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miércoles, 18 de noviembre de 2020

La torre de vigilancia

 

Retomo actividades tras breve receso por asuntos profesionales.

En entradas pasadas, he dado cuenta de algunos elementos arquitectónicos presentes en la ciudad, cuyo sentido no se explica en la actualidad sino al conocer su historia antigua, se les llama testigos del tiempo.

La avenida Juárez, testigo mayor del tiempo.

El más visible que por cotidiano nunca notamos está en el centro histórico, en la que es su principal arteria, la avenida Juárez. Nadie se explica porque tiene curvas si se supone que fue de las primeras que se trazaron, es decir había espacio suficiente para hacerla recta y sin embargo tiene cambios extraños de dirección.

 Aunque algunos suponen alegremente que es así porque el Camino  Real se trazó sobre un antiguo arroyo, la realidad es parecida, pero no exactamente. No se puede construir un camino sobre un arroyo, porque cada vez que el agua bajara por él lo destruiría o al menos dejaría inutilizable por un tiempo. La solución fue sencilla, en lugar de ir por los arroyos, se decidió hacerlo a su lado.  

 


Imagen modificada personal, de un calendario comercial
La línea gris es el trazo del antiguo camino Real desde su entrada a la zona urbana (A) hasta su salida en el puente de la historia (B)
Las líneas azules son los posibles trayectos rectos que no se tomaron por los accidentes orográficos.
Desde la carretera a Tequisquiapan (ab)
Desde la curva (CB)
Desde la cárcel (DB)


Después de la indeterminada fecha de creación del centro del pueblo, pero que con seguridad ya estaba en la década de 1550 y que el trazo definitivo de dicha avenida, como parte del camino Real fue en la década de 1580, la población era mínima y de haber querido hacerlo recto, lo más que se hubiera afectado eran algunas milpas, no había impedimento legal y sí la obligación de las autoridades de garantizar el paso libre y espacio para comerciantes y proveedores dentro de un pueblo de indios .

Puestos ante el panorama de llegar a la parte más vadeable del río, que es la zona del actual Puente de la Historia, los constructores optaron por atravesar los arroyos en alguna parte plana y seguir el camino a un costado, cuando ese arroyo se acercaba al río, se pasaba a otro, se cruzaba e igual se seguía a un costado y así sucesivamente, la ventaja es que eran temporaleros y poco profundos por lo que se podían atravesar fácilmente y por ser solo unos metros sobre ellos el paso, era relativamente sencillo nivelar esa parte.

Localmente el camino iniciaba en una garita ubicada a mitad del actual Boulevard Juárez, entonces una especie de barranca no muy profunda, seguramente se rellenó solo en las partes más necesarias. Al llegar lo que hoy es “la Curva”, había un arroyo que ya casi no se nota por arreglos modernos, sobre todo el peralte de la vieja carretera panamericana, arroyo que iba hacia Mariano Jiménez y Reforma, se libró simplemente haciendo el camino a su lado.

 Después aparecían otros dos, uno esencialmente la hoy calle de Allende y otro que bajaba por Galeana, ambos superados pasando igualmente el camino a un lado de ellos, al llegar cerca de la antigua Presidencia Municipal, que era donde terminaba la meseta del centro, había otro que iba a desembocar al río cerca de San Luis Montañez (antigua Manzanares) que también se cruzó y bordeó. Es la razón de las curvas antes y después de la cuadra donde está dicho edificio, si se hubiera seguido recto se llegaba al río, pero en un lugar no vadeable.


Fotografía personal, Avenida Juárez, una de las inexplicables curvas.


Muchos de esos arroyos aún existen, no con la corriente ni pendiente de antes, por rellenos y nivelaciones a las calles. Se pueden observar siguiendo la ruta del agua durante las lluvias. Contrario a otras calles de la ciudad, esas sí trazadas sobre los arroyos o encauzándolos para permitir el paso del agua enmedio, en el camino Real se pasaron de lado, ya que, aunque ninguno era caudaloso, los escombros dejados por la lluvia podían impedir el paso a las carretas, así que, atraviesa varios, pero el agua no corría sobre él sino a un lado, por los cauces naturales, muchos ya obstruidos.

Casi al final de la actual avenida desembocaban al río dos últimos arroyos, uno cerca de las actuales calles del Pasoancho y callejón del Olvido y otro que iba a dar cerca del hoy puente de la Historia, es la razón de la última curva, cerca de Jesusito. Ambos tuvieron el tratamiento descrito.

Y dentro de la Avenida como testigo, hay otro: 

La torre de vigilancia

También ya he mencionado que la cárcel local se ubicó por casi cuatrocientos años en el mismo lugar, el edificio, con muchas modificaciones, aún se encuentra en pie. En plena avenida Juárez.

Fue edificado, según menciona Ayala, en un terreno perteneciente a la República de Indios y cercano al camino Real, detrás de él, en un inicio se encontraba un terreno en desnivel sin utilidad por ser parte de las Peñitas, hoy ocultas bajo las construcciones, pero aún se percibe que hay algo ya que el nivel del suelo al sur de la manzana esta casi seis metros debajo del de la avenida.

