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jueves, 16 de abril de 2020

No solo una escalera




Fotografía personal, 2007. La Escalera de la Discordia en su apogeo.

Durante pasadas semanas, en redes sociales se dio a conocer que una escalera pública que comunicaba una calle en la parte alta con la baja de la ciudad, había sido destruida por los vecinos, aduciendo que por ella llegaban y era vía de escape de malhechores a sus casas. Lo que dio paso a comentarios a favor y en contra: que si se estaba violando un derecho de paso, que sí era propiedad del fraccionamiento… Como siempre, la última palabra la tiene cada uno, me limitaré en esta entrada a dar el aspecto histórico del lugar, para mejorar sus puntos de vista.

Fotografía tomada de Internet, crédito a quien corresponda.  La  ex escalera en la actualidad.

Anteriormente he comentado que cuando no se sabe de un tema, es mejor quedarse callado o de plano decir “no sé” y no andar inventando historias o decir lo que uno supone. En este caso es lo contrario, si se sabe, debe darse a conocer y digo en este caso porque resulta que la zona en cuestión, la conocí perfectamente, cuando era completamente de huertas, incluso cuando no existía ninguna casa (y no soy tan grande, la ciudad creció más rápido que yo) y era un espacio de juegos, por estar apenas a unos metros de la calle donde vivía.

UBICACIÓN

La escalera unía las calles Melchor Ocampo, (antes Cóporo, más antes Camino Real al Rodeo) con otra del fraccionamiento el Molino que comunica con el bulevar Hidalgo, una de las principales de la ciudad. Se requiere una escalera de unos 10 metros de altura porque la primera está en la ceja de las llamadas Peñitas, un saliente rocoso y la segunda, en la parte plana. Es el único acceso peatonal para salvar el desnivel.

Imagen tomada de Google Earth 2020. Calle Melchor Ocampo, al terminar las viviendas. inicio de la escalera en su parte alta. Al fondo, el antiguo camino Real al Rodeo.

El área donde estaba la escalera era el antiguo límite entre la calle de Cóporo y dos de las más famosas huertas antiguas sanjuanenses, la Viña y el Molino, específicamente, la escalera estuvo toda en el Molino.
Por estar la escalera, precisamente encima de lo que fue la antigua acequia del pueblo, los datos que presento los había escrito en el libro “La acequia del pueblo” del que los extracto, aclarando que no hay otra descripción detallada de cómo eran además de esta.

 LA HUERTA DEL MOLINO

Al abrirse el Bulevar Hidalgo en 1969, se afectaron 3 emblemáticas huertas sanjuanenses: la Viña, el Molino y la Huerta Grande, cortándolas casi por el centro, así, fueron conocidas por la gente común, ya que, aunque habían sido mucho antes terrenos casi públicos, para entonces ya eran propiedades completamente cerradas, a las que solo se accedía por invitación o robo, una de ellas es el enorme terreno que detallaremos a continuación, la huerta del Molino, con los límites siguientes:

Imagen tomada de Google Earth 2020. Vista aérea de el fraccionamiento el molino, la vía pavimentada es el B. Hidalgo, arriba a la izquierda, la zona de la escalera.

Al poniente una barda de piedra junto al río, sobre el dique que se hizo para ganar terreno firme y fértil ya que la corriente inundaba parte de la huerta. Esta sección estaba en promedio 3 m bajo el nivel actual de la calle, que es precisamente la del dique, aparentemente hoy las construcciones tienen el mismo nivel, pero puede constarse que varias de las  mueblerías ahí instaladas tienen sótano, la primera, de comerciantes españoles de apellido Da Luz sufrió todavía inundaciones cuando el río tenía creciente y se filtraba el agua a través del dique.
Al oriente por la barda de contención de las Peñitas o del camino Real
Al sur por el arroyo Cano y una pequeña barda de piedra suelta.
Al norte por la barda de la huerta de la Viña.


Recreación  personal, casi la misma de la imagen de Google, la huerta del Molino, como estuvo hasta la década de los 80s. Arriba, las Peñitas, abajo a la izquierda, la barda poniente, junto al río.

2.- Barda Oriente del Molino o de contención de las Peñitas o del Camino Real al Rodeo.
3.- Camino Real al Rodeo. Bajo la barda, la única casa antigua de la zona.
4.- Final de la parte urbanizada de la calle Melchor Ocampo, antiguo basurero.
5.- La casa Canal.
6.- Barda divisoria entre la Viña y el Molino.
7.- La acequia. La línea azul marca todo su recorrido en la huerta
8.- Compuerta y rampa de la acequia, aquí se ubicó muchos años después la escalera.
9.- Declive de las Peñitas, compuerta, el sabino y la Noria.
10.- Huerta de la Palma.
11.- ubicación actual de la Escuela comercial, en el B. Hidalgo.
12.- Arroyo Cano.
13.- Terreno de la antigua Central Camionera, entre las décadas de 1970 y 80.
14.- Trazo del B. Hidalgo.
18.- Terraplén artificial, hoy parque del fraccionamiento, solo quedan las piedras.
Donde está el logo del blog, fue la antigua zona de duraznos y luego pista de mini motos.

La extensión de la huerta se dividió por el pavimento, de norte a sur en dos secciones, su acceso original estaba en la calle Allende, en la casona llamada precisamente el Molino, frente al Sabino Quemado al costado del pozo de Guadalupe, hoy instalaciones de la P.G.R., inmediatamente luego se distinguían en la barda ventanas y puertas tapiadas, aunque no había restos de habitaciones. La barda, rústica, de piedra de río y cantera, sin aplanado continuaba por la ribera del río hasta el arroyo Cano. Al interior hubo gran cantidad de árboles frutales: aguacate, pera, mora, uva y el único del pueblo de granadas chinas; bajo las Peñitas había carreras de duraznos además de moras y aguacates dispersos que poco a poco se fueron secando por falta de riego, de bardas, y el abandono de los propietarios, quedando terrenos baldíos e inútiles.



Imagen personal. Al final de la Calle de Allende, antigua casona conocida como el Molino, entrada original a la huerta.

