos relatos de manufactura reciente que me fueron proporcionados por una amiga, de varios autores que los presentaban como leyendas sanjuanenses, casi todos me parecieron adaptaciones de pasajes de Rafael Ayala, cuentos o relatos más que fantásticos, otros se limitaban a la simple descripción, sin formato o motivo de leyenda, sin embargo, uno de ellos hizo saltar mi memoria a años pasados; destacaba por tratar un tema completamente diferente y además era, casi letra por letra, lo que yo había escuchado desde niño.

Con ese antecedente, acometí a leer de inmediato. Por la magistral forma en que la redactó su autor llevaba su lectura, en primera persona a veces, otras en segunda y otras solo como relator, a identificarme con él, ya que no se limitó al hecho en si, sino que recreó completamente la atmósfera del espacio y tiempo en el que transcurre y a su vez, yo como lector empecé a identificar esos lugares como algunos conocidos o escuchados siendo niño.

Así, en la fascinación que produce la lectura de algo que te hubiera gustado escribir, me di cuenta que lo que había supuesto de niño, no era tan lejano en tiempo ni lugar, incluso, todo discurre a unos cuantos metros del lugar donde transcurrió la primera etapa de mi vida. El autor firma únicamente como Joaquín Fonseca, y aunque he tratado de averiguar de quién se trata y si todavía vive, no he tenido éxito. Parecía que hasta ahí iba a llegar todo, pero vino en mi auxilio la musa Clío, de la manera más  inesperada.

Resulta que una tía mía, de rebote, porque el destinatario original era otro, me encargó que le platicara un relato que ella quería que conociera él, y que me dijo era la versión real de la “Llorona Sanjuanense”, real porque ocurrió cuando ella era niña y fue testigo de los hechos, incluso que el protagonista vivía en casa de su familia, en la calle 2 de abril en los años 40s del siglo pasado.

Y cuando me comenzó a describir los hechos acontecidos y el protagonista, resulta que la leyenda que mencioné al inicio, “Reyes“  de Fonseca, y lo que me decía, eran lo mismo, peor aún, Reyes tenía además de ese nombre, apellido y una vida real. Mí tía ubica los hechos en la década de 1940, y zas, resulta que encontré un relato que debió hacerse leyenda, pero no lo logró y resultó en una serie de recuerdos, pero que tenían todos los elementos para constituirla.


Imagen tomada de Google Street Viewer 2020. A la izquierda, en el actual numero 35, la casa donde vivía la familia de mi tía y el protagonista. A continuación, las otras 6 casas entonces de la misma dueña.

Datos de la vida Real.

Vivía ella, siendo niña, con su familia, en la tercera cuadra de la calle dos de abril, también conocida como la de la santa Veracruz casi al inicio de la subida del Calvario en el número 19.

Su casa, ubicada en la acera oriente, como varias de sus vecinas, tenía una entrada independiente y un solo cuarto grande como construcción, pero en la parte trasera, había un patio común con las de los vecinos, inquilinos todos (eran 7 casas) de los dueños entonces, don José Becerra y doña Merceditas Ballesteros que vivían en la calle Guerrero.

Sus padres, sin tener una relación de parentesco directa, habían, “recogido”, es decir daban alojamiento en su vivienda a un par de adultos, hermanos ellos, ambos habían sido abandonados por sus esposas, uno por haber quedado ciego y otro por su afición a la bebida. Sus nombres son respectivamente Filemón y Reyes Miranda.

Imagen tomada de Google Street View 2020. Tomada desde el ángulo contrario, aproximadamente después del árbol  sobre la calle, a la derecha, el conjunto de casas.

El invidente, sobrevivía de la caridad, trabajos ocasionales y los cuidados de la familia, apoyando en lo que podía a don Pedro, (el papá de mi tía) de oficio carpintero, Reyes en cambio, cuando la tomadera se lo permitía era trabajador como pocos, cuando no se lo permitía de todos modos trabajaba. Pocas cosas no cabían en su repertorio, ayudante general, cargador, peón y todo aquello que requiriera la fuerza necesaria de un sanjuanense de los de antes, al que mi tía describe como moreno, alto, bien parecido y a veces hasta con ínfulas de galán. Lo poco que le dejaban sus eventuales trabajos en el entorno del mercado, las fincas cercanas, la estación del ferrocarril y la incipiente carretera panamericana lo dedicaba sobre todo a su vicio y contadas veces, a apoyar a la familia que lo había recogido (no necesariamente en ese orden)

En uno de esos días de trabajo, ya medio encandilado por los tragos, accedió al entorno de su vivienda, se ignora si venía por las primeras calles de Dos de Abril o subiendo de la Plazuela, el caso es que al llegar a la encrucijada de ambas calles, donde metros arriba existía un pequeño pozo de agua con brocal circular de piedra, Reyes vio que estaba ocupado por una mujer, al parecer joven, vestida de blanco, con una larga cabellera negra y a  la que adivino guapa.