 Tiene una historia curiosa esta cárcel, porque las primeras referencias de ella, que serían de finales del siglo XVI y principios del XVII, la describen como una especie de corral circundado con tablas, que no debieron ser muy altas o muy cerradas porque, no existiendo aún para la mayoritaria población indígena el concepto de cárcel como lugar de reclusión sino donde esperaban a que se les diera sentencia, frecuentemente la abandonaban para ir a hacer cosas importantes, el colmo está en un documento de un proceso seguido a un indígena sanjuanense en Querétaro por esos años, atrapado en un delito, cuando se le preguntó dónde vivía, contestó que en… la cárcel de San Juan del Río, otros decían que se salían porque tenían que trabajar y otros motivos similares. Así que cárcel, cárcel, no era.



Imagen tomada de Google 2020. la manzana de la cárcel.
lo delimitado en amarillo es el área probable de las casas consistoriales o de administración virreinal, dentro de ellas, en rojo, el edificio de la cárcel. En blanco, la parte trasera, antes zona de peñas en descenso, seis metros por debajo. Las delimitaciones las marcan los tipos de bardas.


Para los siglos siguientes, cambiado el sistema de justicia, la cárcel, ocupando el mismo predio se construyó de cal y canto, las instalaciones de administración debieron ocupar toda la cuadra (excepto la línea de casas que están en Reforma, que son más recientes. Observando la barda trasera, se puede documentar que era muy alta y llegaba hasta la zona donde hoy es el hotel y el negocio de telas. Posteriormente esa parte pasó a manos particulares como casas y en la esquina con allende un mesón de los muchos que tuvo el pueblo.


Fotografía personal, fachada de la vieja cárcel cuando era Centro histórico y Cultural.

Por la parte de atrás de la cárcel, como ya mencioné casi a la mitad de la manzana, el nivel descendía hasta donde de inicio era parte de la Plazuela de los Trabajos, pero no había construcciones mayores por estar las peñas de cantera a flor de suelo.

A pesar de tener ya una construcción sólida, la cárcel generalmente se encontraba en estado lamentable, son innumerables las veces que fue reparada y rediseñada por frecuentemente derrumbarse paredes, deteriorarse otra y, por el método constructivo, piedras unidas con lodo, la continua horadación de los internos para hacer boquetes por donde escapar, unas veces por el frente, pero más frecuentemente por atrás.

 


Imagen de Google 2020 esquina con Reforma, en lo alto se ve la barda de la cárcel, la franja de casas en esa calle son de época posterior.


Parece que, a partir de la desaparición de la República de Indios, que la mitad sur de la manzana pasa a particulares y al menos se le ponen bardas, insisto en que no era terreno de cultivo y empiezan a edificarse algunas casas. Es la actual acera norte de la Plazuela Guadalupe Victoria. De esa manera se circunda por fin la manzana, del lado de la avenida, completamente edificada, por el lado sur, completamente bardeada.

No sé si era el destino de la cárcel ser porosa o el carácter indómito de los habitantes que los instaba a la fuga, creo que la mala construcción era lo que losa incitaba porque en la época independiente sigue habiendo reportes constantes de fugas.

Para el siglo XIX, la cárcel, entre derrumbes y horadaciones intencionales, seguía siendo objeto de constantes fugas, Salvador Barrera en sus Testimonios menciona una de tiempos de Villa, cuando  ocupada la ciudad por sus tropas, a las autoridades locales, se les ocurrió presentarse ante los jefes villistas  con el resultado de que fueron mandados a la cárcel para ser fusilados. Se salvaron gracias a la fragilidad del lugar que ellos bien conocían y por la parte trasera, saltaron la barda y escaparon por la Plazuela, donde incluso ya les tenían prevenidos unos caballos y pudieron huir.

Solo mencionaré que las reparaciones y deterioro del edificio continuaron, son constantes las solicitudes de apoyo del gobierno municipal al estatal con tal fin. Para la década de 1950  existió en la ciudad un personaje del solo he hallado algunos datos, pero al parecer era muy conocido y popular, supongo que no era un criminal peligroso, pero sí travieso, el caso es que constantemente caía a la cárcel y constantemente se fugaba, incluso en los reportes de la policía ni se menciona su nombre, solamente su apodo: “el chapulín”, que parece ser le venía por su facilidad para saltar las bardas, esencialmente las de la cárcel. La última ocasión en que se le menciona, en la década descrita, junto con otros presos  volvió a escapar, ya habiendo más casas en la parte trasera de la manzana, tomaron las azoteas a los lados, bajando en la esquina, en el patio del Mesón de San Pablo, donde había un velador que estaba dormido y despertado por los ruidos le dijeron que acababan de entrar al baño y salieron por el amplio portón hacia la avenida Juárez.

Otro de los motivos por los que esta fuga fue lateral es que ya existía el que hoy es otro de nuestros testigos del tiempo: la torre de vigilancia.


Fotografía personal,  interior de la cárcel, la torre, en el límite trasero original.


Producto de tantas fugas, sin tener fecha determinada, las autoridades decidieron colocar lo que se conoce como la torre de vigilancia, que en realidad es una atalaya o parapeto, con solo dos orificios lineales para sacar los rifles, se encuentra al fondo del edificio original, aunque detrás siempre hubo una zona de amortiguamiento, no ocupada, hasta el siglo XX, cuando en la última reconstrucción se amplió el edificio hacia esa parte, se ocupó como biblioteca municipal. Se supone que ahí había un vigilante permanente para, en caso de fuga, disparar hacia el baldío que por estar metros abajo, facilitaba el accionar de las armas. Hoy, en caso de hacer algún disparo desde ahí, chocaría con una pared, pero Considérese el hecho de que lo que era la parte peñascosa hoy está ocupada por casas y así cobra sentido este testigo.

