viernes, 11 de septiembre de 2026

Guia de viajeros en SJR 4 un viaje a pie

 Guía de viajeros 4 un viaje a pie



Durante el mes de julio de cada año, se realiza la peregrinación a pie de Querétaro al Tepeyac, acto de fe que a la vez se vuelve de contrición, tan completamente voluntario que se vuelve obligatorio para muchos. Este recorrido data de 1886, cuando el obispo de Querétaro invita a la función de la mitra, ceremonia solemne otorgada a la diócesis en aquel lugar. 

Dada su importancia, se promovió ampliamente en las distintas parroquias. La invitación inicial era trasladarse en tren, el día 8 de septiembre y ante la demanda, la compañía ferrocarrilera anunció precios especiales. Cómodo para los habitantes de recursos de la capital del estado y San Juan del Río, pero no para muchos queretanos, así que en un acto espontáneo varios emprendieron el trayecto a pie. Hoy parecería disparatado, pero en aquel tiempo, era viable para quienes acostumbraban desplazarse de manera pedestre de una comunidad a otra, a la cabecera o entre municipios así que caminar unos cuantos días no era tan difícil, más si la motivación era religiosa.

El recorrido, de una semana hoy es casi igual que el de esos pioneros por lo que apenas años antes fue el Camino Real, comenzaban los caminos nacionales, adecuados para carretas de carga y pasajeros en diligencia, pero a pie, el antiguo era ideal, esencialmente lo que es la autopista México – Querétaro, que hoy se evita en lo posible por el colapso que significaría. A los pocos que tomaron la iniciativa, en los años siguientes se unieron más y ese esfuerzo popular, se institucionalizó.

Los asistentes, parroquianos de la diócesis de Querétaro, que incluye una parte de Guanajuato, los que de los estados de México e Hidalgo y la sierra de Querétaro han ramificado los inicios de la caminata, que por caminos antiguos se van uniendo a la columna principal. Hoy hay peregrinación femenina, ciclista, de relevos y ultra-maratón. Es el mayor recorrido guadalupano (más numeroso el de Toluca, pero dura pocos días) y a diferencia de otras prácticas religiosas, cada año tiene mayor afluencia, quizá sea por la sencillez del acto que solo tiene un requisito indispensable: la fe, lo demás como quiera se resuelve así sea la condición física, la comida, el alojamiento, la disponibilidad del tiempo etc.

Conserva la guía de un sacerdote como director espiritual y de los laicos, la organización y logística a cargo de la Pía Unión de Peregrinos de Querétaro al Tepeyac. Significativa participación tuvieron viejos sanjuanenses como directores espirituales y otros cargos: como los padres Septién, Morales Flores y Malagón.

Desde siempre se hizo reseña de ella, su contenido depende de las características del encargado: A veces, es la explicación religiosa del sentido de la peregrinación, otras la transcripción de las misas y sermones durante el trayecto. Acorde a la intención anual de la diócesis, son completamente religiosas, litúrgicas, o pastorales, pero en algunas, surge la descripción del trayecto a pie y las incidencias del recorrido, es decir, un relato de viajero, a pie, pero relato al fin. La de 1886 fue redactada el presbítero Juan González.


Fotografía personal: portadilla de la primera reseña de la peregrinación.

Elegí la de 1945 realizada entre el 23 de junio y el 2 de julio, Oficialmente la quincuagésima séptima, (aunque algunos años fue suspendida, varios la realizaron de manera particular) redactada por el Cesáreo Munguía, párroco del sagrado corazón de Jesús. Como siempre, parafraseo fragmentos y transcribo lo relativo a SJR, modernizando algo la redacción y en lo necesario, haré acotaciones, explicaciones o aclaraciones como NDR Por su extensión, no puedo abarcarla toda.

Fotografía personal: portada de la reseña relatada.

LA MARCHA

Como desde años antes, partió del templo de la Congregación en Querétaro a las 4 A.M. tras misa del buen viaje hacia la Cruz donde iniciaba la carretera asfaltada, la flamante panamericana, luego los Arcos y la cuesta China, donde se integraron los grupos, para una jornada de 30 km salvando inicialmente en ascensión los cerros de ese extremo. La columna medía 2 km, con 22 grupos de 100 que al final serán 38. El director espiritual fue Sebastián Berumen. Al despedirse los peregrinos presentaban su inconfundible figura a la luz de los focos: sombrero de petate o casco, "shirqo", Impermeable de palma) mangas de hule y bordón de camino.

