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miércoles, 18 de noviembre de 2020

La torre de vigilancia

 

Retomo actividades tras breve receso por asuntos profesionales.

En entradas pasadas, he dado cuenta de algunos elementos arquitectónicos presentes en la ciudad, cuyo sentido no se explica en la actualidad sino al conocer su historia antigua, se les llama testigos del tiempo.

La avenida Juárez, testigo mayor del tiempo.

El más visible que por cotidiano nunca notamos está en el centro histórico, en la que es su principal arteria, la avenida Juárez. Nadie se explica porque tiene curvas si se supone que fue de las primeras que se trazaron, es decir había espacio suficiente para hacerla recta y sin embargo tiene cambios extraños de dirección.

 Aunque algunos suponen alegremente que es así porque el Camino  Real se trazó sobre un antiguo arroyo, la realidad es parecida, pero no exactamente. No se puede construir un camino sobre un arroyo, porque cada vez que el agua bajara por él lo destruiría o al menos dejaría inutilizable por un tiempo. La solución fue sencilla, en lugar de ir por los arroyos, se decidió hacerlo a su lado.  

 


Imagen modificada personal, de un calendario comercial
La línea gris es el trazo del antiguo camino Real desde su entrada a la zona urbana (A) hasta su salida en el puente de la historia (B)
Las líneas azules son los posibles trayectos rectos que no se tomaron por los accidentes orográficos.
Desde la carretera a Tequisquiapan (ab)
Desde la curva (CB)
Desde la cárcel (DB)


Después de la indeterminada fecha de creación del centro del pueblo, pero que con seguridad ya estaba en la década de 1550 y que el trazo definitivo de dicha avenida, como parte del camino Real fue en la década de 1580, la población era mínima y de haber querido hacerlo recto, lo más que se hubiera afectado eran algunas milpas, no había impedimento legal y sí la obligación de las autoridades de garantizar el paso libre y espacio para comerciantes y proveedores dentro de un pueblo de indios .

Puestos ante el panorama de llegar a la parte más vadeable del río, que es la zona del actual Puente de la Historia, los constructores optaron por atravesar los arroyos en alguna parte plana y seguir el camino a un costado, cuando ese arroyo se acercaba al río, se pasaba a otro, se cruzaba e igual se seguía a un costado y así sucesivamente, la ventaja es que eran temporaleros y poco profundos por lo que se podían atravesar fácilmente y por ser solo unos metros sobre ellos el paso, era relativamente sencillo nivelar esa parte.

Localmente el camino iniciaba en una garita ubicada a mitad del actual Boulevard Juárez, entonces una especie de barranca no muy profunda, seguramente se rellenó solo en las partes más necesarias. Al llegar lo que hoy es “la Curva”, había un arroyo que ya casi no se nota por arreglos modernos, sobre todo el peralte de la vieja carretera panamericana, arroyo que iba hacia Mariano Jiménez y Reforma, se libró simplemente haciendo el camino a su lado.

 Después aparecían otros dos, uno esencialmente la hoy calle de Allende y otro que bajaba por Galeana, ambos superados pasando igualmente el camino a un lado de ellos, al llegar cerca de la antigua Presidencia Municipal, que era donde terminaba la meseta del centro, había otro que iba a desembocar al río cerca de San Luis Montañez (antigua Manzanares) que también se cruzó y bordeó. Es la razón de las curvas antes y después de la cuadra donde está dicho edificio, si se hubiera seguido recto se llegaba al río, pero en un lugar no vadeable.


Fotografía personal, Avenida Juárez, una de las inexplicables curvas.


Muchos de esos arroyos aún existen, no con la corriente ni pendiente de antes, por rellenos y nivelaciones a las calles. Se pueden observar siguiendo la ruta del agua durante las lluvias. Contrario a otras calles de la ciudad, esas sí trazadas sobre los arroyos o encauzándolos para permitir el paso del agua enmedio, en el camino Real se pasaron de lado, ya que, aunque ninguno era caudaloso, los escombros dejados por la lluvia podían impedir el paso a las carretas, así que, atraviesa varios, pero el agua no corría sobre él sino a un lado, por los cauces naturales, muchos ya obstruidos.

Casi al final de la actual avenida desembocaban al río dos últimos arroyos, uno cerca de las actuales calles del Pasoancho y callejón del Olvido y otro que iba a dar cerca del hoy puente de la Historia, es la razón de la última curva, cerca de Jesusito. Ambos tuvieron el tratamiento descrito.

Y dentro de la Avenida como testigo, hay otro: 

La torre de vigilancia

También ya he mencionado que la cárcel local se ubicó por casi cuatrocientos años en el mismo lugar, el edificio, con muchas modificaciones, aún se encuentra en pie. En plena avenida Juárez.

Fue edificado, según menciona Ayala, en un terreno perteneciente a la República de Indios y cercano al camino Real, detrás de él, en un inicio se encontraba un terreno en desnivel sin utilidad por ser parte de las Peñitas, hoy ocultas bajo las construcciones, pero aún se percibe que hay algo ya que el nivel del suelo al sur de la manzana esta casi seis metros debajo del de la avenida.