Fotografía personal, desde lo alto, la torre de vigilancia.
 

Su material es muy rústico y es muy pequeña. Supongo que no cualquiera aguantaba ahí en tan incómoda posición el lapso de guardia, lo que aumentaba las posibilidades de huir.

El lugar dejó de ser Cárcel municipal a finales de la década de 1960, se remozó y amplio de alguna manera, dándosele uso cultural, se conoció como Centro Histórico y Cultural  y todos los espacios se dedicaron a actividades culturales a nivel municipal; Un pequeño museo, una biblioteca, salones de clases, salas de exhibición, oficinas.



Fotografía personal,  del antiguo patio de la cárcel

 Hace unos 5 años, el  lugar fue desocupado, falto de mantenimiento como siempre, se deteriora a paso acelerado, no parece haber interés por arreglarlo, o parece ser el interés que no se arregle, no sería de extrañar que algún día aparezca en su lugar una plaza comercial o un set de aparatos de ejercicio. Su sistema constructivo mayoritariamente de piedra y lodo que no ha cambiado en siglos no ayuda mucho, sin mantenimiento poco a poco cae por su propio peso, pero si durante cuatro siglos se pudo mantener, ¿por qué ahora no?


Si deseas conocer otros testigos del tiempo, da clic en el siguiente enlace

Testigos del tiempo


Para temas relacionados con esta entrada, clic en estos. 

Los viejos edificios públicos

El tragadero de San Juan

El tragadero en gráficas

Camino real de San Juan

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EL CHICHIMECA AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD    ______________________________________________________________

Un saludo a la maestra Marimar Santana, antigua encargada del Archivo histórico Municipal, quien fue, en su oficina, ubicada en el mismo edificio, vecina de la torre de vigilancia y quién me informó qué cosa era eso que ya había visto, nunca había sabido qué era.

La historia del americano la encontré en un libro en inglés, donde él mismo narra su aventura, dedicando muchas páginas a su estancia en San Juan del Río, creo que merece una entrada aparte, prometo escribirla pronto.

 

 

jueves, 10 de mayo de 2018

El pozo de Guadalupe


El pozo de Guadalupe

Fotografía tomada de Internet, extracto. El aspecto del pozo en 1944.
Casi llegando al río, junto a una vieja casona que antes fue molino de granos,  está la fuente de aguadores o pozo de Guadalupe. Su pequeño espacio, entremetido en las fachadas, es quizá lo que le ha permitido sobrevivir ya casi 150 años como casi el último testigo de la infraestructura creada por los habitantes de San Juan del Río para proveerse del agua necesaria para la vida, en este caso para el consumo doméstico.
Fotografía tomada de Google Earth,2018 el pozo en la actualidad
Se encuentra ubicado delante de la cuchilla que forman las calles de Galeana y Allende.

La fotografía más antigua que se le conoce es de la década de 1940. Casi en ese estado lo conocí treinta años después. Para entonces, aunque seguía teniendo agua en el fondo, era muy sucia, razón por la que ya no era sacada. Me dicen familiares a ellos sí les tocó en ocasiones de necesidad, años antes, acudir a él por agua.  
Fotografía tomada de Internet. El aspecto del pozo en 1944, al fondo, la calle Allende.
Conservaba  todavía la viga de madera al centro, que era utilizada para sobre ella colgar con una cuerda, el recipiente a llenar, en mi época cubetas y botes, antes ollas y cántaros.

Tenía en la parte inferior un pretil bajo de cantera muy desgastado, sobre todo al centro porque ahí apoyaban los pies los aguadores, haciendo palanca para, a través de la viga jalar la cuerda de la que colgaba el recipiente una vez lleno, por lo que había que poner algo de fuerza. Su profundidad desde el nivel de la calle hasta el fondo era de más de tres metros.

Toda la construcción es de cantera unida con lodo, en el interior estaba recubierto, seguramente con estuco y al frente y laterales, tenía adornos del mismo material. Ya lo conocí muy despintado, pero tenía restos de pintura azul, blanca y salmón. En su parte superior ya había perdido la cruz de cantera que había estado sobre la peana esférica. Tiene además un nicho que contuvo una imagen de la virgen de Guadalupe, robada muchos años antes, tantos que nadie recordaba desde entonces si era de bulto, un cuadro o estaba pintada en la cantera. A lo largo del cintillo superior, tenía una inscripción en negro sobre fondo azul que decía: POZO DE MARÍA STMA. DE GUADALUPE AÑO DE 1885

Imagen INAH, plano y medidas del Pozo.
Plano de Ignacio Pérez, C.1885. Zona del pozo, con algunos elementos mencionados en el texto:

1.- POZO ACTUAL
2.- POZO DE SAN FRANCISCO
3.- POZO DE LOS CAMPANEROS
4.- POZO DE DON LUCIO
5.- LA ACEQUIA DEL PUEBLO
6 .- RÍO SAN JUAN
7.- CALLEJÓN DEL TOMPIATE
8.-  LAS PEÑITAS.
9.- HUERTA DEL MOLINO

Se eligió este mapa por su mejor definición.
Desde que recuerdo siempre tuvo borrosos los dos últimos dígitos, pero se notaban que eran números con curvas, por lo que siempre supuse que decía 1869. Coincidencia o destino, estaba equivocado,no era 69, en la fotografía antigua se observa que dice 1885, pero resulta el otro año sí tiene relación con el pozo, como se verá adelante.
Imagen de Google Eatrh 2018, la misma zona en la actualidad, los puntos rojos señalan, el pozo nuevo, el pozo antiguo y la cárcel municipal. el área verde en la parte inferior es el río.