Fotografía familiar. De derecha a izquierda, Alejandro y Roberto Hernández Chávez (ambos QEPD)  acompañados de Mingo, que ahora vive en USA. En los años sesenta, se pueden ver en el mismo orden, el shirgo, una manga o chamarra de hule y un plástico, todo para repeler la lluvia y al suelo,  los bordones.  

En dos horas llegó a la casita de "La Noria", parada de almuerzo. De los morrales salieron gordas, tacos, tortas y pan. En el interior Gregorio Juaristi, ranchero español dueño de la finca sirvió barbacoa y atole para los "padres" y para "los que alcanzaran".  Tras las últimas colinas, se entraba al plan de San Juan, en el rancho del Colorado. Donde celebró misa y habló el Padre Salvador Medina, del grupo de San José Iturbide, Gto. Otra vez en la carretera, el calor propiciaba ardores y fatigas. La Cruz Roja comenzó a trabajar y aparecieron 'las "samaritanas" en la ranchería de Palo Alto: mujeres que ofrecían agua y gordas. Los cántaros volcaban en las bocas resecas, jarros y tazas de peltre que muchos llevaban al cinto. Sobre las rectas se completó el Rosario.

"Aquella arboleda es Escobedo" informó un conocedor del terreno.  A la distancia, un grupo de árboles en la llanura marcaba el sitio donde terminaba la primera jornada. Pero cada cuarto de hora la columna pasaba un indicador de kilómetros y la arboleda seguía distante.

Luego de la Palma, se llega a la única calle de Pedro Escobedo, engalanada con arcos triunfales: "Bienvenidos peregrinos del Tepeyac". La entrada se hizo lenta, solemne y el coro de los peregrinos entonó el canto tradicional de entrada. Hasta la puerta de la Iglesia, con capa pluvial, salió el cura, Benjamín Serrano a recibirlos rociando agua bendita a las primeras filas. Todos entraron. Luego, desbandados en la empedrada placita, dos mil peregrinos hicieron su comida: Barbacoa, tacos, frijoles, tortillas, latería barata y fruta. Luego, a buscar donde pasar la noche. No son numerosas las casas, pero se abrieron generosamente unas y por módica cantidad otras para cuantos cupieron tendidos en el suelo de sus cuartos. Los portales cobijaron a muchos y la iglesia con sus dependencias completó el alojamiento. En el cuarto trasero de una tienda había 14. A las tres sonó llamada a Misa. Un sacerdote extranjero caminaba al frente, jugando su bastón. Bajo, rubio y de ojos azules, Father Fader con impermeable negro de vidrio elástico y carácter firme. Contrario de Kern que el año pasado se había emocionado en ocasiones hasta las lágrimas.Fader venía dispuesto a no dejarse emocionar fácilmente. Quería comprobar si la peregrinación tenía fondo espiritual, si en las almas había más que la emoción visible. Y a ello enfocó su capacidad de observación y su Teología. Esta jornada predicaría en el Sauz. El día anterior se había negado por la dificultad del idioma, su antipatía a los predicadores y el riesgo de volverse pura retórica sin llegar al corazón o no incitar a practicar la doctrina, sólo admirarla en frases bellas. Era canadiense, pero se manifestaba norteamericano: fuerte, directo y simple. Llegaría el momento, al terminar, de expresar sus investigaciones.

Escasos kilómetros separan Escobedo de el Sauz. En la llanada de maizales avanzó el amanecer. A las 7.15 horas entró la columna al inmenso patio de la vieja hacienda en ruinas. Sobre un muro caído estaba Fader. Su fuerte voz sonó en el ámbito y celebró la Misa oficial. Allí obtuvo la primera evidencia del amor del mexicano a María. Una india se acercó y puso en su mano, uno a uno, sesenta centavitos: "Se los llevas a la Virgen en mi nombre" fue el encargo y su coraza recibió su primer golpe.