 Tiene una historia curiosa esta cárcel, porque las primeras referencias de ella, que serían de finales del siglo XVI y principios del XVII, la describen como una especie de corral circundado con tablas, que no debieron ser muy altas o muy cerradas porque, no existiendo aún para la mayoritaria población indígena el concepto de cárcel como lugar de reclusión sino donde esperaban a que se les diera sentencia, frecuentemente la abandonaban para ir a hacer cosas importantes, el colmo está en un documento de un proceso seguido a un indígena sanjuanense en Querétaro por esos años, atrapado en un delito, cuando se le preguntó dónde vivía, contestó que en… la cárcel de San Juan del Río, otros decían que se salían porque tenían que trabajar y otros motivos similares. Así que cárcel, cárcel, no era.



Imagen tomada de Google 2020. la manzana de la cárcel.
lo delimitado en amarillo es el área probable de las casas consistoriales o de administración virreinal, dentro de ellas, en rojo, el edificio de la cárcel. En blanco, la parte trasera, antes zona de peñas en descenso, seis metros por debajo. Las delimitaciones las marcan los tipos de bardas.


Para los siglos siguientes, cambiado el sistema de justicia, la cárcel, ocupando el mismo predio se construyó de cal y canto, las instalaciones de administración debieron ocupar toda la cuadra (excepto la línea de casas que están en Reforma, que son más recientes. Observando la barda trasera, se puede documentar que era muy alta y llegaba hasta la zona donde hoy es el hotel y el negocio de telas. Posteriormente esa parte pasó a manos particulares como casas y en la esquina con allende un mesón de los muchos que tuvo el pueblo.


Fotografía personal, fachada de la vieja cárcel cuando era Centro histórico y Cultural.

Por la parte de atrás de la cárcel, como ya mencioné casi a la mitad de la manzana, el nivel descendía hasta donde de inicio era parte de la Plazuela de los Trabajos, pero no había construcciones mayores por estar las peñas de cantera a flor de suelo.

A pesar de tener ya una construcción sólida, la cárcel generalmente se encontraba en estado lamentable, son innumerables las veces que fue reparada y rediseñada por frecuentemente derrumbarse paredes, deteriorarse otra y, por el método constructivo, piedras unidas con lodo, la continua horadación de los internos para hacer boquetes por donde escapar, unas veces por el frente, pero más frecuentemente por atrás.

 


Imagen de Google 2020 esquina con Reforma, en lo alto se ve la barda de la cárcel, la franja de casas en esa calle son de época posterior.


Parece que, a partir de la desaparición de la República de Indios, que la mitad sur de la manzana pasa a particulares y al menos se le ponen bardas, insisto en que no era terreno de cultivo y empiezan a edificarse algunas casas. Es la actual acera norte de la Plazuela Guadalupe Victoria. De esa manera se circunda por fin la manzana, del lado de la avenida, completamente edificada, por el lado sur, completamente bardeada.

No sé si era el destino de la cárcel ser porosa o el carácter indómito de los habitantes que los instaba a la fuga, creo que la mala construcción era lo que losa incitaba porque en la época independiente sigue habiendo reportes constantes de fugas.

Para el siglo XIX, la cárcel, entre derrumbes y horadaciones intencionales, seguía siendo objeto de constantes fugas, Salvador Barrera en sus Testimonios menciona una de tiempos de Villa, cuando  ocupada la ciudad por sus tropas, a las autoridades locales, se les ocurrió presentarse ante los jefes villistas  con el resultado de que fueron mandados a la cárcel para ser fusilados. Se salvaron gracias a la fragilidad del lugar que ellos bien conocían y por la parte trasera, saltaron la barda y escaparon por la Plazuela, donde incluso ya les tenían prevenidos unos caballos y pudieron huir.

Solo mencionaré que las reparaciones y deterioro del edificio continuaron, son constantes las solicitudes de apoyo del gobierno municipal al estatal con tal fin. Para la década de 1950  existió en la ciudad un personaje del solo he hallado algunos datos, pero al parecer era muy conocido y popular, supongo que no era un criminal peligroso, pero sí travieso, el caso es que constantemente caía a la cárcel y constantemente se fugaba, incluso en los reportes de la policía ni se menciona su nombre, solamente su apodo: “el chapulín”, que parece ser le venía por su facilidad para saltar las bardas, esencialmente las de la cárcel. La última ocasión en que se le menciona, en la década descrita, junto con otros presos  volvió a escapar, ya habiendo más casas en la parte trasera de la manzana, tomaron las azoteas a los lados, bajando en la esquina, en el patio del Mesón de San Pablo, donde había un velador que estaba dormido y despertado por los ruidos le dijeron que acababan de entrar al baño y salieron por el amplio portón hacia la avenida Juárez.

Otro de los motivos por los que esta fuga fue lateral es que ya existía el que hoy es otro de nuestros testigos del tiempo: la torre de vigilancia.


Fotografía personal,  interior de la cárcel, la torre, en el límite trasero original.


Producto de tantas fugas, sin tener fecha determinada, las autoridades decidieron colocar lo que se conoce como la torre de vigilancia, que en realidad es una atalaya o parapeto, con solo dos orificios lineales para sacar los rifles, se encuentra al fondo del edificio original, aunque detrás siempre hubo una zona de amortiguamiento, no ocupada, hasta el siglo XX, cuando en la última reconstrucción se amplió el edificio hacia esa parte, se ocupó como biblioteca municipal. Se supone que ahí había un vigilante permanente para, en caso de fuga, disparar hacia el baldío que por estar metros abajo, facilitaba el accionar de las armas. Hoy, en caso de hacer algún disparo desde ahí, chocaría con una pared, pero Considérese el hecho de que lo que era la parte peñascosa hoy está ocupada por casas y así cobra sentido este testigo.

Fotografía personal, desde lo alto, la torre de vigilancia.
 