La primera restauración al parecer fue en 1885, que es cuando corresponde el letrero, no hay datos si la construcción original lo tenía. Actualmente, se le puede ver en el mismo sitio, restaurada o remozada varias veces, en cada una ha ido perdiendo algo de su originalidad.

En la década de los ochentas, mucho después de dejar de ser funcional, además de agua comenzó a acumular basura. Aunque no recuerdo que haya resultado algún ahogado, el municipio, siempre previsor, decidió no dar paso al refrán, colocando una reja metálica  al frente. Una restauración posterior repuso partes perdidas del adorno de estuco, quitó la viga y colocó un pretil más alto.
Imagen INAH, 1986, el pozo adosado al Molino.
Estando en el completo abandono, solo visitado entonces por el tranvía turístico, en 2010 se volvió a remozar y se modificó en algo su forma, se quitó la reja y rellenó el foso, dejándolo apenas unos centímetros de profundidad.
Imagen INAH, 1999.

Actualmente, tiene un aspecto como nuevo, aunque luce colores que nada tienen que ver con los originales, no tiene la cruz, pero se le pintó una imagen de la Guadalupana en el nicho vacío, y en distinto tipo de letra se repuso el antiguo letrero, aunque con un pequeño error: el año, hace tiempo que no voy pero creo que dice 1805.

Fotografía personal, del año 2007, antes de la última restauración. Esta fotografía fue publicada por los vecinos, fechada en la década de los 90s, pero es del año que señalo, yo la tomé.
Consigno a ustedes los datos que he podido encontrar de este monumento, que nadie ha escrito, a lo mejor son pocos, pero como siempre consigno en estos trabajos, hay que darlos a conocer, para que no se pierdan.

SITUACIÓN:

El pozo está junto al cruce de las calles de Allende y Galeana, tan en el cruce, que algunos dicen que está en la calle de Allende y otros que en Galeana, junto a la casona antes llamada “El Molino” y frente al predio de lo que en la década de 1970 fue el Rastro Municipal, hoy cárcel chica y Control Animal.

El nivel actual de las calles mencionadas en ese punto es artificial, fueron antes arroyos primitivos que descendían hasta llegar al río, que se encuentra apenas a unos 50 metros de ahí, continuando la calle, y apenas a unos 20 en línea recta.

Adquirió la vía algunos metros sobre el nivel original a partir de las obras de contención del río, que se hicieron desde el siglo XVIII y culminaron a principios del XX y que consistieron en esta zona, en un dique de piedra para aliviar las embestidas de las crecidas del río. Este dique tuvo una altura de unos cinco metros sobre el nivel del río y su parte superior fue el camino conocido como Ribera del río, que es la actual continuación de las calles de Allende y Galeana, una vez unidas tras pasar frente al pozo.

La elevación de la calle respecto del río, provocó que desapareciera la zona de lavaderos en su orilla y se clausurara un camino, llamado “Callejón del Tompiate”, que iniciaba donde ahora es la cárcel chica y llevaba hasta el Pasoancho. Aunque eran simples piedras, se conocía el lugar como los “lavaderos públicos”, muy usados por su cercanía al centro de la población, posteriormente los lavaderos se trasladaron a la orilla contraria del río, aunque para llegar había que caminar sobre el dique, pasar por el puente Cano y luego cruzar el río. Todavía en la década de 1970, cuando escaseaba el líquido por fallas en la red, me tocó asistir ahí alguna vez a lavar ropa y tenderla sobre las matas de jara.

EL AGUA

Nunca he podido determinar de dónde provenía el agua que alimentaba el pozo, aunque tengo indicios: lo más fácil sería decir que es de  filtraciones del río, pero también es probable que fueran aguas provenientes de la parte alta de las Peñitas y que se filtraban por el subsuelo a la parte baja. Cabe recordar que esa zona de la ciudad  y el centro histórico están sobre un banco de cantera y/o tepetate, cuyo grosor es variable y bajo él corría un manto freático que permitió en muchos lugares, la construcción de pozos, a veces a unos centímetros de la superficie, con agua que se había hecho medio potable tras la filtración a través de la roca. El banco de cantera y tepetate está en la meseta del pueblo, unos metros encima de la zona del pozo y pudo descender ahí el agua filtrada. 

Dibujo personal, orografía del  centro de San Juan del Río, el punto rojo señala la zona del pozo, debajo del nivel de la meseta.

También cabe la posibilidad que, siendo la zona baja de esas peñitas, el actual Boulevard Hidalgo y sus laterales, una zona completamente agrícola de riego, también filtrara desde ahí esa agua.

Otra opción es que por ser las calles mencionadas antiguos arroyos, que poco a poco se fueron nivelando, conservaran debajo una pequeña corriente que manaba en la zona más baja posible, que es donde se cruzaban, antes de llegar al río.