SAN JUAN

Después de la jornada del día anterior, ésta de Escobedo a S. Juan del Río, 25 kilómetros resulta ligera. Se avanza con desahogo por el deslumbrante "plan de San Juan" inmenso valle de tierra generosa, verde antesala del Bajío. El gozo de la marcha revienta en piadosos rosarios rezados por dos mil voces viriles y en cantos robustos traspasados de sinceridad y de masculina ternura, envueltos en olor de milpa y en calor de sol mañanero:

Y rogando y canta la columna llega muy cerca del mediodía a la Estancia Grande de Santa María de Guadalupe, hacienda fundada en el siglo XVI por los conquistadores. Extraña a los jefes de la peregrinación que los arcos de flores con que se recibe tradicionalmente la romería en este punto se encuentren fuera de la carretera, sobre el llano. "Tránsito prohibió que se levantaran sobre el camino" informan.

Pero como una compensación, los campesinos han levantado, además de los arcos, un púlpito nuevecito de dos metros de altura, todo de ladrillo, y cuya cal blanquea a distancia. En la parte frontera de la construcción han cavado un pequeño nicho para una imagen de la Inmaculada. Y con dos cañas de maíz verde cortadas en la milpa, ramas de "pirul" de los árboles que limitan el bordo, y grandes chiles de los que están creciendo en aquel sembrado de allá, han levantado el más maravilloso de los arcos triunfales para la casta belleza de María.

Desde el lejano casco de la hacienda ha venido la señora Lupe, mujer de uno de los dos dueños los Fernández de Cevallos, llevando une canasta colmada de gordas de chile y aguacate que reparte sin distinción entre los que se acercan. Fina y morena, Anita, su hija de quince años, le ayuda en la obra de caridad. y otra vez sobre el asfalto, rumbo a San Juan del Río, distante dos horas. Se reza la última parte del Rosario: y al otro lado de una larga cuesta en línea recta, aparece, en el seno de su valle, la hidalga ciudad. Como un heraldo de esa hidalguía, este charro de negra barba que, sombrero en la mano, abraza cordialmente a los que pasan cerca de él. por la orilla del camino. Es José Fernández de Cevallos, ranchero de la buena raza.  (NDR: Creo que no en propiedad, pero esa familia, dueña de la colindante San German, administró algún tiempo la Estancia, Tras la muerte del niño Manuel. Ahí vivió unos años el entonces pequeño Diego Fernández de Ceballos)

Fotografía tomada de Internet, a la derecha don José Fernández de Ceballos.

Muy cerca de las tres de la tarde se llega a San Juan. En el estrecho puente colonial, donde la columna tiene que angostarse, Joaquín Fernández y Antonio Loarca han sido comisionados para hacer el primer recuento: dos mil cuatrocientos peregrinos es el dato que logran.  La peregrinación pasa el río, avanza por el costado de San Juan de Dios, entra a la vieja Calle Real flanqueada de árboles añosos y de casas señoriales. En las aceras, las filas de gentes engruesan conforme se acerca el centro de la población: estallan los vítores y cae el confetti sobre el sudor de los peregrinos.

Dobla la columna hacia la izquierda, rumbo a la parroquia, donde ya es difícil caminar por la cantidad de gente que flanquea la calle. Lentamente se llega a la puerta del templo, en la que aguarda el Cura Guillermo Romero. En el mismo dintel, los peregrinos echan las rodillas al suelo y comienzan a recorrer de hinojos el recinto hasta el altar donde los esperaba la Guadalupana. Hay lágrimas en todos los ojos. Y cuando entre oraciones y clamores brota el "Pues concebida" expresando lo que todos piensan y sienten, la romería entera es un sólo canto entrañable; amores que se han vuelto un solo amor.

Es día de feria en San Juan, por el Santo Patrono. Los arcos que se habían prohibido en la carretera se levantan aquí, pretenciosos y bastos. Anuncian las fiestas con una sosería laica que invitan a no participar en ellas. En otros sitios, "trabaja" "la partida” donde los funcionarios locales y algunos de mayor rango, se quitan miles de pesos entre chistes y leperadas.  Nación y régimen tienen cada cual su modo de celebrar las fiestas.

"Esta sí es larga". Desde la tarde anterior se nos había advertido a los novatos; la jornada del lunes era de prueba. Treinta y tantos kilómetros mitad cuesta, mitad llano: asfalto, tierra libre y camino real. Había que subir el primer escalón que lleva a la parte más elevada e la altiplanicie.