Imagen tomada de fotografía antigua, probablemente de Layseca, aproximadamente en la época del relato así lucía la calle. La línea muestra el conjunto de casas de la misma dueña. Donde vivía Reyes sería la última.

No eran esos lugares como ahora, que bullen de autos, ni siquiera había espacio para que circularan los pocos que había en la ciudad y ningún vecino estaba afuera, el mundo era solo de él… y la dama.

Se acercó y sintiéndose aceptado se sentó junto a ella, el sentir que no era rechazado, le dio valor para acariciar la sedosa y azabache cabellera, incluso se atrevió a decirle lo mejor de su repertorio en piropos, pidiéndole que volteara para verla, no creía en su suerte y eso lo volvía atrevido.

Imagen tomada de Google Street Viewer 2020.  la cuesta, actual Fernando de Tapia, en su cruce con 2 de Abril. El  punto azul señala la antigua ubicación del pozo de la aparición.

El caso es que al hacerlo, la mujer que supuso de bello rostros, resultó que tenía cara de caballo y la cabellera que se deslizaba entre sus dedos no era más que sus crines.

Se desconoce lo que pasó en los momentos posteriores a la aparición, el caso es que Reyes llegó a la casa relatando el hecho y estuvo enfermo muchos días.
¿Fue una alucinación de Reyes o de verdad vió a la auténtica Llorona Sanjuanense? Supongo que jamás lo sabremos.

Como ven, el relato con todos los merecimientos para convertirse en una leyenda al menos local, se fue perdiendo con la dinámica poblacional del barrio, los vecinos fueron mudándose y pocos se conservaron en el lugar, muchos menos conservaron el recuerdo, años después, el pozo fue tapado y la calle urbanizada en la medida de lo posible. (Como su nombre lo indicaba, antes de ser Fernando de Tapia, era una cuesta, el último rescoldo de las Peñitas, antes de que se internen debajo de las calles del centro histórico, toda la subida estaba salpicada de obstáculos, la roca viva y muchas piedras sueltas,  y sobre ellas apenas bajaba un serpenteante caminito en el que solo cabía una persona, de tal manera que si  a lo lejos se veían alguien que quería subir y alguien que quería bajar, uno tenía que esperar. A las orillas, los vecinos, en el transcurso de siglos habían instalado sus viviendas sobre la peña o armando pequeñas terrazas con rocas suelta. Ya todo ha desaparecido, la Cuesta sigue siendo cuesta, tan empinada que los autos deben subirla a gran velocidad para no pasar sustos,en un trajín que no se detiene en el día,  es la vía alterna, en sentido contrario de la Avenida Juárez, la principal del centro)

Imagen tomada de una pintura de Armando Otero, La cuesta en su recuerdo, unos 20 años después del relato. Muy favorecida, le falta el caminito sinuoso, muchas piedras sueltas y varios desniveles. No cambió en siglos hasta su compostura a la apariencia actual al final de la década de 1960. Donde sube la señora estuvo antes el pozo, a su izquierda, "el Mashin" personaje popular,  contemporáneo de Reyes.
Como los vestigios, en pocos años la historia se desvaneció entre las calles de la ciudad a donde fueron a dar quienes conocieron a Reyes, la familia Hernández vivió muchos años en ese lugar y en calles del entorno. Mí tía se fue de ahí soltera y al casarse regresó. Hoy vive, apenas a unos 30 metros debajo de donde Reyes recibió la lección de su vida.

¿Murió Reyes a causa de la aparición? Fonseca dice que sí, pero que no había sido el único, que otros vecinos ya habían tenido la misma aparición y fatal destino, mi tía dice que no lo recuerda, pero al menos no murió de pronto y sí dejó la borrachera. Hoy solo el relato de Fonseca, la narración de mi tía y el recuerdo de los pocos contemporáneos que quedan, son sus únicos testimonios.  La leyenda ya no fue, no permeó a los tiempos modernos, que ya son otra cosa, o difundiéndola, a lo mejor. Será cosa de hacérsela llegar al conocido contador sanjuanense de leyendas y ocasional lector de este blog, Juan Carlos Zerecero, el Diablito del taxiván de leyendas.