Distribuidos a lo largo y ancho, había canales de riego derivados de la acequia. Exactamente hacia atrás de lo que hoy es una escuela comercial,en el B. Hidalgo, casi bajo las Peñitas había un sabino, el más grande de la ciudad exceptuando los del río, a su sombra estaba una compuerta, consistente en dos piedras de cantera con una canaladura para poner una tabla o lámina metálica, movible a voluntad. Este canal secundario que conducía agua terreno abajo. (cuando lo conocí, al llegar al pavimento del Boulevard, cruzaba por un pequeño túnel pasando intacto a la otra sección, donde ya casi no se utilizó porque solo quedaban algunos duraznos que igual se secaron) Junto al sabino, a ras de suelo, estaba un pequeño pozo de orificio cuadrado de aproximadamente 20 cm por lado, formado con piedras al que le llamábamos “la Noria”, aunque por su tamaño difícilmente sirviera para sacar agua, tenía bastante profundidad. No he podido encontrar quien pudiera decir su verdadero uso y antigüedad.

Imagen personal, época actual. Ribera y  Paseo del Río La línea azul marca el final de la barda poniente de la Huerta,  abajo, el puente Cano sobre el arroyo del mismo nombre, que era el límite sur de la huerta. El edificio azul es la escuela comercial, en el B. Hidalgo.

 Nace Boulevard

El Boulevard Hidalgo fue la primera avenida moderna de la ciudad, planeada por el gobierno municipal y los comerciantes para facilitar el acceso al centro de la ciudad a los autos que transitaban por la Autopista México – Querétaro, se trazó y construyó en una sola etapa y tiempo récord con todos los adelantos modernos de entonces;  doble carril y sentido, pavimento, guarniciones, colectores de  lluvia, alumbrado de luz mercurial, nombre francés, camellón y varios etcéteras, a partir del año de 1967. El cúmulo de maravillas sin embargo, a los supuestos visitantes les importó poco, de manera que era difícil que un auto transitara al interior de la ciudad y en sentido contrario menos, los pocos autos no tenían razón de ir a la nada, así que durante años sobre el costoso pavimento fue posible escenificar largos encuentros de fútbol callejero, a veces dos simultáneos, (práctico uso de los dos sentidos) siendo las porterías piedras que rara vez había que quitar dado el poco tránsito.

Solo ocasionalmente se veían por ahí a los estudiantes del seminario Javeriano que tuvo la primera entrada hecha en esta calle, después se construyó junto al Seminario la ahora vieja clínica del Seguro Social y un negocio de venta de autos (MAGUESA) junto al arroyo Cano. Desde entonces, no ha pasado un día en que no haya al menos una obra en construcción. Sin embargo, el detonante real para su desarrollo fue cuando el Municipio a fines de la década de 1970 decidió acabar con el popular comedero llamado “El Tragadero” de la calle de Allende y trasladar la Central de autobuses que sin local funcionaba en Av. Juárez, al terreno ubicado luego del arroyo Cano, colindante con la huerta del Molino. Varios de los desalojados se instalaron en el tramo entre Allende y la flamante Central Camionera, (no hubo problema como hoy con los comerciantes fijos porque no había ninguno, estaba vacío). Su primera clientela fue la que obligadamente debió caminar del centro a la terminal y viceversa. Aunque ya había una línea de transporte urbano, Delfines de San Juan o Circuitos, eran poco usados, la gente prefería ir al trabajo o de un lado a otro a pie, solo cuando se quería matar el tiempo, no se tenía qué hacer o prisa, usaban los camiones.

Los para entonces pocos árboles del Molino se fueron acabando por la pizca inmoderada de los transeúntes, quedando sus dos secciones como amplios baldíos, propicios para toda clase de actividades no agrícolas. En el lado oriente (precisamente donde está hoy el fraccionamiento) funcionó incluso una pista de mini motos de alquiler, un año se instaló la feria de junio, y en la sección junto al río, cuando llegaban al pueblo las caravanas de gitanos o las mal llamadas “húngaras” se les permitía poner ahí sus carromatos, lejos del centro ya que tenían mala fama; que eran brujas, que robaban niños, que perdían a los hombres etc. Sin embargo, su principal actividad consistía en leer la palma de las manos, “la buenaventura” decían; No debieron ser tan temibles ya que durante los meses que estaban siempre había gente esperando sus servicios fuera de los vagones.

La Casa Canal

Aún dentro del Molino, en el límite con la Viña, bajo la barda de contención de las Peñitas, en el declive, existía adosada una extraña construcción, que aparentaba ser una casa normal de dos plantas, aproximadamente de 10 por 8m con puertas y ventanas Ya estaba en ruinas en 1973, invadida por maleza y carrizos que crecían dentro y salían por todos los huecos posibles. Un poco arriba, la acequia tenía una compuerta de desvío a una rampa de ladrillo que conducía a otro canal que desembocaba en el segundo piso de la casa. Tenía visibles dos fachadas, la de la ladera semicubierta por derrumbes, la otra era la barda que limitaba con la Viña. Creo que nunca tuvo techo la primera planta y el de la segunda se derrumbó, ahí llegaba el descrito canal a un túnel vertical adosado a la pared. (como una chimenea) Al interior parece que había un sistema de compuertas para controlar el paso de agua a varias direcciones (la maleza y basura acumuladas no dejaban ver el piso). No he podido saber si fue casa habitación adaptada para distribuir a las huertas o se hizo exprofeso.
Recreación  personal ampliada, La Casa Canal junto a lo que después sería la escalera. puede verse la desviación de la acequia al techo de la casa.

Al instalarse la central Camionera en el B. Hidalgo y ser común que las personas llegaran caminando, algunas optaron por tomar un atajo por la calle de Cóporo, al terminar las viviendas, justo sobre la casa que se acaba de detallar, donde iniciaba la barda del camino Real. Este muro, ya muy deteriorado, conservaba hasta un metro de altura que era necesario saltar, una vez al otro lado, con ayuda de un guayabo, descender por la ladera, saltar la acequia, llegar al terraplén, cruzar la ex pista de motos y por fin al Boulevard. Al principio era dificultoso, pero con el paso constante, la barda fue desapareciendo, dejando acceso libre y se formó un sinuoso caminito.

Recreación  personal, la  misma zona, pero vista desde la calle Melchor Ocampo, casi al centro, la Casa Canal, a la izquierda, las Peñitas.

Cabe mencionar que la ladera y el terraplén ya no existen, se retiraron con maquinaria para nivelar el terreno para el fraccionamiento, solo quedó lo que estaba sobre la casa canal.