Su material es muy rústico y es muy pequeña. Supongo que no cualquiera aguantaba ahí en tan incómoda posición el lapso de guardia, lo que aumentaba las posibilidades de huir.

El lugar dejó de ser Cárcel municipal a finales de la década de 1960, se remozó y amplio de alguna manera, dándosele uso cultural, se conoció como Centro Histórico y Cultural  y todos los espacios se dedicaron a actividades culturales a nivel municipal; Un pequeño museo, una biblioteca, salones de clases, salas de exhibición, oficinas.



Fotografía personal,  del antiguo patio de la cárcel

 Hace unos 5 años, el  lugar fue desocupado, falto de mantenimiento como siempre, se deteriora a paso acelerado, no parece haber interés por arreglarlo, o parece ser el interés que no se arregle, no sería de extrañar que algún día aparezca en su lugar una plaza comercial o un set de aparatos de ejercicio. Su sistema constructivo mayoritariamente de piedra y lodo que no ha cambiado en siglos no ayuda mucho, sin mantenimiento poco a poco cae por su propio peso, pero si durante cuatro siglos se pudo mantener, ¿por qué ahora no?


Si deseas conocer otros testigos del tiempo, da clic en el siguiente enlace

Testigos del tiempo


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Los viejos edificios públicos

El tragadero de San Juan

El tragadero en gráficas

Camino real de San Juan

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EL CHICHIMECA AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD    ______________________________________________________________

Un saludo a la maestra Marimar Santana, antigua encargada del Archivo histórico Municipal, quien fue, en su oficina, ubicada en el mismo edificio, vecina de la torre de vigilancia y quién me informó qué cosa era eso que ya había visto, nunca había sabido qué era.

La historia del americano la encontré en un libro en inglés, donde él mismo narra su aventura, dedicando muchas páginas a su estancia en San Juan del Río, creo que merece una entrada aparte, prometo escribirla pronto.

 

 

martes, 18 de agosto de 2020

El bobo del semáforo (Edición de aniversario)

 El bobo del semáforo (Edición de aniversario)

 

Esta es una de esas cosas que ocurren o acontecieron en tiempos pasados aquí en San Juan del Río, sobre todo a mí y que cuando las platico, nadie me cree, pero  como hay que consignarlas, a veces no tengo más remedio que escribirlas, a ver qué les parece:

Hace algunos años, tantos que ya casi nadie lo recuerda, aunque la mayoría de los que lo vivimos aún andamos por aquí, el tramo de la avenida Juárez, entre “la Curva” e Hidalgo, era de dos sentidos, es más, toda la avenida lo era, poco tiempo hacía que había dejado de ser parte de la Carretera Panamericana y el tráfico que por muchos años había sido intenso, se había reducido al mínimo, lo cual era aprovechado para desarrollar altas velocidades por los escasos conductores locales y alguno que otro despistado que bajado de la autopista creía que la antigua carretera que atravesaba la población aún existía y tenía preferencia.

No tanto por el tráfico, sino por las altas velocidades, el gobierno, siempre previsor, decidió que esta, la principal calle de la ciudad tenía necesidad de entrarle a la modernidad y qué mejor símbolo de ello, que instalarle un semáforo. Y ni tardos ni perezosos colocaron uno en el extraño cruce de la ciudad, es decir casi en la esquina con Guerrero, extraño porque no es esquina en ningún lado, pero era muy usado entonces y hasta hoy. Lo novedoso consistía en que fue el primer semáforo que hubo en la ciudad.

Fue notoria la rapidez con que se procedió, ser supone que por ser uno que ya se tenía prefabricado, muy simple a comparación de los actuales, un tubo curveado para que las luces que formaban parte del mismo cuerpo quedaran horizontales. En el gusto que se tenía en la ciudad por la posibilidad de acceder a tal modernismo, nadie hizo caso cuando se dijo que era un semáforo preventivo.

Precisamente por ser preventivo, es decir que no tenía los tres colores, solo amarillo y parpadeante para poder llamar la atención de quienes en sus autos transitaban por nuestra avenida de oriente a poniente y se fueran acostumbrando a que había que bajarle a la velocidad, la sorpresa fue para los que no pusieron atención y esperaban ver los tres colores como un galardón más de la ya para entonces como seis veces heroica avenida Juárez, que había sido en retrospectiva: Carretera Panamericana, Camino a Querétaro, Carretera Nacional y Camino Real. A nivel local, específicamente, el nombre oficial de la avenida completa era Gran Avenida Juárez, pero también se le nombraba por tramos: donde se instaló el semáforo era la confluencia entre las llamados Calle del Diezmo y Calle del Sacromonte.  

Existen en los archivos de don Gustavo Nieto, que era el presidente municipal en aquel entonces, algunas fotografías que documentan la inauguración del semáforo, la primera que vi la encontré de casualidad hace pocos años en su página de Facebook, me llamó la atención porque algo recordaba del semáforo, aunque no lo tenía muy claro.

Teniendo como fondo la reja del atrio del Santuario del Sacromonte, se ven algunos adultos, entre ellos el Presidente y un grupo de estudiantes, según deduje, de la cercana escuela, que habían sido llamados para dar realce (no es cierto, se les llamaba para hacer bola) la fotografía era poco clara, pero da constancia de la expectación que causó, incluso, uno de los estudiantes se observa con la boca abierta y la mirada hacia arriba, seguramente al momento preciso de ver encendido por primera vez el artilugio. Incluso comente a alguien que cómo estaríamos de inocentes en aquellos tiempos, que a ese  niño ante lo que veía hasta la baba se le caía.  