Apenas terminada la Santa Misa en la Parroquia-comunión de más de tres mil-, corrimos hacia las afueras. De paso por la plaza, una taza de hojas calientes "para hacer estómago" y llevar algún lastre hasta el sitio del almuerzo. Muy cerco' de las 6 de la mañana llegamos al arranque de la cuesta del cerro "Pedregoso" donde se formaba rápidamente la columna. Sólo que era mucho más larga que el día anterior. Al hacer contacto con la retaguardia, se veían nuevos "números" en alto. San Juan del Río había cubierto del 19 al 22; Tolimán, Colón, La Sierra, formaban grupos aparte. No menos de novecientos peregrinos se ha sumado durante la noche. La columna, así dispersa antes de partir, cubría varios kilómetros en la ancha curva de la carretera. Y el conjunto era un clamor de cantos en el amanecer. Mientras se daba la orden de marcha.

Pronto comienza la marcha. A buen paso se va subiendo ladera del Pedregoso, casi en línea recta, entre vericuetos del ferrocarril y veredas antiguas. La cabeza de la columna alcanza la primera altura: suficiente paro dominar el paisaje. Abajo, navegando entre masas de árboles, blanquean las torres de San Juan. A derecha e izquierda, las laderas brillan de sol nuevo. Y por el medio, perdiéndose en la curva inferior rumbo al pueblo, la inmensa caravana ondulante que va llenando el aire con rumor de oraciones y con el rasgueo incesante de los pies sobre el asfalto:

A las nueve de la mañana, por un desvío de tierra y piedras, se llega a la casa de Palmillas, antigua hacienda que domina el rumbo. "Amonadas" frente a sus cazuelas y comales. las mujeres echan tortillas, mueven sus frijoles. despegan el arroz. Se han prendido grandes fogatas de leña delgada para que los peregrinos calienten sus gordas. En el patio de la finca se forman los grupos de almuerzo. Y ya que no se puede obsequiar a tres mil hombres. las señoritas Gómez -sanguíneas y jocundas, de ojos claros y mejillas "enchiladas" de pura salud-, regalan a los "padres" y a algunos más con un desayuno de excelente atole, barbacoa de la fina y tostadas de trigo endulzado, delicada especialidad de la región.  (NDR Se refieren a integrantes de la familia, que estaría en La venta, San Juan del Río)

Y se vuelve al camino por un corto trecho, hasta llegar sitio en que sobre dos altos terraplenes se cruzan carretera y vía, dejando abajo una especie de luneta natural. Los peregrinos bajan la rampa, colman el espacio entre el camino y el ferrocarril. Y del alto borde de la carretera, el P. Trinidad Arias que venía a pie desde la sierra del Norte de Querétaro, dijo el primer sermón del día. En él pintó vivamente el carácter de ingratitud para con Dios que tiene el pecado mortal. Y mientras hablaba, las locomotoras pasaban silbando saludos. Del otro lado de la carretera se habían improvisado los confesionarios. Sentados en grandes piedras, puesta la estola, los sacerdotes confesaban. Arrodillados en la ladera recibían los peregrinos la absolución mientras otros, con la misma unción que si estuvieran en el templo, se preparaban para recibir el sacramento hincados entre los matorrales. A poco andar, dos coloridos "encuentros". Aquel, de Paso de Mata, en el que los niños indios-"pequeños y delicados"- formaban una valla agitando banderas de papel, y éste otro, de la Cuesta de Palmillas, en el que admiramos una Guadalupana roja, estampada en tela de paliacate, sostenida por dos morenes manos de rancheros. en ademán de desplegar un ayate. Y la voz gozosa de aquella invisible campanita que nos estaba saludando, humilde y leal, hasta que la columna se pierde por la loma del oriente.

En el borde mismo de los inmensos llanos del Cazadero acampó la peregrinación: era un verdadero descanso tenderse sobre la fresca alfombra de los pastos sin fin. El mediodía levantaba un coro de azules en el horizonte. Fuerte, profundo, el tono del cerro de Ñadó fabuloso gigante de rocas y bosques tendido hacia el Sur; tierno y cristalino el de aquellas distantes serranías del oriente; verde azul de mar el de los cerros cercanos; borroso el de las lomas del centro, temblorosas de espejismo. Y arriba, como si recogiera y cuajara en unidad todas las melodías del color, un infinito cielo alucinado.