El municipio, como siempre previsor, advirtió el sufrimiento de la gente y construyó entonces, para evitar accidentes, una escalera de piedra y una casi calle, de Cóporo al B. Hidalgo, en que la gente bajase cómodamente, sin brincos, vueltas ni apoyos en el guayabo, talado sin miramientos.

Parte de lo removido, sobre todo piedra, tierra, la compuerta de cantera y la rampa de ladrillo se tiraron sobre la casa canal que posteriormente se derrumbó, enterrando su misterio. La escalera cortó para siempre el ya escaso caudal de agua que corría por la acequia, solo de lluvia y secó para siempre media docena de árboles de mora que estaban casi para llegar al Boulevard.  Al costado de la casa, todavía en 1980 quedaban restos de un canal que los derrumbes no permitían ver si provenían de su interior o directamente de la acequia.

En 2006, junto a la escalera todavía seguían los restos de la compuerta y la rampa. Siendo la casa solo un montón de piedras y basura, se removió y pudo verse en lo que fue la parte baja del muro, restos de mampostería que parecen ser un canal y junto a la viña, vestigios de canales y compuertas internos. Se ven combinados elementos antiguos de cantera y recientes como ladrillo rojo. Algunas veces entré y pude ver que en el lado que colindaba con la viña, había ventanas, seguramente para vigilar la distribución de agua.

Fotografía personal, 2007. Terreno donde estuvo la casa canal, solo queda la parte baja de su pared  oriente. La barda de piedra encima de ella es moderna, para evitar derrumbes. La barda bajo el ladrillo es lo único original que queda de la que dividía la huerta del Molino con la Viña.

En sus Viajes de Orden Suprema, Guillermo Prieto relata un paseo a las huertas, por la descripción, llegó por Allende, Galeana y la ribera del río, donde se maravilló por la cantidad de árboles, fruta y las actividades sociales que al interior se efectuaban. Menciona una particularidad; no había bardas y sobre la calzada entre el río y las huertas había bancas de piedra para descanso. El acceso era libre y refiere que había jacales y casas. Nadie recuerda tales, el plano de Ignacio Pérez de cerca de 1885 marca varias dentro de la huerta del Molino antes del puente Cano, seguramente sus restos se cubrieron por el B. Hidalgo, en la ladera solo hay ruinas de una. A las que estaban en la unión del río y el arroyo se les conocía como “el Infiernillo.

El nombre de la huerta y el actual fraccionamiento derivan de la existencia de un molino, pero para ello, hay que ir a historia más antigua.

La República de Indios

En casi todas las poblaciones novohispanas existían dos cuerpos de gobierno, uno para españoles y otro para los indios, estos llamados por entonces “naturales”, cuyos actos tenían cierta independencia, sobre todo en la administración de justicia y trabajo comunitario, respetando los españoles sus determinaciones. Tenían tierras propias llamadas comunales. La mención más temprana de la República de indios de San Juan del Río es de 1582 en la Relación de Querétaro, ya segregada de la de la Provincia de Jilotepec y Huichapan. Respecto a su territorio, se menciona que tenía grandes dimensiones; habiéndosele concedido en 1558 por fundo 2,000 varas a todos los rumbos. Para el siglo XVIII, los indios poseían tierras de riego: caballería y media y que los terrenos comunales se habían ido perdiendo a manos de los hacendados. El pueblo se componía de 8 barrios; San Miguel, San Juan, San Marcos, el Calvario, la Concepción: Santa Cruz, San Isidro; y el Espíritu Santo. Los 3 primeros en el centro, de traza urbana y pobladores diversos, el resto en las afueras, exclusivamente indígenas. Se mencionan en los terrenos comunales unos muy productivos debido a regarlos la acequia,  llamados el Triángulo, Bodó y el Carrizal, ubicados “en la ceja del Calvario”. Considerando que la huerta Grande y Guadalupe de las Peñas en esa época eran parte del mayorazgo de la Llave, son los terrenos bajo las Peñitas, al oriente del actual B. Hidalgo, desde el río hasta la plazuela Guadalupe Victoria es decir el Molino y la Viña. Reitero que toda la extensión del pueblo originalmente fue propiedad de los indios y al vender tramos a los españoles, pudieron existir en el pueblo las huertas, incluso desde el siglo XVI.

Desde 1638, había en los bienes comunales una hacienda de riego de labor de trigo, exclusiva para ayuda de la iglesia. Documentos coloniales hablan o dan como referencia un molino propiedad de los indios, ubicado en esas tierras, movido por agua de la acequia, otorgado en 1569 por el virrey Martín Enríquez y estuvo en uso hasta 1582, cuando se vendió. En mi investigación no pude determinar con certeza su ubicación o vestigios, solo es seguro que fue en terrenos comunales y junto a la acequia. Debió estar cerca de la huerta del Molino y de ahí su nombre, dentro de ella, hay dos lugares posibles que desgloso a continuación:

Por la disposición del terreno, lo que llamo la Casa-Canal pudo ser un molino accionado por la caída de agua, lo que explicaría el canal vertical en la pared y por estar en su terreno, la huerta se llamó así, aunque por ya tener partes de ladrillo rojo es dudoso sea el de la República, pudo estar sobre sus ruinas. Al lado de la casa, donde estuvo la escalera, se observaban restos semienterrados de muros antiguos de piedra. Lo innegable es que en ese punto mayor diferencia de altitud se podía obtener de la acequia, casi 8 metros y por razones prácticas, los molinos se ubicaban en lugares así, el agua, apenas con un volumen frontal de 1.5 m. cúbicos por segundo podía mover la rueda de madera (noria) que acciona las piedras de moler, pero mejoraba con una caída, lo que no hubo en otra parte de la acequia, y permite, suponer que ahí pudo ser el original molino y/o alguno posterior. Como no hay documento antiguo del nombre, supongo que inicialmente pertenecía a la Viña o a la Huerta grande que sí son mencionadas tempranamente.