Fotografía de la página de Gustavo Nieto, quien aparece a la derecha del poste y a la izquierda... un bobo

 Pasado algún tiempo, aparecieron más imágenes, también de don Gustavo, esta vez más claras, del mismo evento que por cierto fue muy corto y consistió básicamente en el encendido, unas palabras a viva voz, los consiguientes aplausos, algunas fotografías y listo, cada quien para su casa. Pasarían algunos años más para que en el siguiente crucero de la misma Avenida, es decir en su esquina con Hidalgo se instalara el primer semáforo realmente funcional y otros más para que apareciera otro, único en el mundo que, en lugar del color verde, tuviera … azul y otro que resultó carísimo y motivo de un pleito que lo dejó ahí inservible, pero esa ya es otra historia.


Imagen tomada de Google Street View 2020  El sitio del primer semáforo de la ciudad.

 La verdad, con la primera fotografía no recordaba nada claro, pero en las nuevas gráficas tuve la posibilidad de ahora sí, ver que en los asistentes había algunos conocidos y en ese momento  todo volvió a mi memoria.

 

Fotografía de la página de Gustavo Nieto. Otra vez el niño junto al poste, bobeando a otro lado.

El evento se realizó en el año 1977, cuando yo cursaba  el sexto grado en la cercana escuela primaria Mártir de Chihuahua y seguramente por esa cercanía, al presidente se le ocurrió ir con la directora, que era la maestra Catalina Barrón para que le prestara unos alumnos, fue cubierto por la escasa prensa local, pero hubo también periodistas de Querétaro.

Así, con las nuevas y más claras imágenes pude reconocer a algunos de mis compañeros de escuela y amigos de años: Leonardo García Santiago y Mario Becerril Pineda, de la Cuesta; Pedro Juan Sedano Bautista de Francisco Villa, Enrique Corona Yáñez, del callejón de Pino y …  el bobo que anteriormente había visto, solo que ahora por la mejor calidad de la fotografía y el regreso de mis recuerdos ya fue completamente reconocible, portaba ese día como uniforme, una playera polo blanca con una calcomanía de caballito a la derecha, el cierre del pantalón bajado y otros indicios que lo caracterizaban entonces, porque resulta que uno de los grupos que ese día salieron de la escuela fue el mío.

Entre las imágenes, aparece también mi maestro, Agustín Ugalde Martínez, que en esos tiempos era muy parecido físicamente a don Gustavo y si no mal recuerdo, de edades similares, igual que la maestra Cata, por lo que supongo eran conocidos.

El bobo del semáforo, no  crean que se me pasó, ahora anda escribiendo en blogs.

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 Ah, el aniversario es mío


Imagen tomada de Google Street View 2020  En el sitio donde la banqueta disminuye, la huella del primer semáforo y dos posteriores.


Imagen tomada de Google Street View 2020. Unos metros adelante, el semáforo actual. Si el anterior no daba como crucero, este menos, ni siquiera da con ninguna esquina, pero es uno de los más concurridos de la Ciudad,

Fotografía de la página de Gustavo Nieto. Gustavo Nieto y Catalina Barrón. mi maestra de 1° y 5° en la Mártir de Chihuahua, de la misma época del semáforo.

lunes, 9 de marzo de 2020

EL PODER DE LA ANÉCDOTA 2


EL PODER DE LA ANÉCDOTA 2


Fueron las dos a un día de campo, la anécdota fue de jeans, la historia de vestido largo, rojo para ser precisos, solo una disfrutó el paseo y a la hora de relatar lo sucedido en él, la historia solo dio algunos datos, la anécdota fue grandilocuente. La Historia es de las que se casa de blanco, la anécdota prefiere la unión libre, la historia es recatada y modosita, a contraparte de la anécdota, que asiste a las manifestaciones y hasta lleva su espray.

Pongo a su consideración de nueva cuenta, algunos hechos que no entran completamente como históricos por la fugacidad de sus datos y lo etéreo de su contenido, lo que me obliga a algunos permisos literarios para armarlos, aunque aclaro que son verdad y fui testigo de ambos, uno a través del periódico local y el otro de manera presencial.


NO ERA UN TESTIGO

Al finalizar la década de 1960, la vieja cárcel local que anteriormente se encontraba en su centenario edificio junto al Santuario del Sacromonte, fue trasladada al anexo del convento de Santo Domingo que ya para entonces tenía casi un siglo funcionando como Presidencia Municipal. Solo un muro separaba ambas instalaciones, el convento, propiamente dicho y el anexo, aunque no tenían comunicación interna y eran dos instalaciones diferentes, con sendos accesos en la Avenida Juárez.

Imágenes  de Google Street Viewer. Antiguo convento de Santo Domingo. A la izquierda, la hasta hace poco Presidencia Municipal, a la derecha, la antigua cárcel. La barda que separaba ambos conjuntos estaría más o menos donde se unen las dos fotografías.

El convento contaba con un patio central, adornado por una fuente y en derredor tras sencillos arcos, lo que fueron las crujías y habitaciones de los frailes, que al pasar a uso público se adaptaron en lo posible para las diversas dependencias municipales y así llegaría para la fecha mencionada.  

Una de ellas eran los juzgados de lo que después se llamaría primera instancia, donde se ventilaba toda clase de asuntos, desde civiles hasta penales. Estaban en la sección oriente del patio.  
  