En el paisaje majestuoso como manto de María, resonó desde el púlpito de adobe la clara voz del Padre Berumen. Sí: la mañana toda estaba inspirando una palabra sobre la Inmaculada. Grande y azul es el escenario. Hondas y emocionadas las palabras. Resultará difícil olvidar el sermón de Cazadero, dicho "por el honor de Dios". A lo lejos se divisaba la pequeña estación donde murieron los peregrinos de Lagos en febrero último. El campesino aquél de San Juan del Río se quedó mirando hacia el punto rojo. Y lentamente, con una entonación indefinible fue diciendo: "Allí los quemaron". Bajó la cabeza. Y con. la misma lentitud, completó su pensamiento: "-Dicen que a nosotros también nos van a quemar un día para que no haiga más peregrinaciones"... (NDR: Hubo en febrero de ese año un choque ferroviario con gran cantidad de víctimas mortales y heridos. Iban a S. Juan de los lagos)

Sobre yerba mullida y suave se adivina el trazo del viejo camino real, entre un terraplén de magueyes y una milpa joven.  Abajo tierra seca, No había caído lluvia ese año y las breves cuencas de arroyos estaban agrietadas. "Cómo van las ampollas?"-preguntó el director a un hombre de rostro tostado y firme andar. Su respuesta fue rápida: -"Bien, con tal que no se ampolle la voluntad". Era Arturo Gil. Él y Manuel Borbolla-grueso, rubicundo, de manos robustas- agricultores españoles maduros iban en la peregrinación dando ejemplo de tesón y alegría. La primera vez que Gil hizo la caminata fue por curiosidad, le habían contado tanto, que quiso ver si era cierto. Desde entonces no faltó y viene con él este año la bondadosa humanidad de su amigo Borbolla que en sermón dijo, señalando a multitud:  "Esta fe es la gloria de México y, por lo tanto, la gloria de España". (NDR: Manuel Borbolla era sanjuanense, de la calle 16 de septiembre)

Engañosas perspectivas, Polotitlán, término de la jornada, era visible hacía horas; pero a cada avance parecía alejarse. Pronto terminó el pasto iniciando un camino primitivo, de grietas y rocas blancuzcas entre cercas de piedra: los "callejones".

A las 3 de la tarde, la columna llegó a los eucaliptos de entrada a Polotitlán. Una bandera sostenida por funcionarios era la bienvenida. Tronaban los cohetes. Por la inmensa calle empedrada se tomó el pueblo, había júbilo de campanas y respeto al paso. En la plaza se viró a la derecha para el templo. El presidente municipal Salvador Chavero, quitándose el sombrero pidió avisar de abusos en la fonda o los puestos del portal para poner una “multita”, “esto no es un negocio, sino sacrificio".  Al día siguiente, acompañaría la salida del pueblo, charro y alerta, al trote de su alazán… ¡Qué buena madera hay en México y qué bien se lograría si la vida pública no fuese la mugre que es! El pueblo abrió todo albergue: casas, escuelas, iglesia. El soberbio portal, fue cobijo de muchos, otros escogieron el quiosco para dormir.  Quedaron las calles pobladas de bultos yacentes y sonoros roncares.

Bajo un sol temprano la columna salió de Polotitlán, onduló bajando y rozando el cerro pobló todo tramo visible del camino entre milpas.  Minutos después se llegó a la casa del Álamo donde en tiempos lejanos, don Jesús García de noble porte y barba blanca, los recibía y repartía leche y pan. Hoy está abandonada y sus ventanas rotas. Aquí se dijo la Santa Misa, la parte trasera del camión maletero fue el altar.  La ruta semeja un camino entre cúpulas. En el recodo de la colina más empinada curvaba la belleza de Encinillas, pueblo de laja azul y tejados rojos ceñido de arbustos y cercas. A la entrada un templo protestante acentúa la frialdad del ambiente. Nadie, ni curiosos salieron. Solo tenderos asomaron con aire de calculistas. El templo católico era una miniatura, en su atrio apenas cabían un rosal florido y un membrillo.

Se rompen filas para almorzar. La hostilidad se advierte en los comerciantes y sus precios: limonada 10 centavos, 35 cerveza, 75 un plato de mal menudo con frijoles. Muy protestante esta productiva manera de combatir al enemigo. Buscando agua, en muchas casas cerradas, ni siquiera contestaban. En   una calle de la ladera, había sedientos acercando sus tazas y sonriente al centro estaba la "samaritana" de Encinillas. Con gracia llenó los jarros hasta vaciar sus cántaros. Luego tomó camino al manantial para rellenarlos y continuar su caridad. Arrinconado bajo un sauce y peñas húmedas estaba la fuente. Apagó la sed y regaló una luminosa sonrisa salida de aquella boca fresca y de sus ojos zarcos como el agua del manantial. Se llamaba Celia, tenía 9 años. Mientras tanto, la familia Romero desplegaba la tradicional hospitalidad que salva a Encinillas. En su comedor se apretujaron cuantos cupieron para comer una barbacoa sin paralelo y menudo caliente. Afuera, abrió a la sed inmensas tinajas rebosantes de agua.