Por otro lado, la tradición ubica un molino al otro extremo de la huerta, en Allende, casi frente al árbol llamado “sabino quemado”, de ahí el nombre más común de la casa, cuyos propietarios más conocidos fueron de la familia Guerrero. Cumple lo arquitectónico para ser. Si el líquido llegó ahí de la acequia atravesaba casi 300 metros en plano, otra posibilidad es que la rueda fuese semi enterrada, o estuviese en el predio de enfrente, donde luego fue el rastro y se moviera directamente por agua del río, aunque no sería el de los indios. Este Molino fue de carácter público, pero funcionó desde el último tercio del siglo XIX. Creo que los dos estuvieron en la huerta y el nombre de la zona siempre fue ese.

AÑORANZAS.

No estuve presente en la década de los ochentas, cuando el municipio construyó la escalera, (como sí estuve años antes cuando quitaron el terraplén y la ladera) así que al enterarme hace días de su remoción, fui en busca de algún resto o al menos señas de la acequia y tomar fotografías. No había acabado de tomar la primera cuando ya tenía dos vecinos preguntando porqué lo hacía, hube de dar el consabido discurso, afortunadamente, fueron amables y cuando empecé a platicar algo de lo que sabía, como que se convencieron de que no era de los que habían criticado la acción de quitar la escalera, creo que la cosa era sería porque hasta un policía hacía guardia en las cercanías.

Como ya mencioné, lo que contenía esa esquina, donde jugué con mis amigos, ya no existe, de la huerta del Molino, muy recordada por nuestros padres, nos tocó poco; en lo que hoy es la calle que descendía de la escalera, había moras y arriba casi llegando a Cóporo: el guayabo, del que como todos los que pasaban cortaban era difícil hallar alguna madura. Diseminados algunos aguacates y las granadas chinas. El terreno donde están todas las casas del fraccionamiento a pesar de lo plano, no pudimos usarlo varios años porque entre el pasto pies de de duraznos, la última producción en forma de la huerta, esa plantación fue cortada por el Bulevar, pero originalmente llegaba casi a la barda a orilla del río, donde hoy están las mueblerías. Solo cuando una máquina hizo la pista de mini motos, quedó utilizable para futbol. La parte del terraplén, también plana, no sé para qué servía, era artificial y delimitada por mampostería de piedra, solo tenía carrizos, todavía cuando estando en la secundaria, hicimos una kermes por 1980, los puestos se hicieron de carrizos traídos del lugar, era el carrizal más grande del pueblo, aparte del río.

Fotografía personal, 2007. sobre lo que fue la huerta canal. los restos de la rampa y la compuerta de la acequia, todavía están ahí, semienterrados, se movieron unos metros de su ubicación original, cuando se hizo la escalera, pero están a la misma altura de donde eran.

Tan poco queda que de la casa canal, apenas hay parte de una pared, de la barda que dividía la Viña y el Molino, solo un tramo original. La acequia se fue cuando se cortó el desnivel de las Peñitas, junto a la noria y el sabino, aunque creo que deben estar todavía junto a lo que quedó de la escalera, los restos de la compuerta y la rampa. 

Por el lado de Cóporo, el terreno junto a la escalera, por su declive no ha sido construido, aunque antes era más pronunciado. Uno de mis primeros recuerdos es cuando era un basurero y fui a tirar por la ladera algunos desechos que caían hasta la acequia, todavía con agua y se la llevaba la corriente.  
Como vecino del lugar, disfruté durante mucho tiempo esos lugares en compañía de amigos de juegos y vagancia constante. Algo que ya no conocieron muchos fue la libertad de andar de un lado a otro, pizcar fruta, o simplemente ir a por la sombra del sabino y acostarte en el pasto sin ningún temor, porque no había peligros, hago mención de ello porque en esos tiempos, sin inseguridad y sin supervisión adulta podíamos andar por ahí René Santana Rico, Gustavo Trejo Castillo, Manuel Romero Chávez y Fernando Soto Martínez. (a veces el grupo era de más de 20, pero menciono los más allegados más o menos por edad, aunque también muchas veces anduve solo) hoy creo que ni siquiera los vecinos permitirían a sus hijos andar ahí solos. 

Extrañamente, como una característica propia del fraccionamiento algo persiste a pesar de  cuarenta años: los carrizos, que aparecen por donde quiera, signo que no han podido borrar siglos de la vocación agrícola del terreno, porque solo crecen donde hay agua, señal de los antiguos canales y la acequia que conocí y quizá de muchos más antiguos de los que no quedó memoria.

Imagen tomada de Google Earth 2020. Vista desde Melchor Ocampo, la escalera y el "punto ciego". (no  se ve , o veía si había alguien)


Imagen tomada de Google Earth 2020. El baldío, antigua ladera, antes muy pronunciada y que fue basurero. Abajo, los infaltables carrizos, que denotan el antiguo paso de la acequia.

Así que tomen su decisión; ya mencioné que la escalera es de la década de los ochentas, no se trata de un derecho de paso de siglos, el terreno donde se asentaba era parte de la huerta del Molino y las bardas la delimitaban con Cóporo y la Viña. No sé qué arreglo se hizo con los propietarios del terreno del hoy fraccionamiento, esa parte no se alineó por el riesgo que se derrumbara la calle Cóporo. Cuando la central estaba al otro lado del arroyo Cano era muy frecuentado, ya poca la gente la utilizaba, sí es un gran atajo. Conocedor del lugar, estando en Cóporo, ya un par de veces me dio miedo bajar la escalera. (tiene una parte que no se ve desde arriba y no fuera a ser)

Imagen tomada de Google Earth 2020.  La última imagen de la escalera, se me había olvidado mencionar los daños colaterales, también se fue un mural sobre ella.

Como dije, no me inclino por ninguno de los bandos, pero para mí, no era solo una escalera.


Fotografía personal, 2007. Tomada desde la parte media de la antigua escalera,  se observa lo que era la barda de contención, y la parte de ladera que fue alineada.  El nivel bajo de la barda, muestra el original camino, el nivel alto, el camino tras su arreglo a finales del siglo XIX.

Fotografía personal, 2007. Un poco al sur, el último tramo de barda, tenía unos 300 metros de extensión y su altura, de más o menos un metro y medio sobre el camino, iba  haciéndose menor, porque la ladera también disminuía. Terminaba cerca de lo que hoy es el B. Luis Romero Soto.
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EL CHICHIMECA AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
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Creo que iba a ser un texto corto, pero fueron saliendo recuerdos, espero no les moleste.

Ante la contingencia, no creo tener autoridad para dar recomendaciones, creo que cada quien tomará las medidas que juzgue convenientes para su persona y su familia, apelando siempre a su sentido común.