La cárcel, en la otra instalación, igualmente ocupaba lo que ya había sido adaptado desde muchos años antes para que funcionara la escuela Sor Juana Inés de la Cruz, que al trasladarse a sus entonces modernas instalaciones de la calzada Hidalgo, frente al Mercado Reforma, dejaron para el uso municipal y estatal los viejos edificios.

Imagen de los años sesentas, de la Mexicana de fotógrafos. En el anexo aún estaba la escuela .

Así, una gruesa y antigua pared que antes separaba el convento de su anexo ahora lo hacía para los juzgados y la cárcel.

Un buen día, ya bien entrada la década de los setentas, en una de las peliagudas sesiones que desahogaban los juzgados, se incluía un careo entre algunos involucrados en un pleito del que ya no se recuerda el motivo y en el que como siembre, todos los presentes decían tener la razón. Fue una dura jornada para los funcionarios, debieron agudizar al máximo los sentidos para poder escuchar tan diversos alegatos, conceder la palabra, hacerse oír y dar la formalidad al accidentado momento. Solo uno de los presentes guardó silencio, se dice que incluso parecía hacerse hacia atrás e inmutable, contemplaba la escena recargado en un archivero, cuando todos los demás trataban de ganar los espacios al frente. Desde el inicio cada bando pintó su raya y poco respeto tenían por los turnos para declarar que concedía el juez, solo bastaba el primer monosílabo emitido por la garganta de alguno, para que, al unísono la parte contraria soltara las peores diatribas. El mencionado, parecía ocupar la parte central, nunca se escuchó su voz, ni a favor ni en contra de los bandos. En un momento el juez y las mecanógrafas se dieron cuenta de ello, pero supusieron que era un testigo al que le tocaría declarar al final. Después, en el maremágnum que se generó, ya nadie se acordó de él.


Fotografía personal , interior del exconvento. Tras los arcos las oficinas municipales.

Obviamente no hubo acuerdo alguno. Al concluir la accidentada mañana, el juez fatigado, sacó un pañuelo y se limpió el sudor de frente y cara – Es duro hacer cumplir la ley. Las secretarias y actuarios, en silencio trataban de ordenar el amontonadero y desorden de legajos que la sesión había dejado,

No faltó alguien que comentara el mutismo del hombre del archivero, no se movió nunca de ese lugar, solo entonces trataron de ver de qué bando de los de la reyerta era. Resultó que no era de ninguno, todos los involucrados y sus testigos registrados habían participado, sin que faltara uno solo, vaya si lo sabían ellos, todos estuvieron, llegaron incluso a contar cuantos debían estar, sobraba uno, el que guardó silencio, pensaron que nunca sabrían quién era. Apenas instantes después, algunos ruidos y voces detrás del multicitado archivero les traerían dos noticias, una buena y una mala, la buena era que sí sabrían quién era el misterioso hombre del silencio, la mala: Era un preso de la contigua cárcel.

Los muros antiguos se elaboraban a partir de la unión de grandes piedras con un mortero de lodo y recubiertos por un material que actualmente se llama arenilla, que es una especie de cemento, que de inicio es durísimo, pero al paso de los años van perdiendo ambos materiales sus propiedades, el lodo se va desecando y contrayéndose, la gravilla se hace arenosa y fácil de quitar sin herramienta alguna, incluso con una uña es posible derrumbar hasta una barda, solo es cuestión de paciencia y tiempo, de los que dispone en abundancia cualquier recluso.

Así, uno de ellos, con la creatividad que da el no pasar del tiempo, en la soledad de su celda, elucubró que podía horadar la vieja pared que contenía su libertad y no fue difícil que del pensamiento pasara a la acción y tras rascar un hoyito en la pared, lo demás fue fácil. De alguna forma consiguió ocultar la tierra rascada y en algunas jornadas más pudo acceder al alma de la barda, quizá un par de grandes piedras le costaron más trabajo, pero igual pudo continuar.

Algunas noches después, vio la luz, bueno, no la vio, ya dije que era de noche, pero pudo acceder al aplanado del otro lado, igual de viejo, igual de fácil de quitar. Una pared metálica apareció, por un momento pensó que todo había sido en vano, y que había una protección adicional, pero poco tardó en descubrir que era un mueble, que podía mover, un … archivero.

Imagen tomada de Internet, crédito a quien corresponda, época actual,  la fuente no es la original, los arcos son iguales en el lado oriente, donde se ubica la oficina que antes fue juzgado.

De alguna manera consiguió pasar al juzgado y esperar a que se abriera su puerta y confundirse con los asistentes, lo demás ya fue narrado. Seguramente fue el primero en salir de la audiencia, contemplar la centenaria fuente del patio, quizá hasta iba pensando en cuál de los dos bandos tenía razón, pero al instante recordó que tenía que escapar rápidamente, -que se hagan bolas ellos, al fin, que...

él no era un testigo.


NO ERA UN TAXI

En una de las recurrentes reubicaciones de vendedores y puestos ambulantes de toda índole que emprende el municipio, en la calle de Mina, frente a la bocacalle del entonces flamante andador Leonardo Bravo, habían sido trasladados algunos de los puestos de tacos que en diversos lugares de la ciudad expendían por las noches su mercancía en la década de los ochentas del siglo pasado.

Imagen de Google Street Viewer. Esquina de Nicolás bravo y Francisco Javier Mina. La camioneta Roja sería la ubicación del puesto,  la jacaranda de la izauierda señala la cantina del mismo nombre.