Aunque más remoto pudo ser  que como por ambas calles, exactamente a la misma distancia, unos 200 metros rumbo al centro cruza la antigua acequia del pueblo, sus derrames, absorbidos por la tierra, brotaran en la zona del pozo, por ser la más baja.

También encontré como posibilidad el que, estando a un lado del pozo el Molino y este era movido por el agua de la acequia tomada de otro rumbo diferente lo restante después de mover la rueda de moler de algún modo llegara al pozo. Esta teoría la he desechado ya que el molino es posterior a la construcción del pozo y porque de llegar el agua directamente, no se filtraría y dejaría de ser potable. Las otras posibilidades pueden ser válidas.
Hago mención que el manto freático superficial ya no existe, se agotó. El agua que tomamos actualmente es de uno más profundo y extenso.

DATO CURIOSO

Solo como comentario, otra vez, a distancias equidistantes del pozo de Guadalupe, (unos 60 metros) existieron en las dos calles, al menos tres pozos de agua potable. En Galeana, casi esquina con San Luis Montañez, estaba el pozo de San Francisco, ya seco y clausurado a mediados del siglo XX, no lo conocí, solo el espacio donde estuvo, cubierto con cemento.
Por otra parte en Allende, en la misma acera del Pozo de Guadalupe, pero cerca de llegar al B. Hidalgo, hasta la década de 1970, en el patio de una casa, casi al nivel del suelo, brotaba agua de una especie de manantial, era muy pequeño, apenas un metro cuadrado, cuando  “se iba el agua” de la red, los vecinos y gente de otras partes de la ciudad  nos apostábamos con nuestra cubeta a las afueras de esta casa. Los dueños, localmente conocidos como “los Campaneros” la proporcionaban sin costo. Al menos un par de veces me tocó formarme ahí. Supongo que también este manantial ya se secó. En la acera de enfrente, hubo otro pozo, este sí profundo y con brocal redondo, su propietario era don Lucio, estaba al fondo de su casa, colindante con el antiguo corral del Portal de Reyes, cerca y debajo de la acequia, este no lo conocí, pero me dicen que el dueño también proporcionaba agua a los vecinos en caso de necesidad.


LA HISTORIA

Hace años, incidentalmente encontré  la mención en un archivo privado, que en el año 1822 se buscaba poner en funcionamiento otra vez el pozo de “PONDOTEXE” labor que llevó unos algunos meses, sin información si lo lograron, ni en dónde ubicaba, solo me quedó el dato.

Posteriormente, encontré constantes menciones del mismo pozo, en décadas posteriores de ese siglo, lo extraño es que siempre hablaban de una rehabiitación del mismo.  Sin más elementos, siempre tuve la duda si una rehabilitación de pozo podía durar tanto, aunque en una de ellas se le menciona como un “venero”, es decir un manantial.

EL NOMBRE

Ayudado por una gramática otomí muy completa, pude dilucidad en algo el significado de la palabra PONDOTEXE. Sabía que era otomí porque la terminación dehé, o sus similares significan agua.  y para 1822, todavía la mayoría de los habitantes del pueblo eran de la raza y hablantes del otomí y muchos de los lugares tenían nombre en ese idioma, y aunque el centro de la población cada vez era más ocupado por mestizos, se conservaron algunos hasta muy entrado el siglo XIX.

El otomí no tuvo escritura, solo era una lengua oral, los no hablantes, cuando tenían necesidad de plasmarlo en nuestro alfabeto, lo hacían como lo escuchaban, es decir, tratando de aproximar las grafías al sonido, lo que daba muchas variantes. (no todos lo escuchaban igual)
Así, la palabra PONDOTEXÉ de1822 , para 1870, el último año que he encontrado que se menciona, ya era PONGOTEGE.

Creo que nunca sabremos el sonido exacto de la palabra, pero la terminación TEJE,  DEHE, TEXE o DEJE significa  agua, la otra, POHO o POGO, quiere decir MANAR, es decir, su significado compuesto sería: agua que mana, o simplemente: Manantial. Persistiría la duda sí el sonido original se aproximaba también a PONT Í  que quiere decir cruce, en cuyo caso el nombre sería: agua del crucero o manantial del crucero.

Por otro lado, revisando el mapa de 1865 de Guadalupe Perusquía, resulta que  exactamente en el cruce de las actuales calles de Galeana (antigua calle del Dulce nombre de María) y Allende, (antiguamente calle de los aguadores) consigna un “poso” en mitad de la calle.  No es difícil imaginar que en algún momento se le movió al costado oriente.

Plano de Guadalupe Perrusquía, 1865, el punto rojo, señala la ubicación actual del pozo. En plena calle, el antiguo, junto al río, antes de ser modificado por el dique,  el callejón del Tompiate, señalado por las líneas intermitentes.
El mismo autor del plano, don Guadalupe Perusquía, en el año de 1869 (según la Sombra de Arteaga)  formó parte de la comisión municipal para buscar el mejor modo de suministrar agua potable a la población, parece que lo hallaron y en abril de 1869 el presidente de la comisión, entre otras obras informa que “se construyó un Pozo nuevo, embutido en la pared, en la calle del Dulce N. de María, para abastecer al vecindario de agua potable.”

Esto confirmaba la construcción de un pozo metido en la pared en la actual calle Galeana, pero podía ser el de Guadalupe o el de San Francisco.