Lo único que puedo ofrecer es poner algunos escritos, dado que en lo personal, estoy en reclusión, pondré algunas entradas más de lo normal.

No se olviden de recomendar y dense sus vueltas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Un panteón insólito, la Santa Veracruz de san Juan del Río, Qro.

Un panteón insólito, la Santa Veracruz de san Juan del Río, Qro.



 Fachada en  el callejón de 2 de abril.
Dentro del cúmulo de actividades culturales que contuvo en días pasados, el festival de día de muertos de esta ciudad, para el tema de este blog destaca la reapertura del Museo de la Muerte, en el antiguo panteón de la Santa Veracruz, tras una remodelación que cambió en algo su apariencia, pero que mantiene su objetivo original, que es dar a conocer la muerte como manifestación cultural.  

Por tal motivo, esta entrada, más que datos históricos, la dedico a detallar algunos aspectos únicos de este panteón, que lo hace diferente a casi todos los del país.

El panteón, como tal data de mediados del siglo XIX, es un edificio neoclásico, con la extraña característica de encontrarse al borde de una peñasco y cuya planta  se encuentra sobre la roca viva siguiendo los contornos que le determinó el desnivel natural de la peña.
Calle Melchor 0campo. Sobre la Peña, el mirador del panteón.

Por la misma razón, nunca tuvo una superficie de tierra para excavar las tumbas, sino que se tenía que esculpir un orificio para ello. Es quizá el único panteón donde los enterradores no usaron palas, sino cincel y martillo, o bien recurrían a otro método igualmente novedoso: el entierro se hacía a nivel del suelo y sobre el ataúd se construía una tumba de material, completa, por lo cual algunas resultaron muy altas.

Fotografía de la Dirección Estatal de Turismo. Patio superior. Nichos, Tumbas altas  y el osario.
El área total ocupada por el cementerio es relativamente pequeña para este tipo de instalaciones, por lo que se tuvo que utilizar hasta el último resquicio que la roca permitía para colocar las tumbas. La parte interior de la barda de su fachada fue utilizada para instalar otro para entonces novedoso, sistema de sepultura, consistente en nichos dentro de la mencionada pared.

Patio inferior. Tumbas a ras de suelo.
La escasez de espacio motivó incluso a un par de extraños entierros verticales. Están en la parte de la roca sobre la que se desplanta la iglesia vecina, ahí, se hicieron excavaciones tan pequeñas que solo se explican si el entierro se fue con la caja en posición vertical.

El colmo de las extrañas ubicaciones para las fosas lo encontrarán en una tumba ubicada en uno de los descansos de la escalinata que une los dos niveles, aunque creo que en este caso no fue para aprovechar el espacio sino por propia voluntad del difunto.
Tumba en la escalinata.

Aparte del área de tumbas, contiene otras instalaciones, propias de los cementerios, pero siempre con características propias:

Un osario, igualmente creo que el único que he conocido, que no está en tierra, sino que igual  que las tumbas se excavó en la roca viva.
Osario

Tiene una pequeña capilla interior, que también por falta de espacio, una de sus paredes, es el contorno de la peña, y tiene la característica única de que en tres de sus paredes contiene… más nichos.

Capilla interior, el mural perdido.
Otra característica que lo distingue de la mayoría de los panteones  es que gran parte de los entierros que se efectuaron en él fueron secundarios, es decir, habían sido enterrados en las iglesias y los otros camposantos de la ciudad y pasado el tiempo los restos fueron trasladados aquí. Solo así se explica el pequeño tamaño de algunas tumbas.  Es el caso de algunos personajes importantes de aquellos tiempos como Rafaela Díaz, benefactora de la ciudad, que fue trasladada como un homenaje a su labor al nicho No. 1, o el del General Juan Domínguez y familiares, quienes originalmente estaban en el panteón ubicado frente a las iglesias del centro, y se trasladaron inicialmente a una tumba superficial de este panteón y luego a un nicho.
Entierro secundario. Nicho no. 1 
El hecho de que los cadáveres de este panteón no se “enterraban” (porque no había tierra) sino que se depositaban en la roca y sobre el orificio una lápida, los resquicios y orillas de ambos se sellaban con mezcla que el tiempo se encargaba de fracturar, lo que ocasionaba que los olores se dispersaran. Al paso del tiempo, en el mismo siglo de su construcción, el hedor llegó al grado de que si mis fuentes no me fallan, fue clausurado un par de veces, hasta que la situación fue solventada, es decir se volvían a sellar los orificios generados por el desgaste de la mezcla, igual ocurría en los nichos, cuyas lápidas caían y a veces no tenían detrás un muro que sellara el espacio. La situación debió ser repetitiva durante muchos años, y solo se resolvió cuando, a causa del espacio, fueron disminuyendo los moradores que al panteón ingresaban.
Pared de la roca contigua,, sobre la peña, y en ella, más tumbas.
Esto determinó su destino, en pocos años se llenó completamente de tumbas y ante la imposibilidad de hacer nuevas, solo se volvían a utilizar  aquellas en las que una familia había pagado la perpetuidad y podía depositar en nuevos difuntos.

La natural movilidad social, el olvido de parientes, el envejecimiento y dispersión de las familias hizo que poco a poco fuera menos utilizado, visitado y mucho menos remozado, aunque siguieron entierros esporádicos hasta después de la segunda mitad del siglo XX.

Ornamentación, en el mirado. La muerte siempre presente.
Un elemento que no ha sido estudiado y que supongo influyó en que este panteón cayera en desuso, es la tremenda dificultad que significaba que cualquier cortejo fúnebre llegara del centro, lo que significa subir la empinada cuesta de la hoy calle dos de abril. Con el difunto a cuestas debió ser una penosa labor.

Ornamentación, otro diseño, la misma presencia.
Otro elemento que distingue a este de cualquier otro panteón es que durante su construcción, al nivelar en lo posible la peña, la misma roca que se iba extrayendo, se utilizaba para ir levantando las paredes, y a lo mejor hasta la ornamentación.