Eran de tacos de cabeza de res, que creo que son comunes en todo el centro del país, caracterizados por calentar al vapor la carne y las tortillas a través de un recipiente de agua bajo el comal al que accede el vapor a través de unos orificios en el metal. Para mayor aprovechamiento, poco antes de servir una orden, carne y tortillas son cubiertos por un plástico y en pocos minutos alcanzan la temperatura ideal para servirse, el resto de la magia la hacen los complementos clásicos: sal, cilantro, cebolla picada y unas buenas salsas.

Eran solo dos puestos de estructura metálica, portátiles a través de ruedas, pero creo que durante los años que ahí estuvieron nunca se movían, se dejaban al cuidado de unas cadenas, si no mal recuerdo ambos eran atendidos por dos integrantes de la familia Esquivel.

Fue precisamente en el que atendía don Concepción Esquivel, donde ocurrió lo que se narrará a continuación.

Imagen tomada de Internet, crédito a quien corresponda,  vista hacia la Iglesia, desde el lugar donde se ubicaba el puesto.

Imagen de Google Street Viewer. Vista contraria.

Eran aproximadamente las nueve de la noche, el puesto era especialmente popular, por el sabor de los tacos, lo céntrico de su ubicación, pero especialmente porque el popular “cabecita” ocupado en el tronco de picar, dejaba el resto del servicio en dos ayudantes, creo que eran sus familiares, las cuales, a pesar de ser muy serias, eran bastante agradables a la vista.

El puesto se instalaba en la orilla del andador, pero ya en la calle de Mina, por entonces solo cubierta por el empedrado ondulante de esos años y de tramo en tramo, algunos postes con lámparas de luz mercurial.

Imagen tomada de Internet, crédito a quien corresponda,  Don Concepción Esquivel Esquivel (QEPD) el taquero de la época.

Para quienes no la conocieron, ese sistema público, entonces novedoso y pregonado por todos los gobiernos municipales cuando la instalaban, en verdad era bastante deficiente y más que alumbrar “penumbraba” al grado que muchas veces era más potente la luz de la luna.

Así, pasado el breve espacio de los puestos, la calle hacia el sur se veía bastante oscura, apenas salpicada por la amarillenta luz que descendía de algunos de los postes 

 La noche de marras, el puesto estaba a rebosar, las damitas apenas se daban abasto para atender a la clientela que por los cuatro costados pedía la suculenta mercancía.

De la cercana cantina “las Jacarandas”, salió un sujeto, ese si propiamente dicho bien “alumbrado” y de apariencia bastante infame. No sé si de naturaleza o por los efectos del alcohol, pero era muy elocuente y no tardó en integrarse con sus comentarios al grupo de comensales parados (las sillas eran un lujo que tardaría en implantarse), a la vez que se embutía una buena ración de los tacos.

Su plática era en voz alta, la clásica de los que tratan de aparentar que no están alcoholizados. Al terminar el plato, de manera solemne, declaró que ya se iba para su casa. Y empezó una serie de episodios en los que se movía hacía el arroyo de la calle para ver si venía un taxi y abordarlo. Al no tener éxito, regresaba a seguir engullendo y conversando igual con el taquero que con los parroquianos -las muchachas hacía rato que lo ignoraban- para solo unos minutos después volver a tratar de obtener el transporte.

Los pocos vehículos que circulaban, para su mala fortuna, eran particulares. Poco a poco se fue formando una simbiosis, pues ya todo el personal estaba atento cada que él decía

-Ora sí, ahí viene un taxi

Imagen de Google Street Viewer. Esquina de Nicolás bravo y Francisco Javier Mina. A lo lejos, la sección donde Mina se convierte en Ezequiel Montes.

La escena se repitió varias veces, -ya me voy, -ahí viene un taxi.
-ya llegó, ahí nos vemos.
- Ora sí, ahí viene.

Poco a poco, dejamos de hacerle caso y en cada ocasión eran menos los que volteábamos a ver el vehículo en turno.

Cansado de cansar y quizá al ver que estaba perdiendo protagonismo, en voz un poco más alta, declaró contundente al observar a lo lejos unas enésimas luces

 -Ora sí, ¡Chingo mi madre si no es un taxi!

Como en la cámara lenta de las películas, todos volteamos a lo lejos para ver el lento recorrido de las luces divisadas desde allá donde la calle Mina se convierte en Ezequiel Montes.

El tiempo pareció congelarse y por instantes solo existió la mirada colectiva hizo un paneo hacia ese punto. El auto avanzó e igualmente lento pasó frente a nosotros.

Salidos del letargo, todos volteamos hacia donde habíamos visto por última vez al parlanchín sujeto. Ya no estaba y ni señas quedaban de él.

Parece que cumplió.

El auto, no era un taxi.