EUREKA

Apenas hace un par de meses, pude conjuntar toda la información:

Resulta que hay una descripción de un terreno propiedad de Manuel Olvera, en 1870 descrito "con el río por detrás y fachada en la calle del pozo de Pongoteje, que estaba frente al de Guadalupe".

Así, quedaba todo conjuntado:

-Existía desde tiempos remotos un pozo público de agua potable llamado pondotexé, ubicado en medio de la calle, en el cruce de las actuales Allende y Galeana.

La palabra significa manantial o agua en el cruce. Coincidiendo con él.

-Siendo la calle Allende un antiguo arroyo, desde todos los tiempos y aún en la actualidad, en tiempo de lluvias desfogaba el agua de las partes altas hasta el río.

-Las avenidas de agua se acompañaban de tierra, arena, piedras y basura, de manera que el pozo era constantemente obstruido y tras cualquier lluvia considerable era necesario rehabilitarlo, de ahí las constantes menciones a esa labor.

Aprovechando la existencia de ese pozo, pero para evitar los inconvenientes de su ubicación a media calle, se movió  a una orilla, construyendo un pretil que evitara que las corrientes pluviales lo anegaran.

El viejo pozo continuó al menos hasta el siguiente año, seguramente tras la siguiente bajada de agua ya no se limpió y quedó en el olvido, supongo que sigue ahí, hoy bajo el asfalto.
Alguna vez, ya seco, entramos al pozo de Guadalupe, el piso entonces estaba cubierto por tierra, por lo que no pudimos saber su profundidad real, pero puedo consignar que en el lado que da a la calle, el aplanado no llegaba hasta abajo, se alcanzaban a ver que las piedras inferiores solo estaban encimadas, es decir que el agua del centro de la calle llegaba ahí por filtración, no se veía algún conducto o túnel que la trajera directa, a menos que estuviera más bajo.

Siendo don Guadalupe Perusquía un médico con inclinación artística, muchas veces funcionario municipal o integrante de comisiones, no es difícil imaginar que de él es el diseño del pozo, incluso que influyó en el nombre.



La calle de Allende, se dice que se llamó "de los Aguadores", porque por ahí transitaban los que recogían el agua del pozo de Guadalupe, es un dato incompleto, el nombre de la calle es muy anterior, seguramente desde que el agua se traía desde el Pondoteje o directamente del río. también la Calle Galeana en algún momento se llamó de los aguadores.

Con la construcción  a fines del siglo XIX del acueducto que llevaba directamente agua potable al centro, el pozo cayó en el abandono, seguramente en 1885 fue el último intento de mantenerlo, de ahí el letrero, aunque como el agua del acueducto era de paga, las clases bajas siguieron ocupándolo por ser gratis y aunque muchas casas tenían norias o pozos, se consideraba que la del río era más limpia, por eso los aguadores  siguieron transportándola hasta  bien entrado el siglo XX. La introducción de la red de agua potable, a partir de 1920 y la entubación moderna en 1950 dieron el tiro de gracia al pozo, ya solo ocupado para emergencias. No recuerdo exactamente pero creo que la última vez que le vi agua sería por 1975.
Imagen del INAH, la planta de la casona del molino, debajo, la del pozo.

Dice don Guadalupe  Velázquez que el terreno donde se erigió el pozo fue donado a la comunidad para utilidad pública por los señores Guillermo Guerrero y su esposa  Josefina Velarde. Aunque no da fechas, la familia Guerrero fue dueña de una de las emblemáticas huertas sanjuanenses, el Molino, llamada así por tener su entrada en el edificio así llamado, junto al pozo.
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EL CHICHIMECA AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
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Historias, crónicas o relatos como este, son resultado del trabajo personal del redactor, conjuntando recuerdos y datos documentales, para un trabajo original que solo podrá encontrarse en este blog. Espero les resulte importante la recopilación, entre el documento y el recuerdo.
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Sigo insistiendo en que casi no se hacen comentarios, igual insisto en que no creo ser tan contundente, contesto todo lo que llega, críticas, rectificaciones o adiciones a los textos, todo es bienvenido. __________________________________________________________
Me cuentan que hace poco anduvo merodeando un grupo de visitantes por el Pozo de Guadalupe, creo que hubiera sido útil la presente entrada, perdón, desafortunadamente no pude conjuntarla antes por cuestiones laborales. Para la próxima les prometo alguna.
Imagen de la Dirección de Cultura
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Imagen de la Dirección de Cultura
Increíblemente, hasta hace una semana, todavía quedaban en la oficina de Turismo, o recepción del Portal del diezmo, ejemplares del recientemente publicado libro “Crónica de  San Juan del Río Querétaro”, lo increíble es que eran de cortesía, sin costo y solo mil. Más increíble, porque, aunque no es en gran formato ni de lujo, considerando las notables diferencias de estilo entre quienes intervinieron en él, a mi juicio es un libro emblemático, porque por primera vez se tratan contenidos novedosos (y hasta insospechados) referidos a la abundante historia local, no la simple repetición de lo ya escrito. El impreso, por su contenido, da pie para que surja nueva narrativa de nuestro pasado, sea historia antigua, con nuevos puntos de vista y descubrimientos o reciente, lo que no se ha escrito las últimas décadas. Si ya lo leyeron, me darán a razón. Ignoro si todavía quedan ejemplares pero si se pueden, dense una vuelta, en horario de oficina, no se pierdan la oportunidad de tener esta emblemática obra. Repito, es gratis (o era). incluye contenidos de este blog.
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Por fin, tras un par de años de incertidumbre,  sale a la luz el libro de mi maestro y amigo José Manuel Velázquez, presentado en el emblemático día  del maestro, 15 de mayo a las 19:00 horas en el foro del Portal del Diezmo. Abordando un tema novedoso, producto de un arduo trabajo de investigación en el Archivo Histórico Municipal, del que ya nos había dado un adelanto en una conferencia.