Aclaro que en la ciudad, aparte de las religiosas, no hay leyendas, todas son acomodos de las genéricas del imaginario colectivo mexicano o las suburbanas que trajo la modernidad. No se sí por los hechos que he narrado, o por alguna otra cuestión, se contaba, también hace muchos años, que la Llorona normal, es decir sin la cara de caballo, (o quién sabe, creo que nadie salía a verla) bajaba del callejón de la Santa Veracruz y la calle 2 de Abril, rumbo al centro, emitiendo no el particular grito, sino un fuerte chillido. Mi mamá que también vivió en la calle unos veinte años después continúa contándonos como lo más horrible que oyó.

Ignoro porqué y si algunas de las espirituosas bebidas que se tomaban en esos tiempos, o la combinación de algunas, el caso es que es muy común en todo México, incluso en Latinoamérica y España desde hace  siglos las apariciones a los alcohólicos de esa mujer con cara de caballo, incluso en la literatura fantástica tiene un concepto particular, “la Llorona Mula”. Casi siempre encarnada en una mujer, la muy repetitiva cara de caballo y un entorno en que el tomador cree tener una oportunidad con ella. Supongo que la relación con la llorona es por la vestimenta blanca- y no es tan sanjuanense como mi tía lo supone.

Menciono las bebidas espirituosas, porque don Cándido Pérez, vendía a los borrachitos, en su botica (todavía no había farmacias) “la Guadalupana” un elixir llamado “espíritus” según muy bueno para reanimar, y cómo no, si era alcohol del 96 con anilina, vaya usted a saber qué efectos tenía en la gente.

La próxima entrada presento el relato íntegro, escrito por Fonseca, creo que necesitaba de un antecedente como el de hoy, para que se entienda mejor, en lo personal lo considero una joya literaria, perfectamente acabada como tal, pero describiendo su entorno, se mejora.

Los relatos que lo acompañaban, eran parte de un concurso de leyendas sanjuanenses que no tuvo continuidad, creo que todos son valiosos, pero como dije, no entran en categoría de leyendas.

COLOFÓN

De Reyes, ya no tuve más datos, Filemón creo que finalmente volvió a integrarse con su familia cercana porque al separarse los padres de mi tía, devolvieron el favor y vivió ahora ella, al cobijo de esa familia durante algunos años en una vecindad de la calle Ezequiel Montes.  Filemón fue abuelo de un conocido Sanjuanense de épocas recientemente pasadas, don Ramón de la Isla, que fue agente y comandante de la policía judicial cuando las oficinas de esa corporación estaban en el ya desaparecido portal de la Comandancia, en la esquina de la Avenida Juárez y Reforma, junto a la vieja cárcel, después Centro Histórico y Cultural, hoy casi sin uso y sí en el abandono.


BONUS TRACK

Ya sin muchos detalles, hay otra historia, ocurrida a Filemón, por los mismos años y mientras residía en la calle 2 de Abril. Como ya se mencionó era ciego, pero como todos tenía necesidades en las que no se le podía ayudar, así que una noche, como a las tres de la madrugada, salió a la calle a hacer pipí, (en esos años, la calle no tenía drenaje, en el patio común los vecinos hacían precarios baños pero él había tomado costumbre de salir a la calle,  desolada de día, más de madrugadas, por ser un trayecto más corto, varios de los integrantes de la familia lo sintieron salir, pero no regresar.

En las mañanas, de la parte alta de las Peñitas, muy temprano bajaban algunas personas al molino, y pasaban por el callejón de la Santa Veracruz. Serían las 5 de la mañana cuando pasó la primera que lo conoció, estaba en la puerta del Panteón, sentado junto a la reja, dijo que al salir a la calle, una mano lo jaló para allá, y como no supo dónde estaba, se quedó donde lo dejó. Lo fueron a entregar a la casa de la familia, no se supo más.



domingo, 26 de marzo de 2017

100 años no es nada, perdón, 107, años no es nada, perdón, sí es mucho.

100 años no es nada, perdón, 107 años no es nada, perdón, sí es mucho. 
Oleo del Maestro armando Otero, Fragmento. Los árboles gigantes, afuera de la Viña.

Antecedentes

Creo que es de todos conocida mi tendencia a la descripción de la historia antigua y reciente del barrio del Calvario y en especial de la Plazuela Guadalupe Victoria, en razón de que en la parte alta de la peña vivían mis padres en la década de los sesentas y cuando nací ya estaban en la Plazuela, en la parte baja.