Esta jornada es la más corta y a pesar de largas detenciones, se llegó a Arroyo Zarco a las dos de la tarde, caían gruesas gotas de lluvia y la gente corrió a sus albergues. Luego se organizaron partidos de basquetbol entre peregrinos y locales. En la casa de abajo había un frontón para los ingenieros de Irrigación. César García fue a retarlos y venció a tres. Luego jugaron dobles: "cansados" contra 'ingenieros" triunfando los peregrinos.  Cuando la lluvia arreció, en los corredores entablaron luchas campales. Fader jugó "vencidas" y movimientos de lucha grecorromana. Hasta Borbolla se animó, derrotando varios con sus fuertes manazas. 

Fotografía personal: En Arroyo Zarco, en los años 80, el arroyo llevaba agua, no tan zarca, y el despistado de la izquierda mejor se había descalzado para cruzar.

Al salir: los inmensos llanos del Colegio, de corto pasto suave. Ancha y luminosa la perspectiva, blando y muelle el paso sobre la yerba. Sólo los serranos opinan diferente. Aquí se fatigan de veras. En cuestas, vericuetos, peñascos y alturas, van gozando, pero estas llanadas con piso uniforme y las piernas fastidiadas del mismo ritmo, les agobian. Apenas andando comenzó una lluvia fina y el paisaje se veló de bruma ligera; pareciendo caminar entre sueños. Un aire frío venía de la sierrita apretada de encinos oliendo a tierra, desfilaba por la avenida de tierra entre el bosque húmedo como de cuento. "Así es Asturias" observó Borbolla.  Apareció un alto cerro en cuya cresta, sobre la arboleda: dos torres gemelas. Es la iglesia de Canalejas, réplica de la queretana Congregación. Desde las nubes, su cristalino metal dio la bienvenida, Llegamos al pueblo tras una pendiente interminable.  Se venera la "Virgen de la Piedrita", una Guadalupana negra impresa en una roca que halló un indio afortunado haciendo una cerca. Para que toda la peregrinación la viera, bajaron la imagen de la iglesia. Una breve parada para un taco. Quienes traían repartieron generosamente: Los Llata un banquete de pata de pollo, arroz, tortillas y limonada. Satisfecha la necesidad del cuerpo vino el alimento del alma.

En la cuesta llovida cerca de Tepeji, dos hombres rezaban el Rosario, avanzando lentos. Venían de San Juan del Río. Se creyó que por enfermedad marchaban adelante usando la prerrogativa de los que se debilitan. De cerca se supo que el de los anteojos negros era ciego y el otro su lazarillo. Tras Tepeji, en aquellos años, se llegaba a Tepotzotlán, antesala la de la Basílica, a donde se entraba por un camino de terracería.

ENTRE HERMANOS

Un sentido de la peregrinación es que siendo hijos de la virgen todos, acuden como hermanos, así se llaman cotidianamente, compartiendo sin distinción de clase. Personas importantes y/o conocidas, a la par caminaban y cumplían una función.

Fernando Loyola, familiar del niño Manuel, fue un musico queretano de altos niveles. Aquí El “Flaco" era del grupo de "aposentadores, diplomáticos de la peregrinación que partían antes a buscar albergue en los pueblos de término de jornada, 12 o 15 km delante de la columna. Acordaban con autoridades civiles y eclesiásticas, obtenían locales públicos y privados, reservaban en hotelitos donde los hay; gestionan que haya comida suficiente en fondas y puestos. Paco Pesquera, de los principales industriales de Querétaro era el jefe.

Franco Muñoz, gran comerciante queretano recorrió muchas veces la columna como comisionado de orden. Eran estimables su persona y su temple de peregrino. Muy afable, se veía hombre de sociedad, capaz de dirigir desde una velada hasta una misión diplomática, cualquiera cosa excepto un grupo de peregrinos. Impresionaba verlo tranquilo, respetuoso sobre el lodo donde se hundían sus pies, oía misa con atención bajo la lluvia. En la ruta no comía ni bebía agua en exceso, descansaba y caminaba con pulcritud y levedad. Cuando el camino pesaba, sacaba un frasquito de la bolsa trasera del pantalón rotulado con la palabra "Hipofosfitos", circulaban rumores que su contenido no correspondía a la etiqueta.