Imagen de la Dirección de Cultura

No falten, ahí nos vemos, prometo firmar libros de la Cónica, para que los lleven.
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De igual manera, ya está a la venta el segundo tomo del libro “En mi viejo San Juan”  de mi amigo de la infancia Fernando Roque, esta vez, como el público lo pidió con abundantes gráficos. Solo 50 pesitos, en la librería de Elio, en la plaza los Faroles. 
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Ya voy a completar 80, 000 visitas, espero poder festejarlo con alguna imagen de esas que hace mucho tiempo no se conocen.

lunes, 1 de enero de 2018

El padre Leal


Hace algunos meses, durante la elaboración del libro “San Juan del Río a través de sus personajes”  en el que colaboré, había elegido hacer la biografía del Padre Leal, incluso la redacté y envié al editor. Y según me dijo ya estaba aprobada para el referido libro. Como no asistí a la última reunión del Consejo Editorial no supe que pasó, el caso es que apareció publicada otra, redactada por el periodista Armando Guerra. En estos días la hallé por ahí, y en esta entrada se las presento, no se trata de competencia, solo una visión más de la vida del ilustre personaje, y ni modo de desperdiciar lo escrito.

Guadalupe Eusebio Leal Rodríguez  (1917-2010)

Guadalupe Eusebio Leal Rodríguez, popularmente recordado en San Juan del Río como “el padre Leal”,  nació en la hacienda de San Gerónimo, Parroquia de San José Iturbide, Gto. Hijo de don Lino Leal, jefe de Armas de San José Iturbide y doña Inocencia Rodríguez, ama de casa.

Estudió la Educación primaria en  San Miguel de Allende y los posteriores en Querétaro. Estudiando literatura en Xichú Guanajuato, recibió instrucción militar y fue alistado, aunque no participó en hechos de armas.

Desde joven sintió el llamado al sacerdocio, aunque este ocurrió en un momento no propicio para ello, en plena guerra cristera, de la que siempre guardó el recuerdo del trance en que una partida gubernamental aprehendió a su padre por sospechas de simpatizar con los rebeldes. Durante días, el niño no se separó, dispuesto a morir con él. Afortunadamente fueron liberados pero ello significó que la familia tuviera que separase y emigrar, llegando a Querétaro, a la Hacienda de El Lobo y luego a la capital del estado. El trabajo del progenitor le obligó a hacer pausa en sus aspiraciones por largos años.

Retomó su vocación en una edad completamente inusual, 23 años, (cuando el resto tenía entre 14 y 16) ingresó al Seminario Conciliar de Querétaro en el ciclo 1941 – 1942. Con el apoyo del entonces Obispo Marciano Tinajero, a quien en una visita a Victoria, Gto., donde él se desempeñaba como Profesor suplente, relató su temprana vocación truncada. Así ingresó como anacrónico seminarista, logrando concluir gracias al apoyo de benefactoras en el año de 1951, oficiando su Cantamisa el 12 de noviembre de 1952 en su parroquia natal, San José Iturbide, Tenía 35 años de edad y mucho por hacer.

Adscrito inicialmente en la capital queretana a la Parroquia de San Sebastián,  fue llamado por el Obispo Tinajero como secretario de visitas pastorales en Tequisquiapan, Cadereyta y Vizarrón a los seis meses de ordenado. Después  fue párroco del  Doctor. Una enfermedad bronquial que le persiguió toda su vida le llevó a desempeñarse como Vicario Cooperador de la parroquia de San Sebastián, donde también fue capellán del Hospital. Posteriormente sería encargado de la Parroquia de San Pedro Aguacatlán y Capellán de Jesusito de la Portería.

En 1953, en San Juan del Río, lo mucho que tenía por hacer, sobre todo una promesa sagrada que había hecho al inicio de sus estudios sacerdotales y había intentado cumplir en su época en San Sebastián, comenzó a tomar forma material:  Inspirado en la obra humanitaria de San Juan Bosco, con ayuda de José Silva iniciaron un hogar de atención para niños huérfanos y abandonados, de los que captó 25 en la ciudad y sus alrededores y a los que dio alimento y techo en un viejo local frente al edificio del Beaterio,  (hoy Centro de Salud, en Av. Juárez) rentada a la señora de Leal por don Cándido Pérez. De ahí pasaron a la Calle Cuauhtémoc, en el antiguo edificio de la Inquisición, hoy oficinas de la junta de agua potable.

Finalmente, el Padre Guadalupe llegó a un edificio de la calle de Galeana, por donación de una parte de él, que era una huerta, por su dueña, la srita. María de la Luz Pichardo. Con ayuda de una benefactora suiza, Edith D. Wolf  se construyeron las instalaciones de lo que desde entonces se constituyó como el orfanato del pueblo, la Casa Hogar “San Juan Bosco”, en el número 37.