Disfruté de mi niñez en la en la ancha calle y viví muchas de sus transformaciones a partir de entonces. Por esa época se conservaban tradiciones, relatos, construcciones y muchos detalles que obviamente o no entendía o no me llamaban la atención. Años después, en el estudio de la historia de San Juan del Río, me fui dando cuenta del gran significado cultural que ese barrio y la calle tuvieron en todos los tiempos en la historia local.

Viene la anterior reflexión por el hecho de hará un par de meses, don Javier Lara Bayón, bloguero mayor del vecino Aculco compartió la información de algunas fotografías de San Juan del Río, aunque “son muy recientes” me dijo.

Resultó que entre muchas fotografías ya conocidas, aparecieron tres de gran valor histórico, tanto por su contenido como por su fecha, fueron tomadas en 1910 y retratan tres secciones del mencionado barrio. Quizá para muchos estudiosos son conocidas pero en lo personal no sabía de la existencia de dos muy significativas ya que me dan la imagen de lugares  y tiempos de los que solo tenía referencias orales

Haré una descripción de las tres, con su comparativa en la actualidad y con ella  se darán cuenta de porqué el título: 107 años sí han cambiado enormemente para mal, un agradable entorno urbano.

Se desconoce el autor de las fotografías, pertenecen a la fototeca del Instituto Nacional de Antropología e historia. (INAH) Todas fechadas en 1910 y rotuladas en palmer (manuscrito) “Sn Juan del Río, Qro. No hay imagen de sus anversos.

1.- La Plazuela Guadalupe Victoria, antigua de los Trabajos.

A pesar de haber vivido ahí 18 años, me resultó especialmente difícil reconocer esta fotografía. Al principio pensé que era la calle de Mina. Observando detenidamente algunos detalles que todavía me tocó ver, pude identificarla. Se tomó desde la esquina de Guadalupe Victoria ( en su segunda cuadra, ) y 2 de Abril en la acera sur, con vista hacia el poniente, donde la calle se ensancha.
1910
A la derecha se observa una vieja barda, ya no la vi completa. Para 1970, que son mis primeros recuerdos, era la casa de Doña Lolita, (no recuerdo su apellido) y estaba derrumbada en parte. En la fotografía se observa oscura en su parte baja y  clara en la superior. La parte oscura es la cantera de la peña, que sobresalía de la calle y sobre la que se levantaba el resto de la barda, por lo que no tenía estabilidad. En algún momento entre 1910 y 1970, la barda debió derrumbarse y ya no la levantaron, la vieja casa, estaba sobre la cantera, a más de un metro sobre el nivel del arroyo. Por tal razón, cuando se demolió la casa y se urbanizó la calle, quedó una banqueta tan alta como se ve actualmente.

El segundo detalle es a la izquierda, una casa forma un pequeño recodo. Todavía me tocó verlo. La razón de él, es que las casas se construyeron entre la parte baja y lateral de las Peñitas y seguían originalmente los contornos de las rocas. Ya en mis tiempos, la casa se modernizó y se alineó la fachada, hoy es, creo una casa de huéspedes y por la razón anterior, no es perpendicular a la calle, sino que de la fachada avanza en forma diagonal hacia el fondo.

La gran cantidad de árboles que la fotografía registra eran un recuerdo reciente que tenían los habitantes en mi niñez. Los más jóvenes habían sido plantados en una campaña realizada a finales de la década de 1870, aunque había anteriores. La mayoría del arbolado que se observa en la fotografía sobrevivió hasta al menos 1965. Murieron o fueron cortados  entre ese año y 1969. Estos árboles tenían un sistema de riego a través de pequeños canales de piedra de río, alimentados por un pozo que se encontraba metros arriba, en la Cuesta y surtía a todos, incluso los de la parte baja. Personalmente todavía vi partes de ese canal, que terminaba en la Acequia, afuera de la huerta de la Viña. Fue tapado cuando se hicieron las banquetas modernas, a fines de los setentas.

La mayoría de esos árboles eran fresnos, solo en la esquina de Reforma había un par de eucaliptos. De los que se ven en la fotografía, creo que si son los mismos, solo quedaba en mí infancia el cuarto de la fila derecha, iniciando de la parte alta, una especie de fresno llamado "paraíso" del que su fruto eran unas bolas del tamaño de una canica, e igual de duros, lo que los hacía ideales como parque para resorteras. El pozo había dejado de surtir de agua aproximadamente en 1955 y por eso los árboles no crecieron más. No se secaron inmediatamente porque en tiempos de lluvia  obtenían agua suficiente. Muchas veces jugué arriba del ya para entonces solitario árbol, más grande de cómo se ve en la fotografía. Fue talado, aún vivo en la década de 1980.