Eusebio Helguera, de los últimos hacendados de Aiuchitlancito no perdía la postura ni la línea, aunque trabajara hasta 20 horas diarias. Metido en su almidonado uniforme blanco, cubiertos los negros cabellos con gorra semi-militar y erguidos bigotes, representaba en el camión de estacas de la Cruz Roja, la encarnación de la eficacia. Seguro de su imperio, lo hizo trono y palacio. En el ambulante salón curaba ámpulas, llagas, dislocaduras, arrancaba pulmonías, bronquitis y resucitaba estómagos. Emperador de la tela adhesiva, rey del aceite de ricino, monarca de la glicerina y real dispensador de Sebo de Carnero que otorgaba en papel de estraza a quien inclinado reverente lo suplicaba. Parecía que la Providencia le había conferido poderes especiales. Le deben muchos haber podido llegar con Nuestra señora. Su responsabilidad; caridad y conocimientos prácticos de medicina, salvaron a muchos de quedar en el camino. Avezado en curaciones rápidas por su experiencia y estudio, sanó 669 pacientes diarios en promedio. En Arroyo Zarco atendió toda la noche a 400 intoxicados por alimentos y 2 neumonías graves. Se le obligaba a comer y dormir que olvidaba por cumplir su deber. Para un desperfecto de garganta llegado a su palacio de salud examinó brevemente, tomó un palito que envolvió en algodón y mojó en líquidos distintos, a los 3 toques la garganta se abría. Así cuando asomaba en el camión con los brazos sobre las estacas como en balcón, daban ganas de aplaudirle, seguramente todos habrían coreado.

Los sacerdotes marchaban en grupo a la vanguardia: el Padre Bautista llevaba casi de la mano a Carlos Paulin de 11 años en su primera peregrinación. El Padre Arias, hacía confesiones al paso. El Padre Albino llenaba de carcajadas el camino buscando siempre una buena fotografía. Igual un seminarista de Montezuma, Pedro Sosa Esquivel y el diacono Manuel Pérez. (NDR Quien ejerció en San Juan del Río, en el santuario del Sacromonte)

Francisco Mendoza era presidente de la Pía Unión. De avanzada edad, mirar claro y cabello y bigotes blancos. Ese año pensaba ir "a su paso" sin cargos que forzaran su marcha "estoy grande" decía", “no debo buscar excesos". 24 horas después fue nombrado presidente y venía, brazalete en manga, de lado a otro de la marcha y en los descansos, vigilando, disponiendo.  De los más antiguos peregrinos, con mucho que contar sobre este santo camino. Una de sus hazañas fue el año que la persecución religiosa era más sangrienta y brutal: En Querétaro muchos desanimaron considerando imposible la peregrinación. Reunió un grupo y decididos se lanzaron al camino. En su bastón fijó el estandarte guadalupano y forzando jornadas llegaron a México.  El día tradicional de arribo, sacerdotes y fieles queretanos salieron por si llegaba alguien, caminaron unos kilómetros hasta un árbol. "No vino nadie. Regresemos"... De entre matas brotaron varios hombres y don Francisco levantando su bastón, "Aquí estamos, la peregrinación no se ha interrumpido". Ese era su temple. También de la directiva iba Chano Mandujano, el Tesorero. Rechoncho, fuerte, de ojos verdes, no descansaba recorriendo los grupos. En una mano su libreta de recibos; en otra lápiz y apuntes. Viendo la inmensa columna entre lomeríos, brillaban sus ojos. “Pasaremos de 4 mil” pronosticaba apretando el paso junto al secretario Luis Soto, completando la mesa.

NDR: Incluí, de todo el recorrido, pasajes y descripciones propias de la romería, pero en este caso cualquier escrito queda corto, la única mara de conocerla es vivirla... caminando. Tan inclusiva es que hasta redactores de blogs han estado ahí. 

Fotografía muy personal, de los 90s en Canalejas, como integrante del grupo 74 de don Jesús Navarrete. Esos estandartes  sencillos, pintados a mano, son de los más artísticos que recuerdo, representaban las iglesias de SJR. A la derecha, Jesús Alegría preparando la mesa y cama para el descanso