Fotografía personal. Oleo de Armando Otero, de la misma esquina, incluida una de las jacarandas, (el árbol, no la cantina,  una de las más antiguas de la ciudad.)

martes, 29 de julio de 2014

Ahí viene el tren… de mulitas

La modernidad

Todos les habían avisado, pero llegado el día nadie estaba preparado. Unos pocos lo escucharon apenas como un susurro que venía del rumbo de Cazadero, minutos después, cuando asomó en la vuelta del cerro del Pedregoso, todos pudieron escuchar de manera clara su horrible silbido y  ver la cauda de humo que dejaba a su paso. Era el año de 1881, a finales del mes de noviembre cuando el llamado “caballo de hierro” se aposentó en la flamante estación, construida en los terrenos que habían sido de los ranchos  la Guitarrilla y el Carrizo, después de avanzar 191 km desde la ciudad de México.
Máquina y vagones del Central Mexicano, de los primeros que llegaron a San Juan del Río, tomada cerca del "Puente de Fierro" Fotografía de William Henry Jackson, circa 1886 (detalle) LOC U.S.A.
Auspiciado desde los gobiernos de Ignacio Comonfort, pasando por los de Santa Anna, Maximiliano y Benito Juárez, correspondió al de Sebastián Lerdo de Tejada en 1873 la puesta en marcha del primer sistema ferroviario completo y funcional del país. Compitiendo en carga y pasajes con arrieros, carretoneros, diligencias y carruajes. Fácilmente los dejó en calidad de antiguallas e inició un expansivo crecimiento que apenas 8 años después lo tenía a las afueras de San Juan del Río y por el lado contrario, apenas traspasando el río, ya estaba tendido el camino de hierro hasta la ciudad de Querétaro.

Originalmente la concesión había sido otorgada a inversionistas del estado, pero al no poder cumplir los requerimientos, se les dio a los propietarios del Ferrocarril Central, compañía que administró el tramo de México a Querétaro.
No se crea que los transportistas en pequeño (y lento) desaparecieron de inmediato, durante muchos años siguieron su actividad normal, si acaso, los arrieros disminuyeron el tamaño de sus recua y los carruajes hicieron más cortos sus viajes, la vida para ellos siguió igual, siguieron atravesando San Juan del Río por el viejo camino Real, usando toda la infraestructura que los habitantes habían creado durante más de tres siglos, en la hoy Avenida Juárez, en su tramo desde Pino Suárez hasta la hacienda la Venta y continuaron usando el viejo puente de Piedra, ¿para qué les servía a ellos el de Fierro?
Estación de pasajeros del Ferrocarril central Mexicano, a la derecha la estación de carga, en las dos se podía abordar el Tranvía Urbano. Fotografía antigua, crédito a quien corresponda.
La Estación del ferrocarril, por esta en las afueras de la ciudad, no tenía para sí esas ventajas, seguramente muchas de las viejas carretas y animales se usaron inicialmente para transportar a personas y carga desde ella al centro, pero no tardó  mucho en que a alguien se le ocurriera buscar un sistema acorde con la modernidad: el Tren Urbano.

Recordemos que a pesar de que oficialmente San Juan del Río  ya era ciudad, en la práctica seguía siendo un pequeño pueblo, con una zona urbana aún más pequeña; detrás de la calle Morelos, todo eran milpas, sus últimas casas  estaban en lo que hoy es la esquina de Rayón con 20 de noviembre. (la primera se llamaba Calle de “Don Eusebio”, la otra ni siquiera nombre tenía) No había acceso directo al centro de la ciudad (los jardines) porque todavía no existía lo que hoy es Hidalgo Norte en su tramo de Plaza de los fundadores y este mismo jardín estaba rodeado por una barda atrial.
Un año después algunos de los empresarios queretanos que habían perdido la concesión del ferrocarril;  Antonio Gayón e Ignacio de la Peña, tuvieron como premio de consolación, el poder explotar inicialmente los trenes urbanos. (en San Juan y Querétaro)
 
Este sistema consistía en pequeños vagones para pasajeros y plataformas para carga que se desplazaban sobre una vía angosta de rieles delgados. A pesar de que ya había tecnología para hacerlos motorizados, la concesión se otorgó con tracción a “Sangre”. (Es decir con mulas) Por ello se conocían genéricamente como tren de mulitas, o tranvía urbano. En San Juan del Río oficialmente se llamó Ferrocarril Urbano, pero ninguno de ellos fue con el que los usuarios lo conocían, aquí su nombre fue siempre “el Circuito”. (Seguramente su recorrido hacia una vuelta)

Para su funcionamiento, se regían por un reglamento gubernamental muy específico que incluía tarifas, carga permitida en volumen, número de pasajeros, etc. incluyendo lo relativo a presentación y modales de los conductores. Según el número de pasajeros o de carga, se podían acoplar varios vagones o plataformas, formando un pequeño tren.

La ruta:

El 12 de diciembre de 1882, inicia sus recorridos “el Circuito”
Tomando como punto de partida la estación de pasajeros y la de carga, se dirigía por la actual calle 5 de Mayo, que era la única que llegaba hasta ahí  (insisto, no existía todavía Hidalgo Norte, menos Pablo Cabrera) atravesando milpas que era lo único que había (creo que era un camino entre milpas que fue ensanchado expresamente para servicio de la Estación, se le llamó “la Calzada”)  hasta llegar a Morelos, antigua calle “del Obraje” donde iniciaba la zona urbana.
Plano de Ignacio Pérez Circa 1885, la letra J indica la Estación de pasajeros del Ferrocarril Central, la letra I, la estación de Carga. La línea roja, es la vía del tren Urbano, que se unían antes de tomar "la Calzada", actual 5 de Mayo.

 

Esquina de la Calzada y la calle del Obraje. (Hoy Cinco de mayo y Morelos)

Ahí, giraba a la derecha hasta llegar a la actual Plaza de los fundadores, en ese entonces llamado Plazuela de San Juan Bautista, que tenía que rodear, (recuérdese que era un jardín cerrado con barda) Al terminar este giraba a la izquierda,  frente a la calle de “la Amargura”, hoy Matamoros y tomaba la calle del “Curato” (hoy 16 de septiembre) para llegar a la actual Av. Juárez, donde daba vuelta a la izquierda para llegar a la Plazuela del Sacromonte (hoy jardín de la Familia.
Centro de la ciudad, el tranvía daba vuelta al Jardín, para tomar rumbo a la calle de Don Esteban (actual 16 de septiembre)

Actual Av. Juárez, la letra C indica el templo del Sacromonte, extremo final del "Circuito" al oriente.