Otro detalle que hace reconocible la fotografía, es que casi en el centro, al fondo de la calle se observa la fachada de la huerta de la viña, cuya barda, de su altura normal ascendía a los pilares que enmarcaban su reja con emplomados. Afuera de esa huerta, aunque no se observa por la lejanía, pasaba al descubierto la acequia, que salía a la calle luego de atravesar la parte trasera de las casas de Melchor Ocampo. La humedad de la acequia permitía, afuera de la huerta, el sostenimiento de cuatro fresnos, estos sí gigantescos. Quizá de varios siglos de antigüedad. Cuando yo era niño, cayó de viejo uno afuera del # 4 de la calle y aunque por entonces mucha gente cocinaba con leña, tardaron años en acabarlo.

Aparte de los fresnos gigantes, en la  fotografía se observa que toda la parte baja tenía árboles. Para 1980, solo sobrevivía uno, afuera de la casa marcada con el 10 negro. (No es error, así decía su placa de numeración, que para mayor confusión, era de color blanco) Este árbol sobrevivió hasta el año pasado, 2016, cuando ya seco, fue talado. 
(Ver La muerte de un gigante)

Entre las décadas de 1970 y 1980, los árboles gigantes afuera de la Viña fueron muriendo por la falta de Humedad, la acequia había sido entubada  y clausurada. Según según mi bisabuela sirvieron para colgar personas durante la revolución, es decir solo unos cuantos años después de tomada la fotografía. Ya secos, frecuentemente dejaban caer ramas, por lo que el municipio, siempre previsor, decidió talarlos. Tras la pérdida del arbolado, algunos vecinos plantaron casuarinas y jacarandas que no sobrevivieron.

El suelo de la calle se observa aún de tierra, con piedras sueltas al inicio de la cuesta. En 1969 se empedró la parte inclinada y  una década después la parte baja.  El pavimento en ambas es de los ochentas.

Al fondo se ve una alta pared blanca, es la de la huerta que estaba antes de la construcción del hotel Jalisco, en la calle de Allende, a su lado derecho, una ventana. Tras 107 años de captada la imagen, piedra tras piedra, tronco tras tronco, esa pequeña ventana es lo único que queda de la majestuosidad captada. La modernidad tiene su precio.
2017

Fotografía 2.- La calle de Cóporo.

Una fotografía muy similar a otra ya conocida de la década de 1920. Esta, de 1910 nos muestra que las  casas son casi las mismas de la actualidad,  solo que entonces eran de techo de teja, de un agua y se han modernizado, otras se sustituyeron completamente por modernas construcciones.

1910
El cambio más visible de la calle está en que entonces tenía árboles en ambas aceras y se ve aquí el canal de riego construido con piedra bola de río que describí en la Plazuela. Se ven recién plantados los árboles, creo que ninguno prosperó, esta calle casi no tenía capa vegetal, la cantera de las Peñitas está casi al ras y tiene rellenos de pedacería de la misma. En mi niñez había algunas jacarandas y coníferas  que tampoco existen ya. Al fondo destaca la capilla del Calvario y las casas en el escalón de las Peñitas.

En la derecha de la fotografía se observa la barda antigua de la casa que hace esquina con la Plazuela Guadalupe Victoria. En ella vivía en mis tiempos la familia Flores. (Entre ellos el Periodista Alfredo Flores). Se observa en el lado derecho una chimenea que estaba instalada en la casa que antecedió a la que se conoce como de “las Poquianchis”, tristemente célebre. Nadie recuerda de qué era la chimenea, debió ser de un molino o bomba de agua. Como detalle curioso, un vecino se asomó justo cuando se hacía la toma, en la bocacalle de la actual Melchor Ocampo, viendo al sur.
2017

Fotografía 3. El Panteón de la Santa Veracruz.

Esta fotografía fue tomada desde la huerta de la Viña, hacia las Peñitas, al oriente.

1910
Ignoro si para 1910 ya existía la barda que dividía esa huerta y la del Molino o todavía eran una sola. Si fue lo primero, la toma se hizo exactamente en esa  barda. Extrañamente, a pesar de que el Bulevar Hidalgo, trazado en medio de ambas huertas hoy es una zona comercial con grandes edificios, todavía fue posible tomar una fotografía reciente en el mismo sitio de la antigua. Ya no conocí toda la barda, había sido derrumbada en 1969 para el trazo del Bulevard, pero sí los extremos que quedaron a sendos lados, por eso puedo afirmarlo.