El edificio fue diseñado por  el Dr. Guadalupe Perrusquía, sanjuanense distinguido quien a pesar de su profesión, tenía inclinaciones artísticas y nos legó un  elegante edificio, perfectamente adaptado al espacio, utilizando como piedra de muros la cantera morena sanjuanense y con ella misma, la ornamentación alusiva a la muerte. Varios de los espacios tuvieron murales, de los cuales solo se conserva la pintura al interior del osario. Se perdieron el de la fachada de la capilla y algunos que  tenía en su interior. Adicionalmente en  varias paredes, se pintaron poesías de tema necrológico, que creo que tampoco hay en ningún panteón.

Y como colofón al uso de la cantera morena, originalmente del mismo material fueron las lápidas de las tumbas, las más modernas ya incorporaron otros materiales. La facilidad de moldear este tipo de piedra justifica su popularidad, pero a la vez le hace presa fácil de la erosión, por lo cual muchas de ellas lamentablemente han pedido sus inscripciones.

Pintura al interior del osario.
Mis recuerdos personales del lugar son de mediados de la década de 1970, para entonces, al ser ya muy pocos los descendientes de los ahí sepultados, permanecía cerrada casi todo el año la reja de entrada que supongo era la original, porque era forjada.

Como casi todos los niños del barrio de la época, cada vez que pasaba por ahí, me asomaba a través de la reja para leer el poema que desde ahí era visible en la amarillenta pared,  y subido en ella, vislumbrar las tumbas de las partes bajas.

Por una casualidad pude entrar al lugar, dado que un vecino de la Plazuela Guadalupe Victoria, don Guadalupe Trejo, tenía la llave de la reja, y en un mes de noviembre de esa década nos envió a su hijo y a mí a abrir el panteón y estar al pendiente por si se presentaban familiares de los ahí sepultados a arreglar algunas de las tumbas y conseguirles agua para las flores y obtener una gratificación.

Fotograma de la película "las vírgenes locas" de 1972, patio inferior 
Dado que fueron realmente pocas las personas que se presentaron ese día, el monetario fue igualmente exiguo, pero todo el panteón fue nuestro durante varias horas. Hago mención de que el abandono era total: muchas filtraciones de agua de los techos; el osario contenía aún huesos y mucha basura; las palomas que lo habitaban habían acumulado bajo sus nidos gran cantidad de desechos; bastantes lápidas estaban rotas y el polvo acumulado permitía que la vegetación creciera en paredes, techos y en el suelo entre las tumbas y sobre ellas; Los murales aún se distinguían pero ya muy deteriorados; Varios nichos habían perdido su lápida frontal  y se asomaban los restos humanos, incluso ropas. Todas las paredes perdían su pintura  y las del mirador mucho del aplanado.

Fotograma de la película "las vírgenes locas" de 1972, interior de la capilla.
A pesar del abandono o quizá por eso mismo, la capilla era el lugar más impresionante, al no haber luz eléctrica, al entrar en ella y ver que de los nichos sobresalían huesos verdaderos incrementaba el ambiente sobrecogedor.

Una década después, en 1980, el edificio se destinó para albergar el primer museo de la ciudad, bajo administración municipal, sobre todo para albergar el gran acopio de material arqueológico de la zona vecina, es entonces cuando un grupo de sanjuanenses remozó en lo posible el edificio. Aclaro que desde entonces muchas lápidas cambiaron de lugar, ante la imposibilidad de hallar su ubicación original, a donde se pudiera, otras se acumularon en el vestíbulo y se trató de al menos cubrir todas las sepulturas con una. Se conservaron casi todas, aun las que no tenían ya inscripción. Varias de las tumbas "altas" se reubicaron.

Poesía alusiva en las paredes.
Poco después se decidió que la museografía cambiara  y  se destinara como “Museo de la Muerte” como permanece en la actualidad, con su única sala dedicada a la temática referida, respetando el resto de edificio, es decir, el viejo panteón de la Santa Veracruz, en la cornisa natural, en la que los viejos sanjuanenses ahí sepultados, contemplan el crecimiento de la ciudad que los vio nacer, vivir y morir. Sea para bien esta nueva remodelación que nos permita conservar muchos años más  uno de los edificios más más emblemáticos y bellos de nuestro patrimonio histórico.
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EL CHICHIMECA AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
Todas las fotografías presentadas son de antes de la remodelación, espero asistir pronto a tomar algunas actuales. Todas son personales, excepto la de Turismo y los fotogramas.
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Les recuerdo que el próximo sábado 12 de noviembre, en el Portal del diezmo, a las 7:00 p.m. Fernando roque presentará su libro En mi viejo San Juan... del Río. Ahí nos vemos. Estaré apoyando a Fernando en la venta de libros, a un precio irrisorio. No compre un libro, recupere sus recuerdos. La venta no tiene fines lucrativos, sino apoyar al autor en nuevas publicaciones.
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domingo, 24 de mayo de 2015

Las Poquianchis Reloaded


Hace poco más de un año, en marzo de 2014, subí a este Blog una entrada relacionada con la llamada “Casa de las Poquianchis” de San Juan del Río, Qro. 

Para ver la entrada mencionada,  da clic aquí: Las Poquianchis en San Juan del Río, Qro. 
Fotograma tomado de la película: el inexistente letrero.

Subtitulada “Las Poquianchis en San Juan del Río, Historia de un mito”, refería más que nada a recuerdos de los burdeles de la ciudad, sobre todo el instalado en esa casa, que fue el más duradero. Ahí sostenía que la participación de las verdaderas Poquianchis en la casa era incidental y que en realidad nunca fue parte de los negocios de las hermanas González. Aun así, la mencionada entrada acaba de cumplir solita, 1000 visitas, lo cual para un blog de historia local, es un número bastante aceptable, en razón de ello, me permito dar a conocer a Ustedes algunos datos relacionados que complementan lo ya publicado, esperando tenga el mismo éxito que la anterior. Como no hay modo de desligar lo que yo llamaría las “Poquianchis históricas” de Guanajuato con la mal llamada “Casa de las Poquianchis” de San Juan del Río, entremezclo las dos historias.

ANTECEDENTES
Extraño caso este de la nota roja mexicana, que cincuenta años después sigue suscitando curiosidad entre quienes vivieron en esa época, quienes solo la conocieron de oídas y aún entre los jóvenes, que la conocen de segunda y tercera mano. Es uno de los temas más leídos en México. En gran cantidad de páginas de internet, policíacas, de nota roja, superchería, asesinos seriales, blogs, foros y  redes sociales, todo aquello que al menos insinué la palabra Poquianchis, incluso lo que aquí presenté, en el que de entrada aclaraba que solo era una conseja popular, derivada de una relación indirecta, tiene lectores.