Aunque se dice que tenía varias rutas, en realidad solo era un recorrido, en tres partes,  supongo que aquí terminaba la primera, se bajaban algunos y daba vuelta,  ahora por toda la Av.  Juárez hasta el puente de Piedra. Ayala dice erróneamente que se detenía en la Garita de Querétaro, solo que para esas fechas ya no existían las Garitas, a lo mejor se refería a las ruinas de ella, que quedaban por ahí, en algún lugar cerca del puente)



Plano de Ignacio Pérez, Circa 1885,  la línea roja indica la vía casi en el puente de la Historia, la letra W señala la estación del tranvía.
Del actual puente de la Historia,  regresaba al Jardín  de la familia. Donde retomaba el trayecto de regreso a la estación del ferrocarril.

Aunque se dice que tenía una estación afuera del actual Hotel Layseca en Av. Juárez, en realidad solo era una de las muchas paradas que hacía. Supongo que las fijas eran en los extremos, Plazuela del Sacromonte,  el puente de Piedra y ciertos lugares específicos, a los que se llamaba “sitios”,  que también supongo, solo eran respetados por los foráneos, los locales seguramente pedían parada en cualquier lado, si era afuera de su casa mejor.
Av. Juárez, junto al portal del Diezmo, fotografía tomada acerca de 1926, dos carros del tranvía de diferente modelo. Fotografía de Crisanto Álvarez.

Cabe mencionar que el trayecto de la vía no estaba tendido por el centro de las calles en que pasaba, se cargaba a una de las orillas, respetando las banquetas de las que tenían.

Lo que sería su verdadera estación, (o sea donde se quedaban las máquinas en las noches)  talleres y corrales estaba ubicada junto al llamado entonces portal de Cardoso (hoy de “la Covacha”) No estoy seguro, pero creo que las tres casas que siguen después del portal, eran anteriormente una sola, que todavía conserva(n) su amplio patio con arcos, donde pudieron caber bastantes de los carros y plataformas del tranvía y las mulas que los jalaban, la Estación estaría en lo que actualmente son los números 163 al 169 del poniente de la Av. Juárez.

Fotografía personal 2014: Av. Juárez Poniente, en alguna de las dos casas amarillas o la blanca estaría la Estación del tren de mulitas
El final

En los últimos años, la concesión de este medio de transporte estaba en manos de don Severino Ayala, (Padre del historiador Rafael Ayala, en dos ocasiones Presidente Municipal de San Juan del Río, dueño de la hacienda de Santa Rita) quien además tenía también concesionado el servicio del Restaurant en la Estación del Ferrocarril.

No tengo noticias si con el derrumbe en 1918 de la barda atrial del Jardín y la apertura de la flamante Calzada Jesús Carranza, (era su nombre oficial  la gente solo le llamaba “la calzada”. Como cinco de mayo también se llamaba igual, se le cambió a “Calzada vieja”) hoy Hidalgo norte, vía directa del centro a la Estación del Ferrocarril, el trayecto del tranvía se modificó.

El que a hierro mata, a hierro muere; nunca mejor dicho, los tranvías de hierro se sustituyeron por vehículos del mismo metal, en el año de 1926, las autoridades municipales obligaron a Don Severino a quitar sus vías, acabando súbitamente el servicio, seguramente ya existían muchos automóviles de alquiler y camiones de carga que lo hacían obsoleto.

Paradójicamente, cincuenta años después, a finales de la década de 1970, aparecieron en la ahora sí ciudad, los primeros camiones de transporte urbano, se llamaban “Delfines de San Juan” pero la gente mayor les decía “el Circuito”, como aquellos tranvías y también, como un histórico karma, pedían parada en todos lados, y cuando era posible, a la puerta de su casa, costumbre que no se ha perdido.
 
Calle 16 de septiembre, casi esquina con Ruiz Olloqui, abajo a la izquierda, se puede ver la vía del Tranvía. El letrero sobre la primer puerta dice GRAN FOTOGRAFIA OCCIDENTAL. Fotografía de cerca de 1920, de Crisanto Álvarez  que, obvio, era el dueño del establecimiento.
Casi enfrente de la anterior, esta es de 1925, sobre la vía del Tranvía, un carruaje, por la letra, el autor es el mismo.
Av. Juárez, al fondo el santuario del Sacromonte, abajo a la izquierda, la vía del tranvía. Foto de cerca de 1910, crédito a quien corresponda.
 
Fotografía de fecha y autor desconocidos, pero debe ser de antes de 1926. La calidad de la toma permite que se vea claramente la vía del tranvía, y permite apreciar su anchura y el grosor de los rieles. Es el inicio de la Calle 16 de Septiembre, desde la Av. Juárez
  

BIBLIOGRAFÍA

Ayala Echávarri Rafael, San Juan del Río, Geografía e Historia

Nieto Ramírez Jaime, Del Hacendado al Empresario

Pérez Ignacio, Plano de San Juan del Río.

González G. Hermanos, Transporte en Querétaro en el siglo XIX

Layseca José Manuel, La voz de México.

Calendarios de la CANACO, varios años