Describo la fotografía desde la parte inferior.
Inicia una parte plana en la que casi no se cultivaban árboles (se ven algunos dispersos) por ser suelo arenoso, hoy es la calle mencionada y exactamente al frente está un estacionamiento subterráneo. La mayoría de frutales no aparecen en la toma, estarían al extremo izquierdo, rodeando la fuente y la glorieta.

En la parte media estaba el límite de la huerta con las casas de la calle de Cóporo. No había ahí barda, la acequia del pueblo, que se puede distinguir como una doble línea blanca en la imagen, entre los carrizos y un desnivel de dos metros dividía la huerta, en la parte baja y las casas, en lo alto.

Se pueden distinguir algunas puertas traseras de esas casas, convenientemente ubicadas para tomar agua de la acequia. Al centro y a la izquierda se observa una edificación grande, es la casa antecedente de la de las Poquianchis que ya mencioné, no se alcanza a ver la chimenea.
2017
En la parte superior se observa el Panteón de la Santa Veracruz en su estado original. Sigue casi intacto, solo se le han agregado recientemente la parte que lo une a la Iglesia del Calvario donde se encuentra la sala del Museo de la Muerte y los servicios sanitarios del mismo.

Esquema personal, tomado del libro La acequia del Pueblo. Extensión de la huerta de la viña en 1968,  La línea punteada marca el trazo del Boulevard Hidalgo, el punto azul, el lugar donde se tomaron ambas fotografías.
La huerta de la viña, dividida en dos predios por el trazo del B. Hidalgo en 1969 , sobrevivió una década más. Su entrada, en la Plazuela Guadalupe Victoria, hoy es la Plaza comercial los Faroles.


El chichimeca al servicio de la comunidad.

Sobre el barrio en particular, hay información aún más detallada en mi libro “la Acequia del pueblo” por ser edición particular no está a la venta, pero pueden consultarlo en la Biblioteca Pública, en el Portal del Diezmo o en el Archivo Histórico Municipal, en el mismo edificio.

Si desean leer más al respecto en el blog: pueden consultar los siguientes enlaces, dando clic en temas relativos al Calvario, la Plazuela, la huerta, sus habitantes etc. :








Y sobre mi libro..


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La fotografía número dos aquí descrita, recientemente fue dada a conocer  por la página de los vecinos de San Juan del Río en el tiempo, creo que no interfiero con ellos, y ni modo de quitarla, ya que es parte fundamental de esta entrada por abarcar 3 de los extremos de mi barrio de la infancia.
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ACTUALIZACIÓN

Y hablando del barrio…

Ya sé que no me la van a creer, pero resulta que en pasada entrada, relaté una anécdota de un habitante de la Calle Reforma, don Marcos. No puse fotografía por carecer de ella. Resulta que en el libro San Juan del Río. 500 años, aparecido en junio pasado, está una fotografía de José Velázquez, precisamente de esa calle y aunque no puedo asegurarlo por completo, parece que los ahí retratados, son don Marcos y Rubén, los protagonistas. Si no lo son, la ilustran muy bien, incluso están precisamente afuera de donde tenía su frutería.

Ver en este Blog:   Ruben y el último duelo

sábado, 5 de noviembre de 2016

Un panteón insólito, la Santa Veracruz de san Juan del Río, Qro.

Un panteón insólito, la Santa Veracruz de san Juan del Río, Qro.



 Fachada en  el callejón de 2 de abril.
Dentro del cúmulo de actividades culturales que contuvo en días pasados, el festival de día de muertos de esta ciudad, para el tema de este blog destaca la reapertura del Museo de la Muerte, en el antiguo panteón de la Santa Veracruz, tras una remodelación que cambió en algo su apariencia, pero que mantiene su objetivo original, que es dar a conocer la muerte como manifestación cultural.  

Por tal motivo, esta entrada, más que datos históricos, la dedico a detallar algunos aspectos únicos de este panteón, que lo hace diferente a casi todos los del país.

El panteón, como tal data de mediados del siglo XIX, es un edificio neoclásico, con la extraña característica de encontrarse al borde de una peñasco y cuya planta  se encuentra sobre la roca viva siguiendo los contornos que le determinó el desnivel natural de la peña.
Calle Melchor 0campo. Sobre la Peña, el mirador del panteón.

Por la misma razón, nunca tuvo una superficie de tierra para excavar las tumbas, sino que se tenía que esculpir un orificio para ello. Es quizá el único panteón donde los enterradores no usaron palas, sino cincel y martillo, o bien recurrían a otro método igualmente novedoso: el entierro se hacía a nivel del suelo y sobre el ataúd se construía una tumba de material, completa, por lo cual algunas resultaron muy altas.