EL LOCAL
La que se conoce como Casa de las Poquianchis, en San Juan del Río, fue un burdel instalado en la calle de Melchor Ocampo 38, anteriormente la calle se llamaba Cóporo y en la numeración antigua le correspondía el número 30, en razón de ello, el lugar era conocido popularmente como “el 30”  o “el burro”. Aunque se ha mencionado que el lugar se llamaba “Río Rita” en realidad aquí nunca fue conocido así, parece ser que fue la razón social que se le puso en sus últimos años, como requisito legal y solo existió en documentos, nunca en voz de clientes, trabajadores ni vecinos del sitio.
Fotografía personal: la casa en la actualidad.

Hasta fines de la década de 1940, la prostitución a nivel local había sido ejercida en casas particulares, supongo que desde el establecimiento del pueblo siempre hubo quien se dedicaran al vetusto oficio, pero era de manera individual o lo que entonces se llamaba “casas de citas”, de acceso restringido. El establecimiento del burdel de Cóporo cambió diametralmente esa práctica, con un local abierto a todo público, enclavado en una zona entonces marginal de la ciudad, pero relativamente cercana en distancia al centro de la misma. (Distaba la casa apenas dos cuadras de la calle principal, la Av. Juárez y tres de la Plaza Principal, el Jardín Independencia)
Entre las novedades que trajo el establecimiento fue que en el entonces amplio edificio (no he podido confirmarlo, pero hay evidencias que para su construcción se tuvieron que derribar un par de casas viejas, que en ese lugar, eran muy estrechas, para obtener un área mayor de construcción) se tenía un salón de baile donde se podía observar plenamente a las damas, amenizado por una sinfonola y se presentaba esporádicamente lo que se llamaba la “variedad” más que nada consistente en cantantes y bailarinas, casi nunca con desnudos completos, pero que en la semipenumbra insinuaban o enseñaban lo suficiente para enardecer al público que podía consumir una amplia gama de bebidas etílicas, la más popular, la cerveza, pero había brandy, ron y hasta coñac. También se vendía el entonces considerado muy corriente Tequila. En la parte trasera se encontraban los llamados “dormitorios” que en realidad eran pocos pero usados toda la noche, el resto lo completaban las propiamente viviendas del personal.


 EL PERSONAL
En aquel tiempo, casi todas las mujeres que trabajaban en esos establecimientos se habían iniciado en la prostitución de manera forzada, víctimas de las redes de tratantes de blancas, que operaban en todo el país, quienes a través del rapto directo o engaño de posible empleo, las sustraían de sus hogares para venderlas en calidad de mercancía a los dueños de los burdeles que de igual manera las vendían o intercambiaban a establecimientos similares.  Esta especie de esclavitud era una norma con la que operaban los negocios de ese tipo, incluido el de San Juan del Río. Rara vez regresaban a sus lugares de origen, sobre todo porque su oficio las estigmatizaba y aunque su ingreso a él había sido involuntario, la moral de aquella época las marcaba, impidiendo la vergüenza que volvieran a sus casas en las pocas ocasiones en que eran dejadas en libertad. Las más de las veces transcurría su vida hasta su vejez en esa prisiones que en una extraña dicotomía también eran lo único que conocían como hogar, esas paredes siempre cambiantes, ya que por edad se les pasaba a locales cada vez de menor categoría, fueron también la tumba de muchas.  


Fotografía personal: las rejas protegían las posible fugas

El Burdel de San Juan del Río, en sus años iniciales operó de ese modo, pero a partir del conocimiento público del juicio contra las hermanas González, donde se ventilaron algunas ramificaciones de venta o intercambio en el que estuvo implicada su dueña, María Montes, se tuvo que abandonar dicha práctica, esto es a partir de 1964, aunque el Burdel continuó algunos años más en el mismo sitio, atendido por un empleado. Al parecer es entonces cuando se le nombra “Río Rita”. Muchas de las antiguas pupilas siguieron viviendo en el local, en la misma ciudad, con la misma gente y con el mismo oficio, algunas regresaron a sus hogares, las menos, otras se casaron y pocas se quedaron, pero la casa siguió atrayendo hasta cerca de 1980 a mujeres que dedicadas al oficio llegaban a nuestra ciudad, aunque los locales que sustituyeron a este, ahora denominados centros nocturnos, se encontraban en otros rumbos de la ciudad.
De la primera época del burdel, solo tenemos algunos testimonios orales. Por estar encerradas todo el día, las mujeres casi no salían y cuando lo hacían era bajo estricta vigilancia, me dicen que mensualmente acudían a revisión médica a un local de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia (dicha visita era rigurosamente cumplida porque de ella dependía el poder laborar, ellas y el negocio) que tuvo varias ubicaciones, todas en av. Juárez. Algunos días a la semana. Le cuentan a Don Jaime Nieto que a las siete de la noche salían en comitiva a dar una vuelta por la av. Juárez y a su regreso “se llevaban a medio pueblo masculino; así como los circos hacen su paseo a medio día, así salían esas señoras”. El mismo informante menciona a algunas de las más conocidas: “Lourdes, la Torera, Nacha y la Cartucha”. El encargado les proveía de todo lo necesario para su vida cotidiana.

LA FAMA
En 1964, con una lista impresionante de cargos, son encarceladas las Poquianchis de Guanajuato, al perder el favor de algunas autoridades que antes las solapaban. Quizá el juicio hubiera sido intrascendente, como muchos parecidos, solo que este tuvo la característica de haber sido cubierto desde su inicio por el semanario Alarma! que lo dio a conocer a nivel nacional. Para quienes no conocieron dicha ¿revista? comentaré que era de nota roja, pero su logotipo y diseño de páginas tenía color amarillo, caracterizado por publicar, sin ningún pudor, además de textos, fotografías escalofriantes, de asesinados, ahorcados, cuerpos desmembrados y todo aquello que oliera a sangre, aderezados siempre con encabezados lapidarios y soeces adjetivos hacia los implicados. De ella viene el término “amarillista”en México. Sé que aún hay revistas de ese tipo, el problema era que esta llegó a hacer circular a veces hasta 750,000 ejemplares semanales a nivel nacional, en una época en la que el país tenía la mitad de habitantes que hoy, lo que explica la difusión del caso. Pocos de los contemporáneos lo vivieron directamente, pero muchos lo hicieron a través de la revista que semanalmente durante años dedicó varias páginas al avance del caso y testimonios varios, entre ellos la ya mencionada relación indirecta del burdel de San Juan con “Las poquianchis históricas”. Fueron sus reporteros quienes contribuyeron a que se asociara la  palabra Poquianchis con todo lo relacionado a maldad.