La superficie del lugar era una cuchilla formada por la confluencia de las calles de Galeana y Allende, cercana al pozo de Guadalupe. Con los años llegó a tener varios dormitorios comunales: uno para niños pequeños y otro para mayores, oficinas, capilla, pequeños departamentos para jóvenes, cancha deportiva, cocina, comedor  y aulas para una Academia comercial que instaló en la década de 1970 y que tuvo gran éxito por su excelente nivel y la disciplina, que le valió lograr varias generaciones de egresados.

Aunque recibía donativos en efectivo de diversos benefactores, principalmente la mencionada Wolf, el padre hacía colecta entre los comercios y productores de la ciudad con objeto de completar la dieta de los chiquillos bajo su tutela. Así, llegaban como en la parábola bíblica, leche fresca de los ranchos cercanos, pan de azúcar y bolillo de las panaderías cercanas, huevo y gallinas de las granjas aledañas, ropa y abarrotes de los tendajones. Orgulloso declaraba jamás haber tenido a un niño con hambre. (Y llegó a tener simultáneamente a más de 80) Inicialmente llegó a tener una camioneta con caja adosada al chasis, de color naranja, tan vieja que solo la intervención divina explicaba su funcionamiento aunque luego cambió por un vehículo convencional.

Todos sus adscritos debían estudiar, así que era común verlo en las diferentes instituciones públicas inscribiendo a sus “hijos”, en esos menesteres, llegó a formar  parte de varias asociaciones de padres de familia e incluso, quizá como resabio de su truncada incursión como maestro rural, fue fundador en la década de los sesenta, de la Preparatoria San Juan, de la que también fue docente algunos años.

Con el paso del tiempo, con ayuda de sus egresados, la Casa Hogar, se constituyó como Asociación civil administrada por ellos mismos. Manejaba el término “Egresados” para aquellos que una vez teniendo una profesión u oficio formaban una familia o se independizaban a la “buena”, porque también tuvo fugas de aquellos que no aceptaban su disciplina. En esta clasificación, tenía bajo su tutela niños de poca edad hasta adultos, incluso a Dimas, un protegido  muy mayor, que por motivos de Salud era difícil se sostuviera solo, lo mantuvo casi hasta el final de sus días y para no exponerlo a las dificultades del exterior, le abrió una pequeña tienda, casi al final del edificio.

Sabedor de las necesidades e inquietudes de los jóvenes, incluso les llegó a acondicionar, lejos de los pequeños, algunos departamentos con acceso independiente, y conocedor de la naturaleza humana varias veces tuvo que hacer oídos sordos ante situaciones que salían de su concepto de disciplina.

Su trato era bastante directo y recio, lo que le valía no poco frecuentes dificultades cuando externaba su pensamiento en diversos foros, “tengo el efecto de servir a la verdad, y no me callo, truene quien truene” decía. A pesar de ello, la labor que realizaba, le redituaba buena imagen entre la gente común, incluso, en la estación local, en la XVI, a invitación de don Enrique Morales, mantuvo durante varios años un gustado programa de Orientación Familiar.

Su tesonero proceder le valió mantener la Casa durante muchos años. La edad y su recurrente enfermedad poco a poco minaron sus fuerzas, en la vieja capilla, bajo el cristo de popote que le presidía o en su oficina, ante el retrato de la benefactora, hasta el final de sus días todavía hacia recuento de los muchos de sus tutelados que habían logrado una profesión y enumeraba a 4 abogados, 4 profesores, 5 militares, 1 médico, un periodista, muchos técnicos y sobre todo hombres de labor.

Caso especial fue el de este sacerdote, quien a pesar de su durísimo carácter jamás dejó sin casa, comida y sustento a los a veces muchos y a veces más niños, que eran dejados en esa casa, ya fuera por ser huérfanos, otros más solo para que “los corrigiera”. En todo cumplió.

Muchas veces requirió para sus labores de su auxiliar, “la Santa Mónica”. Contaban los pupilos que en un rincón de la arcada de acceso a los dormitorios durante ciertas noches se dejaba ver una sombra que los asustaba, enterado del hecho, el padre se apostó a esperarla. La paciencia dio resultado y una vez que la vio, se le fue encima propinándole un par de cachiporrazos a los que siguieron sendos gemidos. Al día siguiente, algunas gotas de sangre en el lugar, confirmaron la puntería del padre y la “aparición” no volvió.  

Tras cincuenta años de  ininterrumpida labor, sin fuerzas para continuar a causa de la enfermedad , debió dejar la Casa Hogar, su amada fundación en manos de las madres Vicentinas por petición del Obispo Mario de Gasperin.

Tuvo en la ciudad, el presbítero Guadalupe Leal los cargos de Capellán del templo del Beaterio, encargado y capellán de Jesusito de la Portería y del templo de San Juan de Dios.

Murió el jueves 17 de junio de 2010, antes de ser llamado a la casa de Dios, solo dos cosas le preocupaban, el no haber formado ningún sacerdote y qué sería de Dimas.



Una placa en su amado espacio de la capilla de Jesusito, el lugar más emblemático del catolicismo sanjuanenses le recuerda, y en cada aniversario luctuoso, una vez más como cuando eran niños, muchos de sus hijos asisten a recordarlo.
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Por cierto, Armando es el periodista mencionado en el texto entre los egresados del Padre Leal.