Fotografía de la Dirección Estatal de Turismo. Patio superior. Nichos, Tumbas altas  y el osario.
El área total ocupada por el cementerio es relativamente pequeña para este tipo de instalaciones, por lo que se tuvo que utilizar hasta el último resquicio que la roca permitía para colocar las tumbas. La parte interior de la barda de su fachada fue utilizada para instalar otro para entonces novedoso, sistema de sepultura, consistente en nichos dentro de la mencionada pared.

Patio inferior. Tumbas a ras de suelo.
La escasez de espacio motivó incluso a un par de extraños entierros verticales. Están en la parte de la roca sobre la que se desplanta la iglesia vecina, ahí, se hicieron excavaciones tan pequeñas que solo se explican si el entierro se fue con la caja en posición vertical.

El colmo de las extrañas ubicaciones para las fosas lo encontrarán en una tumba ubicada en uno de los descansos de la escalinata que une los dos niveles, aunque creo que en este caso no fue para aprovechar el espacio sino por propia voluntad del difunto.
Tumba en la escalinata.

Aparte del área de tumbas, contiene otras instalaciones, propias de los cementerios, pero siempre con características propias:

Un osario, igualmente creo que el único que he conocido, que no está en tierra, sino que igual  que las tumbas se excavó en la roca viva.
Osario

Tiene una pequeña capilla interior, que también por falta de espacio, una de sus paredes, es el contorno de la peña, y tiene la característica única de que en tres de sus paredes contiene… más nichos.

Capilla interior, el mural perdido.
Otra característica que lo distingue de la mayoría de los panteones  es que gran parte de los entierros que se efectuaron en él fueron secundarios, es decir, habían sido enterrados en las iglesias y los otros camposantos de la ciudad y pasado el tiempo los restos fueron trasladados aquí. Solo así se explica el pequeño tamaño de algunas tumbas.  Es el caso de algunos personajes importantes de aquellos tiempos como Rafaela Díaz, benefactora de la ciudad, que fue trasladada como un homenaje a su labor al nicho No. 1, o el del General Juan Domínguez y familiares, quienes originalmente estaban en el panteón ubicado frente a las iglesias del centro, y se trasladaron inicialmente a una tumba superficial de este panteón y luego a un nicho.
Entierro secundario. Nicho no. 1 
El hecho de que los cadáveres de este panteón no se “enterraban” (porque no había tierra) sino que se depositaban en la roca y sobre el orificio una lápida, los resquicios y orillas de ambos se sellaban con mezcla que el tiempo se encargaba de fracturar, lo que ocasionaba que los olores se dispersaran. Al paso del tiempo, en el mismo siglo de su construcción, el hedor llegó al grado de que si mis fuentes no me fallan, fue clausurado un par de veces, hasta que la situación fue solventada, es decir se volvían a sellar los orificios generados por el desgaste de la mezcla, igual ocurría en los nichos, cuyas lápidas caían y a veces no tenían detrás un muro que sellara el espacio. La situación debió ser repetitiva durante muchos años, y solo se resolvió cuando, a causa del espacio, fueron disminuyendo los moradores que al panteón ingresaban.
Pared de la roca contigua,, sobre la peña, y en ella, más tumbas.
Esto determinó su destino, en pocos años se llenó completamente de tumbas y ante la imposibilidad de hacer nuevas, solo se volvían a utilizar  aquellas en las que una familia había pagado la perpetuidad y podía depositar en nuevos difuntos.

La natural movilidad social, el olvido de parientes, el envejecimiento y dispersión de las familias hizo que poco a poco fuera menos utilizado, visitado y mucho menos remozado, aunque siguieron entierros esporádicos hasta después de la segunda mitad del siglo XX.

Ornamentación, en el mirado. La muerte siempre presente.
Un elemento que no ha sido estudiado y que supongo influyó en que este panteón cayera en desuso, es la tremenda dificultad que significaba que cualquier cortejo fúnebre llegara del centro, lo que significa subir la empinada cuesta de la hoy calle dos de abril. Con el difunto a cuestas debió ser una penosa labor.

Ornamentación, otro diseño, la misma presencia.
Otro elemento que distingue a este de cualquier otro panteón es que durante su construcción, al nivelar en lo posible la peña, la misma roca que se iba extrayendo, se utilizaba para ir levantando las paredes, y a lo mejor hasta la ornamentación.