Imagen tomada de Internet, uno de los primeros números de la revista ALARMA! Nótense los textos, al interior era peor.

Imagen tomada de Internet, 30 años después, la notica seguía siendo primera plana.

Algunos años después, en 1976, se estrena la película “Las Poquianchis” de Felipe Cazals, basada en parte en las  novela de Jorge Ibargüengoitia y notas del juicio, (digo en parte, porque al unísono, el director hace una demoledora crítica social del problema del campo mexicano, enlazando los temas con el padre de una de las víctimas del clan, que sufre ambos agravios) en una de las escenas, una mujer llamada Beatriz hace trato con una de las hermanas González para adquirir mujeres para “doña Mary”, (el nombre de la dueña del burdel de Cóporo) quienes son llevadas según se ve por un letrero a orilla de la carretera, a San Juan del Río, específicamente al bar “Río Rita” igualmente reconocido por un anuncio de neón. De la escena, unos cuantos segundos, parece provenir todo lo que posteriormente se ha dicho y convirtió en leyenda la casa de Melchor Ocampo 38, y le dio su nombre actual “Casa de las Poquianchis” y la faramalla que la acompaña y que la ha llenado de historias de aparecidos, ruidos, lamentos, malas vibras etc. En su tiempo, todo palidecería ante las vejaciones a las mujeres que a la fuerza la habitaban y cuyo silencioso padecer, no fue escuchado por nadie, mucho ahogado bajo la penumbra y música de un sórdido salón de baile.

Portada de la edición moderna de la película.

Fotograma tomado de la película, única referencia a nuestra ciudad.

Fotograma de la película, el anuncio de neón del bar.
Hago la aclaración de que mucho de lo relatado lo vi de propia mano, pasé mi niñez a pocos metros de la casa. Muchas cosas no las entendí entonces, hoy con apoyo de personas mayores, supe de algunos  detalles, como los que ahora les narro.


LAS SECUELAS
Posterior al escándalo de las Poquianchis, la dueña del local de San Juan del Río lo dejó a cargo de un administrador, quien lo continuó algunos años, ya con empleadas en régimen libre, mujeres que a pesar de su oficio, no eran mal vistas por los vecinos del barrio, máxime si se toma en cuenta que contribuían con efectivo, a través de empleos indirectos, a la exigua economía vecinal, incluso el administrador, a quien le tocó la reubicación a otros rumbos, hacía una vida normal en las calles del pequeño barrio, se recuerda que en una ocasión, donó los uniformes del equipo de futbol del barrio, el “Victoria”. La casa quedó solo como habitación de las antiguas empleadas, pero la explosión demográfica y la lejanía con los centros de trabajo poco a poco las fue desplazando y se convirtió en una vecindad de tercer patio, a donde llegó especialmente gente humilde, gelatineros, tamaleros, estudiantes pobres etc. Incluso llegaron inicialmente ahí, en la década de 1980, la primera ola de salvadoreños, desplazados por la guerra en su país.


Fotografía personal, la casa vista desde el Museo de la Muerte.

 También fomentó la leyenda actual de la casa su inclusión en el recorrido del  que yo llamo “taxiván de leyendas” que en realidad es un tranvía turístico que hacía una parte peatonal. En el Museo de la Muerte, ubicado en lo alto, frente a la vecindad, mostraban la casa, llamándola “un antro” y soltaban la historia del sacerdote, que desde la cercana iglesia tenía un túnel entre la peña que lo llevaba hasta la casa para no ser visto. Entiendo que hay que aderezar la historia para hacerla atractiva a los visitantes pero siempre aclarar que es un relato, no la realidad. En la actualidad, el paso al interior es restringido; con toda razón los habitantes se quejaron de que hasta cuando estaban comiendo, se les aparecían un montón de desconocidos, mirándolos como parte de la escenografía de un relato, en la que ellos no tenían nada que ver. Para cada persona su vivienda es su castillo, y debemos respetarla, por ello no he entrado recientemente.
Fotografía personal, frente a la Casa, las peñas del Calvario, arriba a la derecha, el Museo de la Muerte.

EPILOGO

En la actualidad la casa se deteriora día a día; el salón de baile, que tenía piso de madera y un entresuelo lo ha perdido y se dividió para albergar más inquilinos, ya no están las grandes macetas con helechos del recibidor, igualmente el piso de terrazo, que recuerdo reluciente, hoy luce desgastado. Hace algunos años se habló de una remodelación para hacerla atractivo turístico, solo fue la declaración, nadie hizo nada, excepto los grafiteros, que en su fachada han dejado su huella.
Tras cincuenta años, además de las viejas paredes, de las dos épocas del burdel solo queda al frente, el socket original del único foco que en la penumbra de una calle sin alumbrado público, indicaba a los parroquianos que ahí se encontraban aquellas que alguna vez fueron tachadas de “carne de placer y foco de infección pública”.    

Fotografía Personal, al centro, el socket, único vestigio tras medio siglo.

La película aún hoy está a la venta y se puede ver en You Tube, aclaro nuevamente que no fue filmada en San Juan del Río ni en el local de Cóporo. Para la bibliografía relacionada pueden acudir al siguiente enlace de este mismo blog:


Dar clic para ver: Bibliografía de las Poquianchis

Todo lo escrito es de manera personal, no puntualizo en los nombres por no afectar a personas de la actualidad, por hechos de hace muchos años, en los que no intervinieron.

Del  autor mencionado, Jaime Nieto, tome  datos de su libro "Del Hacendado al Empresario" UAQ, 2000, que ya no está a la venta pero puede consultarse en las bibliotecas de la ciudad, aunque de este tema solo tiene unas diez líneas.

Continuaré la siguiente entrada con la descripción de los viejos barrios, mil vistas bien valen una pausa.