El edificio fue diseñado por  el Dr. Guadalupe Perrusquía, sanjuanense distinguido quien a pesar de su profesión, tenía inclinaciones artísticas y nos legó un  elegante edificio, perfectamente adaptado al espacio, utilizando como piedra de muros la cantera morena sanjuanense y con ella misma, la ornamentación alusiva a la muerte. Varios de los espacios tuvieron murales, de los cuales solo se conserva la pintura al interior del osario. Se perdieron el de la fachada de la capilla y algunos que  tenía en su interior. Adicionalmente en  varias paredes, se pintaron poesías de tema necrológico, que creo que tampoco hay en ningún panteón.

Y como colofón al uso de la cantera morena, originalmente del mismo material fueron las lápidas de las tumbas, las más modernas ya incorporaron otros materiales. La facilidad de moldear este tipo de piedra justifica su popularidad, pero a la vez le hace presa fácil de la erosión, por lo cual muchas de ellas lamentablemente han pedido sus inscripciones.

Pintura al interior del osario.
Mis recuerdos personales del lugar son de mediados de la década de 1970, para entonces, al ser ya muy pocos los descendientes de los ahí sepultados, permanecía cerrada casi todo el año la reja de entrada que supongo era la original, porque era forjada.

Como casi todos los niños del barrio de la época, cada vez que pasaba por ahí, me asomaba a través de la reja para leer el poema que desde ahí era visible en la amarillenta pared,  y subido en ella, vislumbrar las tumbas de las partes bajas.

Por una casualidad pude entrar al lugar, dado que un vecino de la Plazuela Guadalupe Victoria, don Guadalupe Trejo, tenía la llave de la reja, y en un mes de noviembre de esa década nos envió a su hijo y a mí a abrir el panteón y estar al pendiente por si se presentaban familiares de los ahí sepultados a arreglar algunas de las tumbas y conseguirles agua para las flores y obtener una gratificación.

Fotograma de la película "las vírgenes locas" de 1972, patio inferior 
Dado que fueron realmente pocas las personas que se presentaron ese día, el monetario fue igualmente exiguo, pero todo el panteón fue nuestro durante varias horas. Hago mención de que el abandono era total: muchas filtraciones de agua de los techos; el osario contenía aún huesos y mucha basura; las palomas que lo habitaban habían acumulado bajo sus nidos gran cantidad de desechos; bastantes lápidas estaban rotas y el polvo acumulado permitía que la vegetación creciera en paredes, techos y en el suelo entre las tumbas y sobre ellas; Los murales aún se distinguían pero ya muy deteriorados; Varios nichos habían perdido su lápida frontal  y se asomaban los restos humanos, incluso ropas. Todas las paredes perdían su pintura  y las del mirador mucho del aplanado.

Fotograma de la película "las vírgenes locas" de 1972, interior de la capilla.
A pesar del abandono o quizá por eso mismo, la capilla era el lugar más impresionante, al no haber luz eléctrica, al entrar en ella y ver que de los nichos sobresalían huesos verdaderos incrementaba el ambiente sobrecogedor.

Una década después, en 1980, el edificio se destinó para albergar el primer museo de la ciudad, bajo administración municipal, sobre todo para albergar el gran acopio de material arqueológico de la zona vecina, es entonces cuando un grupo de sanjuanenses remozó en lo posible el edificio. Aclaro que desde entonces muchas lápidas cambiaron de lugar, ante la imposibilidad de hallar su ubicación original, a donde se pudiera, otras se acumularon en el vestíbulo y se trató de al menos cubrir todas las sepulturas con una. Se conservaron casi todas, aun las que no tenían ya inscripción. Varias de las tumbas "altas" se reubicaron.

Poesía alusiva en las paredes.
Poco después se decidió que la museografía cambiara  y  se destinara como “Museo de la Muerte” como permanece en la actualidad, con su única sala dedicada a la temática referida, respetando el resto de edificio, es decir, el viejo panteón de la Santa Veracruz, en la cornisa natural, en la que los viejos sanjuanenses ahí sepultados, contemplan el crecimiento de la ciudad que los vio nacer, vivir y morir. Sea para bien esta nueva remodelación que nos permita conservar muchos años más  uno de los edificios más más emblemáticos y bellos de nuestro patrimonio histórico.
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EL CHICHIMECA AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
Todas las fotografías presentadas son de antes de la remodelación, espero asistir pronto a tomar algunas actuales. Todas son personales, excepto la de Turismo y los fotogramas.
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Les recuerdo que el próximo sábado 12 de noviembre, en el Portal del diezmo, a las 7:00 p.m. Fernando roque presentará su libro En mi viejo San Juan... del Río. Ahí nos vemos. Estaré apoyando a Fernando en la venta de libros, a un precio irrisorio. No compre un libro, recupere sus recuerdos. La venta no tiene fines lucrativos, sino apoyar al autor en nuevas publicaciones.
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